Arándanos y chocolate

–Tali, mira.

Mi padre me señaló el aviso que indicaba el camino hacia Brest, la ciudad donde mis abuelos habían nacido durante el período de entreguerras.

–No nos da tiempo para ir, ¿verdad?– pregunté.

–No creo.

Seguimos andando por una autopista ancha, bordeada de llanuras infinitas, vacas gordas, incontables bieroskas, iglesias ortodoxas y dachas campestres. Al fin presenciaba el paisaje que había visto durante toda mi infancia en libros melancólicos.

Horas más tarde llegamos a Pinsk. Era una ciudad industrial que derrochaba su linaje soviético: estátuas de personajes marxistas, edificios de arquitectura cuadriculada y uniforme, algunas calles de tierra, carros Lada, gente atrapada en el tiempo. Lloviznaba.

Entramos a una de las dos posadas que había en la ciudad. Nuestros pasos crujían en el piso de madera y hacían temblar el edificio. En la recepción sonaba una música electrónica hiperquinética en ruso. El dueño de la posada nos dirigió a la habitación.

A pesar de abrir las cortinas, la luz no lograba entrar. Las lámparas, las alfombras y el televisor parecían salidos de 1968. El tamaño de la cama sin duda no era para adultos; el colchón no era para humanos. Ni hablar del baño.

–Nos están esperando– las palabras de mi padre interrumpieron mis pensamientos fatalistas.

Divisamos el edificio. Era un jruschovka, me explica mi padre: aquellos complejos residenciales, grises, siempre grises, de tan solo cinco pisos, que habían sido construidos en épocas de Nikita Jruschov. Tocamos el timbre.

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Mi padre había recibido un email de la prima de su madre, Natalia. Cuenta que meses atrás había leído un reportaje que un periódico ruso había realizado sobre la diáspora en América Latina, en el cual figuraba Jorge Gan. No podía ser otro que el hijo de Anatoli y Nonna Gan quienes habían escapado en 1944 de lo que entonces era Polonia ocupada por Alemania.

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Al otro lado de la puerta estaban Natalia, la prima de mi abuela, y Lena, su hija. Nos recibieron con los brazos abiertos y mucha emoción. Vi un par de lágrimas en sus ojos. El parecido del rostro de Natalia con el de mi fallecida abuela era innegable. Bromeamos con que compartíamos el nombre. “Dimaaaa”. A los segundos salió por otra puerta un muchacho de mi edad, hijo de Lena.

Me preguntaron si hablaba ruso. Respondí con un poco de pena que muy poco, lo cual no redujo sus muestras de cariño. Cada vez que conocía a una persona rusa, era automático ver su expresión de reproche cuando aclaraba que no entendía lo que me decía. Aquí fue muy diferente: Natalia me explicó que hablaba francés y Dima aprovechó para practicar su inglés conmigo.

A la media hora llegó Yuri, el otro hijo de Natalia. Era todo un acontecimiento familiar, en cual se respiraba calidez y alegría.

Observé el apartamento. Las sillas, el comedor, los floreros, el papel tapiz de las paredes e inclusive el teléfono, eran artículos dignos de cualquier tienda de antigüedades. La computadora era el único objeto actual; las cosas restantes nos transportaban a tiempos pasados.

Nos sirvieron té, dulces típicos y jugo de arándanos. Picaron en un plato el chocolate Del Rey que habíamos traído. Dima me preguntó sobre mi vida en Venezuela y yo le pregunté sobre la suya en Bielorrusia. Ambos estudiábamos en la universidad, estábamos frustrados con la política de nuestros países y teníamos planes de emigrar.

Se hizo tarde y empezó la despedida. Intercambiamos correos y prometimos mantenernos en contacto. Una decena de abrazos más tarde, mi padre y yo salimos por la puerta.

–Menos mal que vinimos– dije.

–Gracias por acompañarme– respondió mi padre agarrándome la mano.

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Accidente necesario

ecuation

No podía creer lo que le habían regalado sus padres por su sexto cumpleaños. Larissa había pedido lo usual: la Barbie doctora, el kit de 30 lápices de Gamacolor, un Polly Pocket nuevo… pero nunca imaginó que recibiría lo que tenía ante sus ojos: un jeep que se movía. Era un carro de su tamaño que ella misma podía manejar como lo hacían los adultos.

Por fin había llegado el sábado y su prima y eterna compinche de juegos la vendría a visitar.

-Karina, tienes que verlo. Te va a encantar. Nos podemos turnar.

Luego de una persecución policíaca e incontables insistencias, su padre la ayudó a sacar el carro al frente de la casa. Sus pupilas desplazaron el marrón de sus ojos y corriendo se montó en el asiento del mini-conductor.

La casa de Larissa era parte de un conjunto de otras tres viviendas. Este conjunto había sido construido en una loma, por lo que habían dos niveles: en el inferior se encontraban las dos primeras casas, y en el superior, las dos restantes. Larissa vivía en la cuarta casa del nivel superior y para llegar a ella, había que recorrer una subida bastante empinada y estrecha que dificultaba el camino de tanto transeúntes como de vehículos.

-No vayas a bajar. Mejor quédate por aquí- dijo el padre.

Luego de que las niñas dieron una vuelta por el perímetro, pasó por la puerta y desapareció en el interior de la casa.

El carro tenía tres velocidades identificadas con los números uno, dos y tres en la palanca. No había mucha diferencia entre ellas, pues todas eran igual de lentas; tanto así que no presentaba ningún peligro bajarse del carro mientras éste se encontraba aún en movimiento. Si bien la poca potencia decepcionó a las niñas, la lentitud motora fue compensada por la sagaz imaginación infantil. Se inventaban situaciones extraordinarias que les permitían viajar lejos de las cuatro esquinas del nivel superior del conjunto.

-Cuidado con la pantera. Dale más rápido que nos va a alcanzar.

-Agarra el volante. Tengo que ver por el telescopio si hay enemigos a lo lejos.

-Nos estamos hundiendo. Está entrando el agua por la puerta.

Y así pasaron horas. Se turnaban el volante, se bajaban, corrían, se volvían a montar, se reían.

Empezó a caer el sol y el cielo comenzaba a ponerse anaranjado. En eso la madre de Larissa apareció por la puerta, preguntando cuánto les faltaba.

-Un ratico más, porfa.

Estaban recorriendo la última vuelta de la tarde. Justo se encontraban en el medio del cuadrado del perímetro, el cual era el punto de entrada de los carros que venían desde el nivel inferior del conjunto. Si volteaban la mirada a la izquierda, las niñas podían ver en línea recta el comienzo de la subida.

Un estruendo a lo lejos se acercaba cada vez más. Karina y Larissa se miraron fijamente, dándose cuenta que el sonido no era producto de sus imaginaciones fantásticas. Miraron a la izquierda. En cuestión de segundos apareció una camioneta altísima que venía en retroceso a una velocidad kilométricamente superior a la del minúsculo jeep. Karina al volante detuvo el carro; ni siquiera la tercera velocidad les daba el impulso para salir del camino. Por “seguridad”, se habían amarrado los pequeños cinturones. El susto las paralizó de tal manera, que sus mentes jóvenes no hicieron la conexión con sus piernitas para saltar y correr. No les quedó otra opción que gritar con la esperanza de que el conductor se diera cuenta de la presencia de las niñas, la cual pasaba inadvertida por la oscuridad del atardecer, los vidrios ahumados y la altura de la camioneta. El choque era inminente. Larissa y Karina se abrazaron esperando el golpe.

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Iba atrasada. Ya estaba por llegar. Se estaba terminando de peinar cuando escuchó un cornetazo y recibió un mensaje por Whatsapp.

-Karina, tienes que verlo. Te va a encantar. Estoy afuera.