Ausencia presente

Nonna en Otono

Me gustaría haberte conocido. Te conocí, sí, me acuerdo de ti. Tus caramelos de miel en el envase de vidrio en medio de la sala. Tu vestido verde con amarillo. Tus abrazos, tus gestos delicados. Tu castellano perfecto con un tinte de acento extranjero. El agua con azúcar que nos dabas a mi hermano y a mí. Siempre que terminabas de revolverla, le dabas dos toquecitos a la cucharilla con el vaso. “Tin-tin”. Todavía hoy hago lo mismo cada vez que me tomo un té, y con una sonrisa, me acuerdo de ti.

Pero me gustaría haberte conocido realmente: discutir de política, de historia o de arte, compartir opiniones, que me hablaras en tu lengua natal, que me contaras de tu vida, de lo bueno, de lo malo, aprender de ti, que me dieras consejos; de esos que solamente los que han vivido unas cuantas décadas pueden dar.

Me cuentan que fuiste una muchacha inteligente y estudiosa con una facilidad admirable para los idiomas. Hablabas ruso, polaco, francés, alemán, español e inglés. También tenías talento para la música: cantabas, tocabas piano y hasta componías.

A pesar de pertenecer a una generación que le tocó vivir tiempos de países divididos territorial y culturalmente, me cuentan que no veías origen ni religión a la hora de entablar una amistad. Te casaste joven, como todos en aquella época. ¿Cómo conociste a tu esposo? No lo sé. Ese cuento me hubiese gustado escucharlo de ti.

Te atrapó la guerra. Me imagino que querías estudiar. Por lo que cuentan, hubieses destacado en lo que sea. No obstante, la historia se interpuso en tu camino. Con tu familia debiste dejar tu ciudad e ir a otro país, escapando de un sistema que se oponía a todo lo que ustedes defendían y que además no dejaba espacio alguno para el libre albedrío. Llegaron a la tierra del derrotado como desplazados y con nacionalidad anulada, por precaución a que el monstruo del que huían los terminara atrapando por un simple papel. ¿Cómo debió haber sido eso para ti? Dejarlo todo. Me hubiese gustado escucharlo de ti.

Te convertiste en madre. No en las condiciones más estables, pero hacían una bella familia y tenías a tus padres, hermana y mucha gente amiga. Sí, eran tiempo difíciles para tener una hija, pero a lo mejor ella misma te ayudó. O al menos me gusta pensarlo así. Me hubiese gustado preguntarte eso.

Nonna y Ana

Te casaste con un hombre optimista y creativo, quien descubrió que a Venezuela se podía inmigrar. Me imagino tu reacción: “¿Venezuela?, búscame un mapa”. Hicieron las diligencias y de hecho sí, eran bienvenidos. Según reza la leyenda, en el consulado venezolano estaban más que contentos con la nueva adquisición ciudadana: “¡A mejorar la raza!”, dijeron. Estabas horrorizada con ese atrevimiento, pero bueno, qué más da, tampoco tenían muchas opciones. Ese cuento suena interesante. Me hubiese gustado escucharlo de ti.

Borrón y cuenta nueva. Tras un viaje accidentado, llegaste a Venezuela  y a cada miembro de tu familia le dieron diez dólares. Probaste el cambur y no te gustó. No se parecía a ninguna fruta que habías comido antes en tu vida europea. Me imagino tu impresión de aquel país tan distinto a lo que conocías. Ese mar, ese calorón, ese desastre, esa gente variopinta hablando rápido, y una cordillera inmensa que había que atravesar para llegar a Caracas. Me cuentan que llegando a la ciudad, una de las primeras cosas con las que se topan es un mitin del PCV. Los fantasmas que pensaban abandonados se filtraron sin advertencia. Creo que lloraste. No lo sé. Con gusto me hubiese sentado toda una tarde para escuchar ese cuento.

Con mucho trabajo y una mentalidad positiva, progresaron y supieron aprovechar oportunidades. Construyeron su casa, su calle, su urbanización prácticamente. No satisfechos con eso, también levantaron una casa de playa para disfrutar el mar, una de las tantas bondades que ofrecía la nueva tierra. Me cuentan que estuviste muy agradecida con Venezuela. Especialmente ahora, me hubiese gustado escuchar eso de ti.

No obstante, la vida te lanzó un balde de agua fría e inesperadamente quedaste viuda. No te volviste a casar. Si hubieses necesitado hablar sobre eso, créeme que hubiese estado ahí.

Fuiste sagaz y te levantaste. Con un teclado que fabricaste tú misma de cartón, aprendiste mecanografía y te hiciste secretaria ejecutiva. Me cuentan que estacionar no era tu fuerte y que por eso salías muy temprano, procurando llegar de primera para tomar el puesto más cómodo. Trabajaste y mucho. Te ganaste tu puesto, y además te terminaron dando el del estacionamiento. Me gustaría decirte cuánto te admiro.

Eso es parte de lo que me han contado de tu vida. A veces dicen que hay cosas mías que se parecen a ti. Me gusta creerlo así, que a pesar de no habernos conocido bien, sí estamos conectadas de muchas maneras. Que a lo mejor soy un canal que te mantiene vigente, y no sólo las fotografías.

No sabes cuánto me gustaría haberte conocido. Pero bueno, a mí me dio por llegar en 1987 y a ti por irte en 1994.

Nonna estudiando