El Ministerio de la Abundancia, el MiniAbundancia

“Se está acabando la leche en la casa, y no he conseguido en ningún mercado”. “Qué broma”, respondí, “Voy a ir al Plaza’s a ver si tengo suerte”.

Pasos impacientes en los pasillos entre carritos y personas. “Disculpe, disculpe”.

De repente, una hoja escrita a mano: “5 Pastoreñas x persona”. Falta la posdata que diga: “sabemos que es una porquería de situación, pero no podemos hacer más nada. Por favor, entiéndanos y no arme un escándalo en la caja, ¿sí? Gracias.”

Pero no hay Pastoreñas, producto hecho en Venezuela. El estante está rebosante de la marca de leche extranjera de turno. Ecuatoriana, peruana o uruguaya. Da lo mismo.

El cartel dice Pastoreñas, no Surlat. Miro alrededor. No veo a ningún trabajador del automercado. Una señora me lanza una mirada complaciente, sus cejas dándome permiso. Sin pensarlo mucho más, agarro dos cajas y las coloco en mi carrito.

Una cola larga para pagar. Si tuviese una sábana, taparía las dos cajas. Me imagino los pensamientos de aquellos conciudadanos que a leguas se nota que no aprueban mi acción: “abusadora, acaparadora, egoísta”.

Mi turno. Pongo las dos cajas. La cajera no dice nada. Pago.

Ya estoy en mi carro. Felicidad absoluta. Una sonrisa y una llamada llena de buenas noticias.

Ya va… ¿qué?