Señor ángel

Vi a través de la ventana y me pareció que estaba ante esas mañanas que no quieren terminar de arrancar. En fin, arranqué yo y empecé con mi rutina. Me visto, tomo café, hago mi lonchera, salgo.

Entro al carro y sintonizo a César Miguel Rondón como todos los días. Cuando empieza la sección de salud, cambio la estación. (Las conversaciones sobre enfermedades me producen grima en las manos e hipocondría en el coco).

Me río a carcajadas yo sola con las locuras que se le ocurren a los locos locutores de Calma Pueblo. Y en eso…luz roja en el tablero. La temperatura sube y sube. Me orillo en plena autopista (después de maldecir unas cuantas veces) y comienzo a realizar las respectivas llamadas. A los 30 segundos, llega un ángel del cielo en forma de un abuelo gruero.

-¿Se accidentó? Déjeme auxiliarla.

Decido.

-Bueno, señor se me recalentó el carro. Si me puede llevar al taller mejor.

Monto el carro. Con mi cartera y lonchera me bajo del piso superior con la ayuda cabellerosa del señor ángel. Nos ponemos a andar. A cada comentario que le hago, responde con un “¿AH?”, voltea la cara hacia mí, mientras se coloca la mano sobre el oído izquierdo como si fuera una concha marina y quisiera escuchar el mar.

-Mire, aquí va a ver el hueco que tranca toda la autopista. Si ellos pasan y ven que eso está ahí, ¿por qué no lo arreglan? Ah, no. Lo único que saben hacer es pelear.

Empieza la conversación de política. No cree ni en el gobierno ni en la oposición. La cosa está dura, pero piensa que todos son igualitos. Nada mejoraría. Lo veo con tristeza y dejo que continúe.

-Fíjese, yo recuerdo desde Pérez Jiménez.

Me cuenta que siempre ha vivio en el Alto Hatillo y que en esa época luego del toque de queda a las 6pm, observaba las luces en La Carlota y escuchaba el intercambio de tiros.

-Cuando cayó, eso fue una fiesta.

Con mucha seguridad, afirma que Leoni fue el último presidente por quien se puede poner las manos al fuego.

-Ni Caldera, ni Carlos Andrés Pérez, Lusinchi le dió todo a Blanca Ibáñez y el copeyano éste gordo…

-¿Luis Herrera Campins?

-Exactamente, ni Herrera Campins. Todos robaron, regalaron, en vez de trabajar con el pueblo. Y ahora, pfff…

Habla mucho de la cuarta y casi nada de la quinta. Pero se nota. Creyó en el discurso, pero luego las acciones no estuvieron a la altura de las palabras y aquí estamos.

-Pero Venezuela es hermosa, ¿oyó? Yo conozco una señora alemana que aquí se quedó. Ella me cuenta que allá en Alemania uno da un paso y el otro se va tres pasos atrás. Igualito en Estados Unidos.

En eso, pasa una camión al lado y los señores que iban dentro gritan un “ejeeeeeee”.

-Ja, me asustaron. Esos son familia mía.

Llegamos al taller y hablamos del pago. No quiere saber de transferencias, quiere efectivo. La chequera no la cargo conmigo, está en mi casa.

-No importa, yo la llevo.

Me pregunta mi nombre.

-¿Natalia? Como la canción.

Tararea y se ríe. Observa que el clima está fresco, pero nunca como antes. Ve hacia la distancia.

-Antes en la mañanita desde El Hatillo todo eso parecía nieve. Blanquito por la neblina.

Me pinta la película con la mano.

Sigue echándome cuentos. Su abuelo era analfabeta; su familia es enorme (como 800); antes se casaban primos con primos; su mamá y sus tíos tenían una herencia de 600 millones de bolívares que -lo que pude entender- el gobierno se robó.

Llegamos. Subo a mi casa y busco la chequera. Le escribo un numerito superior en el cheque.

-Estamos a la orden. Cualquier cosa que necesite me llama. Acuérdese, Julio Centeno.

Está bien, señor ángel.

La lluvia es relativa

Algunas cosas no producen los mismos efectos en todo el mundo.

Eran las 4.45 p.m. de un viernes; tan sólo quince minutos para la estampida hacia el fin de semana.

–¡Ay qué ladilla! Comenzó a llover.

Dios había abierto el grifo y olvidó cerrarlo. Y como cosa rara en este país, nadie cargaba un paraguas. Se podía observar las gotas gruesas golpeando los vidrios de las ventanas. A la distancia se divisaba el muro de agua que se acercaba a toda velocidad desde el valle.

En la oficina una muchacha caminaba con los hombros caídos y los brazos pesados. Miraba la nada mientras hacía una mueca de fastidio con los labios. Un compañero se paró al lado de ella.

–¿Qué se hace, no? –tomó un sorbo de su taza de café con una foto de los Beatles. Era difícil escucharlo con claridad. El agua golpeaba con una rabia resentida.

Se encogió de hombros y rumió algo incomprensible. No tenía muchas ganas de hablar. Ya el día se le había trastocado y estaba de mal humor. Estaba considerando salir de todos modos. Imaginó sus zapatos rosados, sus favoritos, mojados del agua inmunda que formaban pequeños lagos en los cráteres de las calles de Plaza Venezuela que nadie se dignaba a reparar.

–¡Mira!

Ella despertó de su debate interno y miró hacia donde el dedo de su compañero señalaba.

*****

–Va a llover.

Sus ojos negrísimos veían divertidos el cielo. Asomó una sonrisa compuesta todavía por dientes de leche. Los otros dos hermanos hicieron lo mismo. Las primeras gotas mojaron los cabellos de uno, la nariz del otro y la frente del tercero. El mayor les dio unas palmaditas en la espalda. Luego de señalar con la boca hacia un punto adelante y tras un intercambio de miradas cómplices, los tres rieron y salieron corriendo.

Las clases aún no habían comenzado. Por decreto oficial, se había atrasado el inicio del año escolar un par de semanas más. Eran días de marchas y contramarchas y los dueños de Venezuela estimaron que la acentuada convulsión política ponía en peligro la calle y la seguridad de los niños. Cosa boba, pues para nadie es secreto que las calles caraqueñas no necesitan marchas para ser peligrosas.

El campamento de los niños además había terminado y quedarse encerrados en casa no era opción. La televisión era aburrida y su madre, terca y suspicaz de los nuevos inventos, decidió nunca invertir plata en videojuegos. No quería hijos con el cerebro frito. Debían gastar energías de otra manera, y sin colegio ni campamento, no quedaba otro sitio que la calle. Conocían su ciudad y juntos podían contra todo.

Todo el mundo había desaparecido; nada más se veía una señora corriendo con una bolsa de supermercado en la cabeza a la distancia. La lluvia había ahuyentado el caos que normalmente adornaba Plaza Venezuela: transeúntes con el paso apurado, loquitos sucios con bolsas negras de basura, ventas de donas, café y cachapas atendidas por señoras enlicradas y barrigas al aire, el kiosco con el aviso que sin tapujos especifica “se alquila yesquero por Bs. 10”, mototaxistas ofreciendo sus servicios como mercaderes marroquíes mientras intercalan conversaciones acaloradas de política, policías con sus chalecos fosforescentes y las pistolas asomadas en el cinto por si acaso.

Los tres niños hicieron una competencia hacia el centro de la plaza donde estaba la fuente. No hubo dudas: se quitaron los zapatos y las camisas de algodón. Como canguros saltaron el muro para caer en el agua. Lo único que importaba era mojar a los demás con las manos, dejarse sumergir por unos segundos y luego imaginarse tan fuerte como Superman para correr con todas las fuerzas y vencer la resistencia del agua. Sus corazones retumbaban en sus pechos, se reían sin saber bien por qué y entre los juegos y las risas, sentían que se ahogaban de la felicidad. Estaban embriagados de un cansancio que no agotaba. La ciudad era de ellos. Los tres hermanos más fuertes que la tormenta.

*****

En la oficina ya varias personas se habían acumulado frente la ventana para ver tal espectáculo. Unos tomaban fotos, otros reían y un tercero los veía sin poder esconder la nostalgia en la mirada.

–Zoraida, ven a ver esto.

Zoraida observó y achicó los ojos para ver con mayor detenimiento. Luego alzó las cejas, abrió la boca como si le hubiesen dado una noticia inesperada y salió corriendo. Agarró su cartera de cuero falso y se despidió sin el ritual beso en el cachete del que nadie se salvaba. Tampoco pasó por el baño para echarse un perfumito y retocarse el peinado, el polvo y la pintura de labios. Llamó al ascensor y con un temblor en la pierna, esperó que el timbre anunciara su llegada.

*****

–¡Muchachos locos! Les dije que me esperaran, no que hicieran estos desastres. ¿Ahora cómo nos vamos a montar en el metro con ustedes mojados?

Uno a uno, los tres niños fueron saliendo de la fuente. Ya no se reían a carcajadas. Se vistieron y se pusieron sus zapaticos de goma. Su madre los llevó del brazo dirección hacia Sabana Grande a ver si conseguían una tienda donde vendieran toallas.

Mientras caminaban, los hermanos se veían de reojo y sonreían como grandes héroes que habían logrado una proeza prohibida.

Zoraida, emparramada y cuidando que sus hijos no la vieran, también asomó una sonrisita sin llegar a mostrar los dientes. En sus ojos también se escondía cierta nostalgia por algo que no precisaba.

Curva de sueños

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Los sueños deben terminar. Los avisos están ahí para recordárnoslo.

Frederick Stroehmann llegó a Virginia de Alemania con dieciséis años. Cargado de ganas para echarle a la vida en el país donde cualquiera puede triunfar, empezó a trabajar en una panadería. Se metió al dueño en el bolsillo y se ganó el corazón de su hija. La boda fue sencilla, pero feliz: unos 25 invitados, goulash, dos tortas y bastante pan. Frederick tomó las riendas del negocio y nació Stroehmann Bakery. Luego llegaron los cinco hijos.

Los niños se convirtieron en hombres que heredaron el talento emprendedor del padre. Inventaron las lonjas de pan cuadrado. La Stroehmann Brothers Company se convirtió en la líder del mercado.

****

Freddie pasó su infancia trabajando en el Food Market de su papá en un barrio negro de Harrisburg. “No puedes tomar de ese bebedero”, “si ves a un policía, con cuidado aléjate de él”, “recuerda sentarte al final del bus”. La comunidad negra se cuidaba y se apoyaba.

La tienda de su papá era un negocio de colores vibrantes con muchos clientes y bastantes productos. A Freddie le gustaba el aviso amarillo y rojo de Stroehmann Bread colgado arriba del arco de la puerta: un homenaje a la principal fuente de trabajo en la ciudad.

****

Frederick Stroehmann murió. Sus cinco hijos fueron despidiéndose del mundo uno tras otro también. Stroehmann Brothers Company fue vendida a los nuevos líderes, una transnacional de México. Llegaron los nuevos soñadores.

La emblemática fábrica de Stroehmann en Harrisburg no aguantó el paso del tiempo. 90 personas tuvieron que buscar empleo en una ciudad ya de por sí complicada. Una ciudad víctima del descuido y el olvido. Cuesta arriba o cuesta abajo, pero nunca en la cima.

****

Freddie es un hombre de 50 años que pasa la mayor parte de sus días sentado encima de un cajón de huevos a la entrada del Food Market en un barrio negro de Harrisburg. Habla sin ganas. Vive cansado sin saber por qué.

Dentro de la tienda la pintura desgastada, polvo en los estantes, una cucaracha trepando la nevera. Freddie no quiere reparar nada. Cuando instaló el cajero automático, éste no duró siquiera tres días antes de ser desvalijado. Sólo cuida el aviso de Stroehmann Bread colgado en el arco de la puerta. Muchos recuerdos contenidos en esos colores.

La maleza sin podar, el polvo alérgeno, la basura regada, la soledad en los rostros son avisos que nos recuerdan que los sueños duran lo que tienen que durar.

 

LEONES, NO CORDEROS

–¡Siguiente!

–¡Voy!

El soldado llevó el nuevo proyectil y lo metió en el cañón, luego de que otro hubiese limpiado el cilindro. Un tercer soldado cerró la compuerta y tiró de la cuerda. Todos corrieron unos cuantos metros atrás. Luego de diez segundos, el sonido ensordecedor que anuncia la muerte.

–¡Siguiente!

–¡Voy!

El equipo de soldados se pone a andar una vez más. Uno abre la compuerta y sale el humo. El olor a pólvora invade sus rostros e impregna sus cabellos. Otro limpia el cilindro, mientras uno más va cargando el nuevo proyectil. El que abre la compuerta, la cierra y tira de la cuerda. Todos se apartan unos cuantos metros atrás y diez segundos después, los invade el sonido que retumba en el aire, en los árboles, en la tierra, en sus pies, en sus pechos, en sus oídos, en sus cabezas.

Y así pasan horas. Pierden la cuenta de cuantas veces la máquina ha disparado. Ellos mismos se han convertido en piezas de esa máquina de guerra. Esa máquina de muerte.

******

–La Gran Bretaña fue la última en unirse a esta guerra tan calamitosa. La Gran Bretaña hizo todo para evitar esta tragedia. Rogó y suplicó para ahogar este conflicto. Yo era miembro del Gabinete y recuerdo que hicimos todos los esfuerzos más sinceros para persuadir a Alemania y a Austria de no precipitarse a este derramamiento de sangre. Propusimos una conferencia para abordar estos asuntos; Alemania no la aceptó. Por el contrario, declaró la guerra e invadió a Bélgica.

El Primer Ministro hizo una pausa y respiró profundo con visible consternación. Regresó la mirada al papel donde tenía escrito su discurso.

–Pero esta no es la típica historia del lobo y el cordero. Y les diré por qué –porque Alemania esperaba encontrarse con un cordero, pero en su lugar encontró a un león.

Los asistentes en la sesión del Parlamento aplaudían y gritaban. David Lloyd George esperó impasible a que el ruido se apaciguara.

–Hemos arribado a la hora más crítica de este terrible conflicto. No podemos fingir que podemos continuar con nuestras vidas como si todo estuviera normal. El futuro de nuestra patria está en peligro y cada uno de nosotros tiene un rol para terminar y sofocar esta guerra. Llamo a cada hombre, mujer y niño a reflexionar sobre cómo pueden participar para defender a su nación de la aniquilación.

******

El zapatero de Dover se alistó: empacó unos cuantos libros, un peine, cepillo de dientes, tres cuadernos, unos cuantos lápices y su fotografía favorita de su esposa. Hermosa, pensó. Sus ojos claros dirigidos hacia el horizonte, su rostro apoyado encima de una mano y el cabello recogido en un moño.

Se alejaba del negocio que su tatarabuelo había empezado un siglo atrás. Le encantaba crear zapatos de cuero y de gamuza, azules, marrones, negros, con tacón, planos, lo que el cliente quisiera.

Pero le tocaba, era su deber.

Se asomó en la sala. Su esposa estaba sentada en un sillón viendo hacia la ventana. Observaba su jardín y los pájaros volando entre las flores que hombre y mujer habían plantado. Tenía el rostro apoyado en una de sus manos.

Caminó hasta el sillón y acarició la mejilla de su esposa. Ella volvió la mirada. Sus ojos claros se ahogaban.

******

–Aquí les presento lo solicitado.

El ingeniero John Brodie sacó el casco de acero de la caja. Los ministros de guerra y militares de alto mando se acercaron, se pusieron los anteojos y observaron de cerca el nuevo artefacto. Era el primer casco de ese material que habían visto.

–Es lo que necesitamos. Las cifras abismales de muertos en los periódicos es un costo que nuestro gobierno no puede tener justo ahora.

Brodie tragó seco.

–El diseño ha sido realizado de acuerdo a los riesgos del terreno. El casco está construido para proteger a nuestros soldados del fuego indirecto proveniente de las esquirlas que despiden los proyectiles a 80 kilómetros de velocidad.

–Muy bien, no nos interesan los detalles, sólo comprobar si funciona.

******

“Esto es una mierda. Estar encerrado por paredes de lodo todo el día es una mierda. El lodo que se mete hasta adentro de mis botas también es una mierda. Botas de mierda. Yo pudiera hacer unas mejores.

Huelo a mierda. John huele a mierda. También George. Todo huele a mierda. Demasiados cadáveres. Ver los rostros de aquellos con los que días antes me había fumado un cigarrillo y tomado un ron fatal.

No aguanto más este ruido. Esta guerra imbécil parece nunca terminar. Me da igual si muero hoy.”

Otro sonido más que retumba en el aire, en los árboles, en la tierra, en los pies, en el pecho, en los oídos y en la cabeza. A los segundos, el zapatero de Dover se desplomó en el piso y el tiempo dejó de transcurrir. Todo se volvió negro.

******

–Señor Brodie, le llegó una carta del ministro.

Brodie abrió el sobre. Nada más había una foto de un soldado con una vendaje en la cabeza. En una mano sostenía el casco de acero, el cual tenía un agujero. Lo mostraba orgulloso. El soldado, a pesar de estar herido, tenía una expresión triunfante en el rostro. Sonreía.

Broadie también sonrió.

******

–Tuviste suerte, ¿no?

–Pues sí. –contestó el zapatero de Dover.

–Burlaste a la muerte.

–O no me quiso llevar todavía.

–Sí…Párate por aquí para tomarte una foto.

El zapatero de Dover se colocó frente a las trincheras. Estaba haciendo un día claro y fresco. Pensó en lo desubicado que se sintió al despertar, pero también en el alivio que lo invadió al darse cuenta que no había muerto. Que tal vez regresaría a casa algún día y la volvería a ver sentada en el sillón en dirección hacia el jardín que juntos habían plantado.

Estaba adolorido, pero se recuperó rápido. A los días ya estaba listo para regresar a los pasadizos de lodo. Volvió a vestirse con su uniforme, su abrigo y sus botas llenas de tierra. Empacó su equipaje de guerra: una lonchera, kit de limpieza, ropa de repuesto, una sabana a prueba de agua, y las municiones.

Antes de adentrarse nuevamente en el inframundo de tierra, posó para la foto que le pidieron. Mostró orgulloso el casco que lo salvó. Sonrió por primera vez en mucho tiempo. “Pensaron que se encontrarían con un cordero, pero resulté ser un león”.

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Lecciones por aprender y heridas por curar. A propósito del 1S.

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“¿Y qué crees tú que irá a pasar?”. Los días previos a la marcha del 1S sentía tensión e incertidumbre. Cordones policiales en plazas importantes de la ciudad. Personas del interior que encontraron obstáculos de funcionarios de seguridad para entrar a Caracas, incluyendo a un sacerdote y un grupo de indígenas. La detención arbitraria de Daniel Ceballos, seguida por la de Yon Goicochea –justo en el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas–, y luego la de Carlos Melo. Ni hablar de las declaraciones de varios altos representantes gubernamentales, notablemente las de Diosdado llamando al pueblo revolucionario a defender la Revolución en la calle, advirtiendo contraataque si la derecha intenta algo contra el gobierno, ilustrando escenarios escalofriantes de violencia por opositores disfrazados de chavistas y militares, así como acusando a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) de estar sembrando armas. Por lo menos para mí era inevitable sentir una reminiscencia del 11A con una mezcla de febrero de 2014. “Hasta el viernes”, me despedí en la oficina. “Esperemos”, pensé.

El día

Desayunamos y salimos. Primero caminábamos entre unas decenas de personas. Mientras íbamos avanzando se sumaban más y más. Empecé a ver los personajes típicos de las marchas opositoras: los cincuentones en sendas motos con sus esposas amarradas a sus cinturas, la señora de sesenta años con su rosario y camisa de la Virgen del Carmen, los chamos veinteañeros con sus lentes de sol echando pinta, el vendedor de gorras tricolores con su cantadito y punto de venta inalámbrico. Seguí observando. Miraba a un lado y cuando volteé, aparté mi cabeza hacia atrás con un movimiento abrupto: tenía un celular pegado a la frente. “Perdón, mi amor. Juajuajua”. Una matrona negra y emperifollada, de sonrisa amplia, estaba grabando a su grupo de amigas, igualmente coquetas, que estaban justo detrás de mí. Tenía una voz fuerte que le salía desde los pulmones.

Mientras andábamos el grupo creció hasta convertirse en una masa inmensa de puntos blancos. La masa se iba diversificando aún más: morenos, blancos, negros, tatuados, gallos, ciclistas, sifrinos, gordos, gays, chicas trans con el cabello más cuidado que el mío, hippies bronceados por la playa, la que ha pasado por el bisturí un par de veces, el rasta con sus dreadlocks, los artísticos cazando la foto perfecta con sus cámaras profesionales, la chama bullosa y pilas que no se calla, barrenderos de la alcaldía que se escaparon del trabajo, profesores universitarios, tamboreros de Curiepe. Familias y comunidades enteras. “Convoqué como –cooonchale- como a 50 personas”. Me dijo la señora que trabaja en mi casa. Banderas de varios partidos políticos.

Todo el mundo contento. La alegría aumentaba cuando los marchantes veían que la cantidad de gente escapaba la mirada. Los desconocidos echaban chistes y se miraban a los ojos: una pausa de la rutina caraqueña donde nadie confía en los movimientos ajenos.

“Nada de 11A”, pensé.

Las heridas

“Vénganse, véngase”. Algunos saludaban a un grupito que desde el barrio al lado de la autopista ondeaban unas banderas de Venezuela. “¿Por qué no bajan? ¿Por qué les quitan la comida?”. Una doña tuvo que arruinar el momento. Alrededor me fijé como muchos la miraban con desaprobación. Un señor murmuró que era válido si era el caso: “la gente tiene hambre”. Ni lo uno, ni lo otro. Se veía que el grupito estaba en camino hacia la marcha –simplemente estaban calentando los ánimos. Esta señora no ha entendido las lecciones de estos 17 años, y lo triste es que ni lo irá a hacer.

“Ahí están los guardias, esos mamahuevos”, dijo alguien. Alarma en el aire. Me fijo: no, no eran guardias nacionales. Los uniformes azules son los de los policías estadales y los verdes claros, los municipales. Estábamos viendo policías del estado de Miranda y del municipio de Baruta, respectivamente.

“Lanzaron una bomba”. Sí, estos sí eran guardias nacionales. Había humo más adelante y se empezaba a sentir el gas lacrimógeno en los ojos. La gente empezó a sacar su kit: el pañito con vinagre y la pasta de dientes. Algunos dudaron y pensaron en regresarse. Un hombre gritó que no, que mantuviéramos la calma. Presencia afortunada la de este señor. Falsa alarma; el humo se dispersó y la gente siguió caminando. En eso, todo el mundo fue al costado de la autopista. Desde arriba, le gritaban a unos cuatros guardias que se estaban ocultando en uno de los edificios de Las Mercedes. “Malditos, hijos de puta, (inserte insulto)”. Les tiraban botellas de agua. En un arrebato automático, grité como seis veces que no los provocaran. Vi que otro señor gritaba algo similar. Al parecer, nos hicieron caso.

¿Por qué grité? Porque no vale la pena. Tensión ya la hay. Un gobierno normal, sabemos que no lo tenemos. Guardias que protegen al pueblo, tampoco. En estas circunstancias, considero que hay que detener lo visceral y encender el interruptor racional. ¿Arriesgar la calma y posiblemente la integridad física de miles de personas porque cuatro pelagatos quieren descargar su arrechera contra unos individuos, que si bien representan las tergiversación de los valores, no se sabe a ciencia cierta si éstos específicamente son culpables de delito alguno? ¿Todo por una arrechera? No, no vale la pena. Pero bueno, ¿quién sabe? Quizás los pelagatos tengan a un hijo, hermano, sobrino, nieto, amigo o conocido preso por algún guardia.

Vamos de regreso. Son las dos y pico. Al parecer no va a haber nada más. Los mayores del grupo están visiblemente cansados, lo que es señal de regreso. Los marchantes caminan en fila. Tres chamos vestidos de negro vienen caminando en dirección contraria hacia los puntos de la concentración. Bordean sus bocas con las manos y gritan algo así: “¿para qué coño vinieron? ¿Para tomarse selfies e irse a manguarear a sus casas?” Algunos se molestan. Otros nerviosos siguen como si nada.

Bueno, sí, quizás no son tiempos de alegría. ¿Pero quién puede reporchar la alegría de alguien que se ve reflejado y reconocido en una masa de miles de personas? ¿Especialmente en tiempos donde no hay espacios para construir sociedad? ¿Especialmente cuando tenemos heridas culturales y sociales difíciles de internalizar y complicadas de curar?

Más adelante un carro se para justo al lado de los que regresamos caminando. El conductor empieza a vociferar que no se logró nada y que mañana todo va a ser como siempre. Esto no sirvió para nada, no se logró nada. Su cara roja, su voz buscando culpables.

Una hora después, llegaron los reportes de que un grupo estaba lanzando bombas molotov y piedras contra los guardias nacionales en la autopista. Recuerdos del 12F. La MUD realizó un pronunciamiento, a mi parecer, acertado: “Permanecer en la autopista es responder al llamado de los infiltrados y empañaría el éxito de la Toma de Caracas”.

Estemos claros: ¿quién dijo que el objetivo de la marcha era tumbar al gobierno? ¿No han entendido que la política sucede cuando el ojo público no ve? ¿Piensan que es posible sacar a Maduro de Miraflores dándole duro a unos 20 guardias nacionales?

Recurro a la racionalidad basada en la contraposición entre costos y resultados. ¿Cuál es el objetivo de estas protestas radicales? ¿Llamar la atención de medios y organizaciones internacionales para denunciar detenciones arbitrarias y otros abusos de derechos humanos? ¿Actuar como carne de cañón para demostrar un punto?¿O simplemente descargar arrechera? Por si acaso, ya hay 90 presos políticos en Venezuela que instancias internacionales están monitorizando (sin contar los muertos). Creo que no hacen falta más: está más que demostrado el talante dictatorial del gobierno.

El balance

Yo por mi parte, difiero de aquellos que dicen que la marcha no fue exitosa. Nunca esperé que el gobierno cambiara de un día para otro. Eso pasó el 11 de abril y a ver cómo estamos. Para mí, el revocatorio es el camino legítimo, capaz de darnos la estabilidad y el respaldo que necesitamos. Nada más veamos la crisis política en Turquía: los golpistas metieron tanto la pata.

Creo que hay varias lecciones por aprender. Necesitamos debate. Sí, siempre se ha hablado de debatir con el chavismo, pero resulta que también es necesario internamente en la oposición. Tenemos que debatir para aprender y aprender de verdad. No me refiero a la connotación peyorativa hipposa del debate. Estoy hablando del debate en donde los bandos vienen con hechos, con argumentos bien construidos y con ideas sustentadas para contraponer puntos de vista. Debates donde nadie alce la voz para callar al otro. Este intercambio es indispensable para construir proyectos y avanzar. No puede ser que todo foro (al menos que yo haya escuchado) esté conformado por personas, que por muy brillantes que sean, no contrapongan ideas, independientemente que pertenezcan al mismo bando político. Yo necesito foros que me hagan cuestionar lo que pensaba que sabía, que me incentiven a leer y a investigar más; en fin, que me dejen pensando y que me motiven a elaborar una respuesta.

Y hace falta, porque somos distintos, y es normal. La unidad es increíblemente diversa y no solamente en apariencia, sino en orígenes, en motivaciones y en propuestas. Eso lo vimos hoy.

 

 

SIN MIRAR ATRÁS

Foto para sin mirar atrás

—Me voy de esta mierda.

Dos meses después rodaba sus maletas por el Cruz Diez del Aeropuerto Simón Bolívar. Se despedía de una madre desconsolada y de un padre que aparentaba no estarlo.

En el momento, no sintió ni una pizca de sentimentalismo por el país que dejaba. Vivía con una intranquilidad constante. La paranoia no la dejaba en paz. Desconfiaba de todos en la calle. Nada más bastaba una mirada un tanto sospechosa para activar el pánico que detenía el tiempo y aceleraba su corazón al punto de escuchar los latidos sin poder percibir otro sonido alrededor. Corría mientras chequeaba maquinalmente que el celular, las llaves de su casa, la billetera y los cuadernos estuvieran dentro de su morral. Lo peor era cuando el miedo se acompañaba de una rabia defensiva: en este caso, la mirada de ella era lo que alejaba a las personas, dejándola sola en un vagón de metro o acera.

Ya no era la muchacha simpática, relajada y aventurera. Además, ya Graciela no pintaba.

Se montó en el avión y se fue lejos.

****

Consiguió trabajo en una cafetería donde servían postres de quínoa hechos con leche de almendras y ponían música tradicional de alguna aldea recóndita en Uganda. Tanto los que compraban como los que atendían, estaban adornados de piercings y tatuajes. Algunos tenían la cabeza rapada y otros el cabello pintado de rosado o morado.

Graciela no se veía como ellos; era extranjera, exótica, y por tanto interesante. Era la única que no tenía los ojos azules o verdes, sino negros. Su cabello oscuro, largo y rebelde era inusual. Su piel morena entre un mar de personas blanquísimas era el sello que la hacía resaltar.

Se sentía diferente, mas no intranquila. Aceptaba con naturalidad no pertenecer a ese sitio congelado, gris, sin dejar de ser hermoso. Las calles amplias y limpias la dejaban respirar. Caminaba y caminaba. Un paso tras otro, sin prisa, sin sorpresas, con una expresión plácida.

Con tan solo pasar algunas cuadras de la cafetería, aparecía ante ella una sabana cuyo horizonte era interrumpido por una pared de montañas adornadas con cascadas y árboles blancos. Una vez que se acostumbrara al frío, llegaría hasta allá.

****

—¿Y por qué estabas tan enojada?

—No lo sé. Sigo tratando de averiguarlo.

Graciela tomó un sorbo del té de lavanda con miel y colocó, con las dos manos, la taza caliente sobre la mesa de madera elegantemente desgastada. Ian la observaba como si fuera una célula bajo un microscopio.

—Pero bueno, ya estoy tranquila aquí.

—Mi madre decía lo mismo cuando vino. Allá siempre había tanto ruido que te hacía hablar a gritos, inclusive dentro de tu propia cabeza. Llegó acá y el ruido se transformó en un silencio: aburrido, pero… ¿cómo se dice?… balanced.

—Equilibrado.

—Equilibrado. Tú y ella me pintan el Caribe bastante mal.

Graciela sonrió y miró sus ojos grisáceos. Le divertía su gramática perfecta y acento sincrético.

****

 

—El arte nos conecta al pasado, es un producto del pasado. Sin embargo, no es un reporte fidedigno de la realidad, sino una representación y reinterpretación de un momento a través de la subjetividad del artista afectada por las fuerzas del contexto en el que vive. Una obra de arte es una captura del pasado al cual no podemos regresar, pero que nos cuenta cómo era el mundo antes. Es un sobreviviente del pasado que nos reconstruye un punto original.

El profesor hablaba en la primera clase de Graciela en la universidad. Pasaba diapositiva tras diapositiva: El nacimiento de Venus de Botticelli, La resurrección de El Greco, La encajera de Vermeer, La libertad guiando al pueblo de Delacroix, Recuerdo de Mortefontaine de Corot, La catedral de Rouen de Monet, El grito de Munch, La persistencia de la memoria de Dalí…Era historia del arte.

Todos los padres le dan a sus hijos cuando están pequeños, colores y hojas de papel para que dibujen cualquier garabato mientras ellos cumplen con sus rutinas ocupadas e inaplazables. Pintar es para cualquier niño una distracción finita. Graciela, en cambio, desde que tenía unos tres años, pasaba horas inmersa, sentada, pintando. Molestaba a sus padres sólo para pedirles más papel.

Quince años después escuchaba, atenta e inmóvil, las palabras del profesor que retumbaban en las paredes de ese salón amplio y templado. Sus manos aguantaban su cara, respiraba lento y profundo, mientras las pupilas de sus ojos se dilataban con cada diapositiva que pasaba. Como cuando calza la última pieza de un rompecabezas que tomó semanas completar, Graciela sintió con una sensación cálida en su pecho, que un momento importante estaba sucediendo.

Comprendió que el arte se convertiría en su vida.

****

Caminaba por el puerto de la ciudad. Era un día típicamente blanco con una brisa fría que le congelaba las mejillas y le aguaba la nariz. A pesar de haber comenzado la primavera, todavía seguía haciendo frío. Graciela tenía puesto un gorro grueso y una bufanda larga que le tapaba las orejas.

Andaba a paso rápido. No se acostumbraba aún al clima. Quería llegar al refugio de la cafetería cuanto antes: un lugar cálido, donde podía tomar alguna bebida caliente y sentarse unos minutos al lado de la chimenea. Lo imaginaba y esperaba con ansias cruzar la puerta de madera azul y escuchar la campanita que sonaba cuando alguien la abría.

Empezó a nevar muy suavemente y subió la mirada al cielo. Eran copitos pequeños y sutiles, cuyo color se confundía con el cielo blanco y resplandeciente. Los sintió caer en su rostro: algodones mínimos de fría delicadeza.

En ese preciso instante, notó algo extraño. En el tubo de un semáforo guindaba un cassette como esos que escuchaba en su infancia. Su cinta estaba fuera del engranaje y la veía enrollada en el tubo. La contempló y el tiempo pareció haberse detenido. El viento movía el cassette de lado a lado como un péndulo y lo hacía girar sobre el eje que la cinta había construido.

Un sonido molesto empezó a sonar a lo lejos. El tiempo poco a poco volvió a correr de nuevo. El sonido, como si tuviera patas que corrían, se acercaba cada vez más a los oídos de Graciela y aumentaba su volumen. Ante su ruidosa impertinencia, cerró los ojos y cuando los abrió, estaba acostada. Su despertador marcaba las 7:30 am.

****

—Cuéntame sobre Venezuela.

—¿De verdad quieres saber?

—Sí. Mi madre siempre me relata sobre la República Dominicana. Además, no hay clientes. Aparentemente nadie necesita su café cortado de hoy.

—Y tu mamá, ¿te cuenta lo bueno o lo malo?

—Pues… nada es perfecto.

Graciela apretó los labios e inspeccionó los ojos grisáceos de Ian, como examinando si realmente tendría la paciencia de escuchar su versión de una realidad tan lejana.

—Okay…Bueno, el clima de Caracas —de donde soy yo— es inigualable, eso sí. Tenemos una montaña, el Ávila, que bordea la ciudad y que la hace única. Tanto así que Caracas sin el Ávila, no sería Caracas: es su esencia. El cerro se ve diferente todas las mañanas: es impresionante, porque claro, es la misma montaña, pero nunca luce igual. Tendrías que verlo para entender qué quiero decir. Cada cierto tiempo, si miras al cielo, puedes ver guacamayas amarillas y azules o loros verdes volando siempre en pares. Como a las seis de la tarde gritan enloquecidos, como anunciando que se acabó el día y que es hora de recogerse.

Graciela se detuvo un segundo y miró a la nada cuando en realidad observaba sus recuerdos.

—Algo que siempre tomé por sentado son las palmeras. Con toda su majestuosidad y altura, adornan las calles de la ciudad. Ahora descubro que me encantan. Allá las llamamos chaguaramos. Hay otros árboles que cuando florean inyectan un cóctel visual de colores: amarillo, morado, anaranjado, rosado.

—Todo suena muy bonito.

—Sí, sí, pero eso es lo bueno. Pudiera pasar días contándote lo malo. Así que para resumir te puedo decir que Venezuela, más bien lo que han hecho los venezolanos con el país, ha hundido los planes de vida de millones de personas honestas que sólo querían hacer algo con su talento. Te puedo hablar desde mi experiencia personal. Cada mes, vi como mi trabajo valía menos y menos. Lograba cosas nuevas, pero la crisis económica era como un muro que no podías traspasar, porque cada día alguien había colocado ladrillos nuevos que lo hacían más alto. Año tras año, vi como cada uno de mis amigos se iba. Me fui perdiendo los momentos importantes de la vida de las personas con las que crecí: graduaciones, ascensos, compromisos, bodas, hijos. Sí, Whatsapp te permite mantener un contacto relativo, pero no es lo mismo.

A Graciela nunca le habían gustado los monólogos catárticos, pero Ian se mantenía atento. Sus ojos grisáceos no le quitaban la mirada. Tomó un sorbo de agua, tragó y respiró hondo.

—Con una pistola apuntada a mi cabeza, me robaron el carro que mis padres con mucho esfuerzo me regalaron, el teléfono que me compré con mis ahorros, la computadora que me permitía trabajar. Es así, la vida, para una minoría delincuente y poderosa, vale nada: matan por cualquier cosa y tienen las armas para hacerlo. Ante tal amenaza, es mejor darles todo sin pensarlo dos veces. Aunque no deja de ser injusto: son TUS cosas, ¿sabes?

Graciela sentía que con sus palabras invocaba aquello de lo que huía… y temía. Sentía el miedo de revivir esos fantasmas; tal como cuando en tercer grado jugaba a la Ouija con sus amigos temerarios en los baños desolados de su colegio.

—¿Quieres que siga? ¿No te estoy deprimiendo?

—No, continúa.

—Sí, podrán haber cosas muy bellas, pero cuando tu ciudad es uno de los lugares más inseguros del mundo, te encierras y te las pierdes. El gobierno no gobierna, mas bien incentiva a burlar el sistema. Claro, ¿qué ejemplo pueden dar cuando han sido ellos los primeros en saquear al país y burlar las leyes? Todos sabemos quiénes son los culpables de tal anarquía, pero nadie los castiga. Nadie asume la responsabilidad y mucho menos, aceptan consejos y corrigen los errores. Ni siquiera piensan en tomar las medidas para que las personas que votaron por ellos y que decían amar, puedan vivir o más bien, sobrevivir. Todo el mundo sabe quién pone el ladrillo para construir el muro que encierra a la gente, pero nada parece servir para detenerlos.

Graciela notó que Ian escuchaba atento y sin escandalizarse. Lo tomó como una luz verde para continuar relatando su tragedia tercermundista.

—Terminé la universidad y me sentía viva para hacer lo que quisiera. Hacer arte era mi pasión: no tenía dudas, sabía exactamente adónde quería llegar. Monté una galería con unos amigos. Nos iba muy bien al principio, pero luego la situación económica afectó el negocio. Con una inflación de 100 y pico por ciento, ¿quién va a estar comprando una pintura que suma el mercado del mes y más? Pensamos en expandirnos y exportar las obras. Ya habíamos hecho buenos contactos en Miami, Nueva York y Bogotá. Todo estaba listo. Y sacaron la ley, Protección al Patrimonio Cultural, que básicamente te impide exportar cualquier obra artística que no sea del gobierno. Un ladrillo más.

La tristeza había invadido los ojos negros de Graciela. Ian seguía sin decir nada.

—Se fueron mis amigos. Se fueron mis ganas de explorar. Me robaron mis cosas. Pero más allá de eso, me arrebataron las ganas de hacer arte.

****

Sábado en la mañana. Graciela abrió los ojos y vio el techo blanco de su apartamento tipo estudio. Se estiró para volverse a encoger con las sábanas y el edredón enrollados en el cuerpo. Abrazó a su perro de peluche que conservaba desde la infancia.

Ya no iba a dormir más, pero se quedó en la cama mirando a la nada, absorta en sus pensamientos sin rumbo. Un hábito usual de las mañanas en las que no tenía que correr hacia la rutina del día.

Puso la mano sobre la mesa de noche y agarró el celular. Vio en la pantalla una notificación de un mensaje de su mamá: “Hola, mi amor. Te extrañamos mucho. ¿Cuándo puedes hablar?”.

Agarró fuerzas y logró levantarse. Dio tres pasos y ya se encontraba en el baño. Salió y tres pasos después, ya había “entrado” en la cocina. Puso agua para calentar en la tetera y hacerse un té. Nunca antes le había gustado una infusión de hierbas y flores como ahora. No extrañaba el café.

Tenía una camisa larga más un suéter, un mono holgado y unas medias gruesas que le llegaban a las pantorrillas. Siempre tenía frío. A eso aún no se había acostumbrado.

Encendió la computadora y abrió Skype. “Mami, ya estoy despierta. ¿Te llamo?”. Repicó la llamada tres veces. Que cómo está todo, cuéntame del trabajo, y tus nuevos amigos y la ciudad, qué vas a hacer hoy.

—Ay, mi vida, ¿tu cuarto no está como muy oscuro?

Graciela se levantó y abrió la cortina de la única ventana del apartamento. Todo estaba blanco. El reflejo iluminó su cara sorprendida y sus ojos negros. Estaba feliz.

—¿Qué pasa?

—Mira. —Graciela tomó la computadora y colocó la pantalla frente a la ventana.

****

 

Ian compró las entradas.

—No habías venido antes, ¿cierto? Sé que te va a gustar.

Graciela leyó la entrada y le ofreció una sonrisa tímida sin mostrar los dientes. Subió la mirada y vio las paredes de mármol blanco y los techos altos. El taconeo, los murmullos y la risa de las personas se combinaban y generaban un eco agradable. El edificio era hermoso: le hacía justicia a los objetos que guardaba en su interior.

Pasaron por la exhibición de arte renacentista para luego seguir con los impresionistas, los cubistas, dadaístas, expresionistas, arte pop y demás. Recordó las clases de arte en la universidad y se sintió honrada al ver las obras que había estudiado con tanto interés en carne propia.

—Hay una exposición de fotografía. ¿Gustas verla?

—Sí vale, vamos.

Entraron. Un fotógrafo alemán había dedicado dos años de su vida a explorar las selvas de la Amazonia. Vio una foto en blanco y negro cuyos contrastes ilustraban con detalle la grandeza y belleza del Roraima. Su pecho se hinchó de orgullo, pero también de nostalgia. Se detuvo unos minutos a contemplarla.

Pasó a la siguiente foto. Era una palmera como las que tanto le gustaban, partida por la mitad. Su tronco y ramas estaban tiradas sobre el piso polvoriento, mientras unos leñadores observaban complacidos el trabajo recién hecho. La majestuosidad en vía de ser hecha trizas.

Pasó a la siguiente foto sin mirar atrás.

****

Sacó el lienzo de la bolsa de papel y lo puso sobre la mesa. Alineó los pinceles y empezó a preparar los colores sobre la paleta.

Puso una foto del paisaje típico de Caracas en la computadora: la vista sobre el valle, las colinas enmarcando la silueta de los edificios, la Cota Mil y al fondo, el Ávila inmenso vigilando la obra humana que es el caos citadino.

Se sentó en una silla de madera. Tenía el cabello recogido en un moño y un mechón rebelde se le metía cada cierto tanto en la cara. Vestía su camisa larga, el suéter, el mono y las medias gruesas. Luego de cada trazo, regresaba la mirada a la pantalla para tomar una captura mental que la ayudaría a traducir la imagen de su cabeza al lienzo.

Se hizo de noche sin percatarse y encendió la luz del apartamento. Observó el cuadro a lo lejos: estaban las colinas, la silueta difuminada de los edificios, las luces anaranjadas y rosadas del típico atardecer caraqueño y dos guacamayas volando en el aire. Había decidido dibujar el Ávila de último. Llevaba sólo el borde de la montaña, pintado con trazos interrumpidos de color marrón oscuro.

Posó el pincel encima del lienzo para colorear la montaña, pero justo cuando iba a comenzar, se detuvo. Alejó el pincel y colocó la mano encima de la mesa. Observó la pintura una vez más y vio que ya estaba lista. No había más nada que hacer.

****

Decidió que era el día. Salió del edificio con su chaqueta deportiva y sus botas para caminar.

En la calle, sabía que su piel morena y cabello ondulado la hacían diferente, mas no se sentía intranquila. Las miradas que cruzaba eran mansas, siempre seguidas de un saludo cortés. Aceptaba con naturalidad no pertenecer a ese sitio congelado, gris, sin dejar de ser hermoso. Las calles amplias y limpias la dejaban respirar. Caminaba y caminaba. Un paso tras otro, sin prisa, sin sorpresas, con una expresión plácida.

Vio ante sí la sabana, cuyo horizonte era interrumpido por una pared de montañas adornadas con cascadas y árboles blancos. Ya se había acostumbrado al frío. Ese día llegaría hasta allá.

Mi biblioteca

Mi biblioteca

Literatura latinoamericana

Horacio Quiroga – Cuentos

Horacio Quiroga – Cuentos de la selva

Mario Vargas Llosa – La Fiesta del Chivo

Mario Vargas Llosa – Obra reunida. Narrativa breve.

Mario Vargas Llosa – La ciudad y los perros

Mario Vargas Llosa – La Tía Julia y el Escribidor

Gabriel García Márquez – 100 años de soledad

Gabriel García Márquez – Del amor y otros demonios

Gabriel García Márquez – El general en su laberinto

Gabriel García Márquez – Relato de un náufrago

Julio Cortázar – Rayuela

Andrés Kilstein – Moloko Vellocet

Carlos Fuentes – El naranjo

Carlos Fuentes – Aura

Roberto Bolaño – Los detectives salvajes

Alejo Carpentier – El siglo de las luces

Antología de cuentos latinoamericanos (Alfaguara)

Pablo Neruda – El río invisible

Isabel Allende – La casa de los espíritus

Isabel Allende – Paula

Isabel Allende – Inés del alma mía

Isabel Allende – Mi país inventado

Juan Villoro – Espejo retrovisor

Juan Rulfo – Pedro Páramo

Juan Rulfo – El llano en llamas

Jorge Luis Borges – Ficciones

Laura Esquivel – Como agua para chocolate

Ernesto Sabato – El túnel

Rubén Darío – Poemas selectos

Rubén Darío – Cantos de vida y esperanza

Octavio Paz – Posdata

Literatura venezolana 

Rufino Blanco Fombona – El hombre de hierro

José Ignacio Cabrujas – El día que me quieras

Elisa Lerner – En el entretanto

Guillermo Meneses – Antología del cuento venezolano

Teresa de la Parra – Memorias de Mamá Blanca

José Tomás Angola Heredia – Todas las ciudades son Isabel

José Tomás Angola Heredia – Los legajos del Marqués

Héctor Torres – El amor en tres platos

Héctor Torres – Caracas muerde

Arturo Uslar Pietri – Las lanzas coloradas

Antología de cuentos venezolanos – Cuentos sin palabrotas (Alfaguara)

Manuel V. Romero García – Peonía

Rómulo Gallegos – Doña Bárbara

Rómulo Gallegos – Cantaclaro

Rómulo Gallegos – Canaima

Francisco Suniaga – El pasajero de Truman

Francisco Suniaga – La otra isla

Rodrigo Blanco Calderón – Los invencibles

Miguel Otero Silva – Oficina no. 1

Francisco Herrera Luque – Los amos del valle

Francisco Herrera Luque – La luna de Fausto

Fedosy Santaella – Instrucciones para leer este libro

Fedosy Santaella – Terceras personas

Fedosy Santaella – Las peripecias inéditas de Teofilus Jones

70 años de crónicas en Venezuela (Cyngular)

Roberto Echeto – La máquina clásica

Ricardo Ramírez Requena – Maneras de irse

Mirtha Rivero – Historia menuda de un país que ya no existe

Ana Teresa Torres – Doña Inés contra el olvido

Federico Vegas – Ciudad vagabunda

Alberto Barrera Tyszka – Rating

Andrés Eloy Blanco – Giraluna

Joven Narrativa Venezolana

Literatura española 

Ildefonso Falcones – La Catedral del Mar

Miguel de Cervantes – Don Quijote de La Mancha

Quim Monzó – Ochenta y seis cuentos

Ricardo Menéndez Salmón – Niños en el tiempo

Federico García Lorca – Bodas de sangre

José Zorrilla – Don Juan Tenorio

Lope de Vega – Fuenteovejuna

Literatura internacional 

Qais Akbar Omar – A fort of nine towers

Ernest Hemingway – Fiesta: The Sun Also Rises

William Shakespeare – Romeo and Juliet

Mary Shelley – Frankenstein

Moshe Kasher – Kasher in the rye

James Joyce – Ulysses

Simone de Beauvoir – The woman destroyed

Aldous Huxley – Brave New World

J.D. Salinger – Catcher in the Rye

Edgar Allan Poe – El gato negro y otros cuentos

F. Scott Fitzgerald – The Great Gatsby

Nick Hornby – About a boy

George Orwell – 1984

George Orwell – Animal Farm

George Orwell – Burmese Days

Jonathan Swift – Gulliver’s Travels

Gustave Flaubert – Madame Bovary

Alejandro Dumas – La Dama de las Camelias

Emile Zola – Nana

Eugene Ionesco – La cantante calva

Voltaire – Cuentos

William Golding – Lord of the Flies

Mark Twain – Las aventuras de Tom Sawyer

Mark Twain – Las aventuras de Huck Finn

L.M Montgomery – Anne of Ingleside

L.M Montgomery – Anne of Green Gables

L.M Montgomery – Anne of Avonlea

Franz Kafka – La metamorfosis

Alexandr S. Pushkin- Narraciones completas

Alexandr S. Pushkin – La hija del capitán

Máximo Gorki – La madre

Alexander Solschenitzin – El primer círculo

Sófocles – Edipo Rey

Sófocles – Antígona

Eurípedes – Medea

Homero – La odisea

Michael Ende – Momo

 

P.S: no los he leído todos.

P.S2: algunos libros han sido hurtados de personas de confianza que ni se dieron cuenta que ya no los tienen.

Afuera está lloviendo

afuera está lloviendo

Busca la llave y la introduce en una cerradura terca entregada al desamparo. Entra a la oscuridad y desliza su mano por la pared izquierda hasta alcanzar el interruptor. Gira la ruedita y aparece ante ella el apartamento de techos altos y piso de granito negro con blanco. Arrastra los pies y su figura encorvada pasa a través de muebles descoloridos, gabinetes de madera y cristales, un reloj de pared que canta cada media hora, una biblioteca sin principio ni fin, y adornos, cientos de adornos que incontables amigos y familiares han dejado atrás.

Arrastrando un pie tras otro, llega a su habitación. Se quita el sostén y caen los grandes senos marchitos y pesados. Siente el alivio en los juanetes cuando saca un pie y luego el otro de sus zapaticos casi ortopédicos. Desliza las medias de nylon, permitiéndole a las piernas respirar. Retira los ganchos del moño que ha peinado con el escaso cabello blanco que le queda. Se viste con su bata de rosas amarillas y azules.

Con toda su fuerza, abre el ventanal que da hacia el balcón para que entre el aire de la ciudad. Afuera la vida transcurre a la par del tiempo: cornetas, silbidos, gritos, música de esa que ella no entiende y que se niega a escuchar. Antes, a esa hora, lo único que se oía era el cuchicheo y las risas de los vecinos tomando el fresco enfrente de los edificios.

Basta de este bullicio. Bate las manos y con una mueca de decepción, cierra el ventanal para someterse a un ostracismo voluntario del mundo exterior. Enciende el ventilador fiel que funciona a pesar de ya haber anunciado su retiro.

Toma el periódico y salta directo a la sección de los crucigramas. ¿Para qué embasurarse con noticias? Éstas aceleran la vejez; los crucigramas, la contienen. Horizontal 1: “vocablo incorporado al español del portugués y gallego, que expresa melancolía, añoranza o soledad. Estimulado por la distancia temporal o espacial de algo amado”. Más sencillo, imposible: ¡saudade!

Termina el crucigrama en pocos minutos. Es hora de su infusión de manzanilla. Va a la cocina y llena la tetera con agua para calentarla sobre la hornilla. Se rehúsa a comprar una de esas teteras eléctricas. ¿Qué si son más rápidas? Sí… pero, ¿quién está apurado?

Arrastra un pie tras otro para ir a la sala. Alcanza el clóset y abre la puerta transparente. Observa la treintena de álbumes de fotos y tras pasar los ojos por todas las etiquetas organizadas en orden cronológico, escoge el de 1942.

Puede pasar horas con cualquiera de estos mamotretos de cuero desgastado, llenos de polvo y adentro veteados con manchas de color mostaza. El pasar de las páginas despide un olor rancio e invasivo. Algunas se han pegado entre sí por la costumbre y el peso de los años. Los álbumes son la receta perfecta para una alergia implacable, pero aun así, ella sigue: le gusta ver fotos.

Arroja todo su peso sobre el sillón desgastado y respira hondo. Abre la primera página. Niñitos sonrientes y desdentados con sus pantaloncitos y camisitas. Niñitas con sus pollinotas, lazos tan grandes como sus cabezas y vestidos con faldas de armadón, lunares y faralaos. Estaban comiendo helado de mantecado con chocolate. Cierra los ojos y piensa que no recuerda otro dulce que no le haya gustado tanto. Desliza los dedos hacia la esquina del libro. Siente la punta aún observando la imagen mientras dibuja una sonrisa… la misma sonrisa de la foto que se esconde tras los años.

Aparece la patinata de Navidad. Se reconoce en el medio con sus patines rojos y su vestidito de rosas amarillas y azules. La costumbre la obligaba a usar falda, pero el recato a ella le importaba muy poco: su prioridad era patinar sin descanso. Cuántas veces se caía y se volvía a levantar. No había rasguño en sus rodillas o palma de las manos que la detuviera. Quería andar más rápido que todos los varones, sin importar si eran más grandes en edad y tamaño. Era la primera en inventar juegos que atraían a todos como un imán.

Un chillido interrumpe y desvanece en pocos segundos las risas, la corredera, la música… la energía. El aviso insistente del agua lista para el té la devuelve. Alza la mirada y ve su apartamento atiborrado de recuerdos desgastados… y afuera está lloviendo.

DEUDA CANCELADA

rope about to break

A propósito del Pasajero de Truman

“Bueno, y se volvió loco”. Más o menos fue así. En mi clase de Historia de Venezuela la explicación del profesor fue palabras más, palabras menos, algo similar. Nunca se supo bien qué sucedió, cuál enfermedad padeció; el diagnóstico se guardó con hermetismo. Loco: calificación simple y simplista.

Escalante sería la figura de la transición hacia la democracia emanada del consenso entre factores políticos divergentes. Representaba la esperanza hacia tiempos de progreso. Me lo imagino como aquellos señores cuya elegancia le otorga el epíteto automático de hombre respetable. Un personaje tan estimado y correcto que luego sería envuelto por la tragedia y recordado por enloquecer antes de llegar a la presidencia.

Tengo mis reservas con las novelas históricas, pues los límites entre ficción y realidad, poesía y hechos, imaginación y documentación, se difuminan. La objetividad es una cosa inalcanzable y la novela histórica se arriesga a profundizar aún más la confusión entre lo que sucedió y lo que la mente humana absorbe, interpreta y transmite.

Me molesta el uso excesivo de la primera persona. Es como cuando alguien habla mucho de sí mismo sin mostrar reciprocidad. Los monólogos no me encantan. Después de un rato, la unicidad fastidia y comienzo a extrañar los destellos de misterio que suelen invocar los narradores en tercera persona.

Pero seguí leyendo y comprendí… Entendí que todos somos humanos: todos dudamos de nosotros mismos, olvidamos apreciar nuestros logros, nos concentramos más de lo que deberíamos en los fracasos, nos obsesionamos con lo que nos falta y otros tienen, fallamos en aceptarnos tal cómo somos con nuestras virtudes y cualidades ausentes.

Entendí que nadie está exento de una desgracia, que hasta los más insignes flaquean y que las enfermedades no discrepan.

La historia fue injusta con Diógenes Escalante. Lo trágico se volvió un chisme y opacó lo admirable. “Loco, se volvió loco” y ahí fue. Ni sus cercanos trataban de rescatar tiempos anteriores.

Y resulta que no era el único enfermo. Cuando la estabilidad institucional de todo un país depende de una sola persona, el sistema político es débil y no logra su cometido. Venezuela también sufre de complejos no resueltos que generan conductas erráticas.

Hay cuentas por saldar. El Pasajero de Truman cancela la deuda con empatía e inclusive con poesía.

A TODOS NOS TOCA

226H

La mejor alumna de la universidad caminaba a su clase de cine el viernes a las siete de la mañana. Siempre a tiempo, nunca tarde. Su falda perfectamente combinada con su blusa sin arrugas. Maquillaje perfecto y ni un pelo en su cabeza fuera de su sitio.

Entró al salón y tomó asiento en la primera fila para no dejar escapar ningún detalle. El profesor empezó a dilucidar sobre la fotografía móvil, los hermanos Lumière, París en 1895, el cinematógrafo y toda la maravilla que el aparato encerraba.

Sí, fascinante y mucho, pero no lograba concentrarse. Había en el aire un olor penetrante que mareaba, que asqueaba, que agotaba los sentidos. Se levantó y salió del salón a recuperar su estabilidad, pero el hedor la perseguía, la acechaba, no la dejaba en paz. Sintió que la asquerosidad venía del piso. Alzó el pie derecho y vio en la suela el típico sucio, lo normal. Levantó el pie izquierdo y no fue igual: una plasta aplanada le revolvió el estómago y la sumió en la más indeseada vergüenza.

Años más tarde, si bien no recuerda mucho qué aprendió en la clase de cine, nunca olvidará que tarde o temprano a todos nos toca pisar mierda.