PLAN DE MIGRANTE TEMPORAL

Una mirada al mapa del metro de Londres marca el inicio de otro sábado más. Era mi costumbre inspeccionar todas las zonas de la ciudad y escoger alguna que no conociera para visitarla durante los fines de semana. Leo las letras de un lugar que siempre me había llamado la atención, pero que después de un año viviendo en la capital británica aún no había visto: Richmond. Un pueblito ubicado en el suroeste de Londres, famoso por su vasto parque nacional, donde venados salvajes sin problema alguno comparten su hábitat con los humanos visitantes. Ya no sabía cuánto me quedaba en la ciudad; debía aprovechar el tiempo.

Llamé a mis amigos venezolanos residentes en Londres invitándolos a tal espectáculo inusual: “tengo el apartamento inmundo”; “estoy enratonado de ayer”; “tuuuu… tuuuu… tuuuuuuuu”. Culminada mi maestría, la gran mayoría de los amigos de la universidad habían regresado a sus países llenos de oportunidades y nuevos caminos. Mis compañeros de la pasantía se limitaban a cultivar una relación cordial, pero que tenía un horario estipulado: de lunes a viernes, de 9.30 a.m. a 6.30 p.m.

Revisé por última vez el clima en la página de BBC Weather, agarré mi paraguas, me puse la chaqueta y salí. Caminé un par de cuadras hasta la estación Russell Square, entré y empecé mi camino.

Luego de unos cuarenta minutos en el tren, llegué a mi destino sin saber dónde estaba. Encendí el Google Maps de mi celular y comencé a andar. Unos cuantos pasos después, noté que el círculo que me representaba en la pantalla, no estaba siguiendo la ruta señalizada por la tecnología satelital. Unos cuantos pasos atrás y un retorno a la dirección contraria lograron ubicar mi círculo en la línea trazada. No era la primera vez que sucedía y tampoco sería la última.

Una universidad, una zona residencial, una calle comercial… todo bien bonito, pero no veía el parque. “A este ritmo, espero que me dure la batería. Si con Google Maps estoy perdida, sin él terminaré quién sabe dónde”.

De repente, diviso a lo lejos la entrada de lo que parecía ser una sabana inmensa. Un cartel de madera me dio la bienvenida exponiendo las letras que hace tres horas había leído en el mapa encima de mi escritorio: Richmond Park.

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La concepción típica que la gente tiene de Londres, es que es una ciudad donde la entrada del sol es obstaculizada por la capa de nubes espesas que cubre el cielo. Eso es correcto. No obstante, también hay instantes de gloria en los que rayos intensos y un azul celeste avivan los ánimos de todos los seres vivos que habitan en la urbe.

Tuve la fortuna de que mi paseo anhelado coincidiera con uno de estos días de luz cálida y brisa amable. La imagen inicial del parque fue todo lo que esperaba y más: un campo con un punto de fuga hasta el infinito, árboles frondosos, pequeñas colinas y pasto amarillo lleno de las últimas flores que el otoño aún no había castigado. Me pasaba gente trotando o montando bicicletas: niños, jóvenes, viejos, parejas, familias… todos respirando el aire fresco lejos del caos citadino que se percibía a la distancia. DSC04298

Vi unos puntos marrones que se movían juntos de un lado a otro. Sí, eran ellos. No era algo fortuito o atípico. Más de una vez durante paseos en peñero por las costas venezolanas, un marinero parlanchín me había jurado en vano que los delfines aparecerían a nuestro encuentro para guiar cordialmente nuestro camino. En este caso, las imágenes extraídas de Internet sí decían la verdad. Eran alrededor de unos treinta venados. Habían machos con grandes cachos, hembras sobreprotectoras y cervatillos torpes. Sí, estaba viendo animales en su estado natural, conviviendo en paz, sin rejas de zoológico o jaulas ahogantes. Tomé decenas de fotos, me senté y dejé que se me acercaran un poco.DSC04285

Ya no me preocupaba qué camino tomar. Me levanté y empecé a andar por el sendero. Vi el punto de fuga a lo lejos y decidí ir hacia él.

El sol iniciaba su descenso y permeaba las ramas de los robles y sauces creando contraluces maravillosos. Encontré un lago y una mansión gris georgiana al fondo. Los rayos del atardecer se hundían en el agua azul oscuro que servía de espejo a la hilera de árboles adornando su borde. La inmovilidad del agua era interrumpida por la silueta que producía el nado de algunos patos que aún no habían migrado a lugares más cálidos. Era la visión extraída de mi imaginación cuando leía alguna novela de Jane Austen.

Me senté en un banco e hice una pausa. Incontables filósofos, políticos y demás pensadores han ofrecido palabras para definir un concepto complicado, pero esencial, como lo es la libertad. Su comprensión se me hizo simple a través del ejemplo de mi experiencia en este momento. Era libre, era independiente, era feliz.

Oscurecía. Prendí el celular y activé el Google Maps para encontrar el camino de vuelta a casa.

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