Y en ese preciso instante…

hair blown

A lo lejos escuché un sonido penetrante y fastidioso. Estaba cómoda y no quería moverme, pero el sonido no cesaba. Vi que era el teléfono. Lo agarré y leí los número: 7:45. Tenía la entrevista las 8:15. Salté de la cama y en un segundo ya me estaba cepillando los dientes y escogiendo qué ponerme. Nunca pude entender por qué me había quedado dormida justo ese día. Me arreglé lo más rápido que pude y salí corriendo por la puerta.

Empecé a manejar como una loca. Pude ver que no había tráfico para la hora y di gracias a todos los santos. Encontré a un parquero piropero, imploré por un puesto “ahí mismito” y le di 200 bolívares sin pensar. Entré al edificio, vi que la cola del ascensor alcanzaba la puerta y corrí hacia las escaleras. Un señor alto con lentes de sol me indicó que necesitaba identificarme para acceder a cualquier oficina. Lo acompañé al escritorio de registro y le expliqué que tenía una entrevista muy importante, que me había quedado dormida y que estaba a punto de tener un ataque de pánico, o de corazón, o ambos. Anotó mi nombre y número de cédula para luego mostrarme el ascensor de carga, el cual estaba vacío.

Le di un abrazo, busqué la dirección de la oficina y marqué el piso 10. 1,2,3,4,5,6,7,8… el ascensor se detuvo. Se abrieron las puertas y una señora con su equipo de limpieza y toda la calma del mundo ingresó. 9 y 10.

Daban las 8:10 cuando abrí la puerta de la oficina. Me estaban esperando. Entré a la habitación con el director y el vicepresidente. Justo cuando me estaban haciendo la primera pregunta, en ese preciso instante, dudé: ¿cerré la puerta de la casa con llave?