Confidence, safety, accountability

#100DaysBlogVenezuela

Article 55 of the Constitution of the Bolivarian Republic of Venezuela states:

“Every person has the right to protection by the State, through the citizen safety organs regulated by law, from situations that affect or constitute a threat, vulnerability or risk to the physical integrity of individuals, their properties, the enjoyment of rights or the Fulfillment of duties…”

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May 25, 2015, 1:00 pm. A woman was walking with her two little boys, her older daughter and a friend in Coro, Venezuela. Just a normal day, just a normal walk. Most likely they were talking about the usual stuff: “How was school?”; “what did you learn today?”; “do you have a lot of homework?”. Maybe jokes were told.

One of the kids disappeared. In a fraction of a second, the seven year old boy was swallowed by the earth. A wide sewer was uncovered…the top was missing. The mother screamed…

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SABER CUANDO CANTAR RETIRADA

—Damos por comenzada la reunión.

Todos los representantes de las distintas poblaciones se sentaron alrededor del círculo. El moderador, quien había convocado la conferencia, se encontraba justo en el centro.

—De más está recordarles que si bien hemos sostenido conflictos en el pasado, debemos aprovechar esta ocasión para definir ciertas reglas que controlen nuestro comportamiento en busca de un bien superior: la paz entre los miembros de nuestras comunidades mientras compartamos esta tierra —dijo el árbitro, quien representaba a Laplandia.

—¡CLARO! Claro que la paz. ¿Por qué alguien no querría la paz? No tiene sentido. Ninguno. Absolutamente ninguno. No, señor. Sí, la paz.  —respondió a toda voz uno de los guachos.

—Sólo esperamos que los de la Rathaus se mantengan quietos y cumplan con sus promesas —murmuró Zam volteando los ojos.

—¿Qué te pasa? Si tienes algo que decir, dilo a toda voz. ¿Nos vamos?

—No, por favor. Todos somos necesarios. Zam, calma. Muy bien, todo en orden. Prosigamos. Primer punto: no atacarnos. A ver, Rabi, solicitaste permiso de palabra.

—Sí, consulté con los jefes de nuestras tribus, y este asunto de no atacarnos complica nuestra supervivencia. Deben ustedes entender, que a pesar de que los acuerdos suenan muy bien, en la realidad lo que nos interesa es vivir y vivir bien, lo que lamentablemente implica atacarlos.

—Ssssssí, nossssotrosss essstamossss de acuerdo con essa obssservaccción —intervino sigilosa Sarp.

—Su acento sí es molesto. ¿Dónde aprendieron a hablar? —chismeó Uana a Laggie.

—Al parecer el problema entonces es el costo de no atacarnos. Permítanme recordarles que todos, absolutamente todos, hemos sufrido pérdidas importantes; pérdidas que nos duelen y que nos hacen la vida imposible. Es terrible vivir en permanente tensión en tu propia casa. ¿No quieren que esto acabe? —argumentó el equilibrado moderador.

—Bueno, yo sé que estoy llegando tarde y que no pinto mucho aquí, pues no estoy en problema con ninguno y soy uno solito, nada más estoy esperando a morirme de viejo…Sí, mi señora nunca quiso tener hijos, y ya ella partió a la otra vida, así que ni modo…pero, ¿qué era lo que quería decir? —agregó Morr mientras daba pasos lentos y accidentados —Pues, sí. Me parece muy feo ver esas escenas de violencia en mis predios. Yo creo que nos podemos controlar un poco. ¿Saben? Nuestra tierra colinda con el monte enorme ese de allá. ¿No creen que pueden conseguir lo que necesitan por esos lares y mantenemos esto como tierra neutral?

—Ajá, ajá, ajá. Yo creo que sí. Sí, señor. —gritó el guacho.

—No, vale. Pero ya nosotros estábamos demasiado cómodos aquí. ¿Por qué? —se quejó Uana.

Lo que comenzó como un murmullo, se convirtió en un estruendo inusual para la oscuridad de la hora. Unos gritaron. Otros observaron.Otros se fueron enojados y regresaron luego de mucha persuasión. Morr tomó una siesta.

Lapan recuperó el control y su cargo como moderador de la reunión.

—Muy bien, ¿quiénes están a favor?

Se aprobó la moción. Los asistentes acordaron bajo ninguna circunstancia, mientras compartieran el territorio, atacarse unos a otros. Los recursos que necesitaran los obtendrían de las tierras aledañas, sin inmiscuirse en los asuntos internos de cada población, ni traspasar las fronteras propias. Después de un acto simbólico, prometieron cumplir las nuevas reglas y controlar las apetencias e impulsos naturales.

—Falta un assssunto aún: ellassss —dijo Sarp. Lapan la miró asustado y respiró hondo. —Si ellasss, másss grandesss y fuertesss que todosss nossssotrossss, vienen, ¿qué haccccemosss?

—No lo había contemplado. Sin embargo, puedo decir con propiedad que la experiencia nos indica que cada vez que las hemos agredido, la respuesta ha sido más contundente y tajante. Siempre salimos perdiendo. Yo digo que ésa no es nuestra batalla. Cada vez que vengan, hay que esconderse lo más rápido posible. En definitiva, tienen un horario estipulado y sólo pasan poco tiempo aquí. Hay que estar alertas y cantar la retirada.

—¡¡¡Retiraaaaaadaaaaa!!! —gritó uno de los guachos.

—Bravo, así es.

—¡No, chico, espabílate! ¡Estoy cantando la retirada! ¡Ahí vienen!

Eran las seis de la mañana y ya el sol marcaba el inicio del día. En cuestión de segundos, una lapa, una guacharaca, un rabipelado, una rata, una culebra, una iguana y un lagarto desaparecieron del sitio de reunión. Ya no quedaban rastros de los animales que hacían vida nocturna.

—Buenos días, señoritas. ¿Cómo amanecen hoy?

—Muy bien, muchas gracias, Morr. ¿Y usted?

—Todo en orden. Todo en orden. —dijo el morrocoy, mientras daba pasos lentos y accidentados.

Paseaban tres perras enormes al jardín, siguiendo las órdenes del dueño de la casa. Olfateaban las flores, mientras supervisaban que ningún animalito pretencioso cuestionara su autoridad y poder.

PASO TRAS PASO

Al primer rayo de luz, se frotaba la cara, se peinaba con los dedos el pelo sucio y enredado y se ponía los zapatos blancos que ya estaban negros por la mugre diaria. No daba comienzo a su mañana sin antes guindarse el pequeño morral también negro que había tomado de alguna parte hace tanto tiempo. Se levantaba y empezaba a dar un paso tras otro.

Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro…

Sentía la ráfaga del viento que dejaban los carros al pasar corriendo a su lado. Se mantenía cerca de la isla central. No tenía miedo. Sabía que no sería atropellado…o le daba igual. Más temor le causaba detenerse, salirse de la rutina, dejar de contar.

Uno, dos, tres, cuatro…

Cada paso que daba lo acercaba aún más al centro de la ciudad. El tráfico se tornaba más pesado y los carros, resignados, se amontonaban en la autopista, haciendo la cola inútil para llegar al mismo destino de todos los días. Lo envolvía el monóxido y la contaminación de la ciudad. En algún momento le enseñaron que era tóxico, pero ya no le importaba. Debía seguir andando.

Uno, dos, tres, cuatro…

Insultos volcánicos, conductores impulsivos, cornetazos enojados, motorizados anómicos, tensión, polvo y basura; sucio por todas partes. Todo pasaba a su lado, sin afectarlo, sin cambiar su andar.

Uno, dos, tres, cuatro…

Percibía unas cuantas miradas lejanas, pero ahí se quedaban; eran simples miradas a la distancia alimentadas por la curiosidad y separadas por vidrios ahumados. Las personas encerradas en sus cajas acondicionadas continuaban imperturbables con sus caminos hacia el resto del día, el cual, probablemente, sería idéntico al anterior.

Uno, dos, tres, cuatro…

El sol seguía su curso natural y se hacía más fuerte, haciendo poderosa oposición a todo aquel que andaba en la intemperie. El calor húmedo y el vapor que emanaba del concreto agotaban su cuerpo débil. Bajaban gruesas gotas de sudor por su frente. Tenía la espalda húmeda y la franela negra y raída se le pegaba al cuerpo, haciendo notar su delgadez. Pero continuaba.

Uno, dos, tres, cuatro…

Sus dos ojos negros y dilatados miraban absortos sus pasos en el piso. Pensaba sin parar, pero cada instante de pensamiento se diluía como una onda expansiva: eran imposibles de captar, imposibles de resolver, imposibles de olvidar. No quedaba otra opción que seguir andando.

Uno, dos, tres, cuatro…

Buscaba algo sin saber bien qué era. El remolino interno le impedía descifrarlo. No podía hacer más nada sin antes encontrar la respuesta. Sólo lograba caminar, paso tras paso.

Uno, dos, tres, cuatro…

64000 pasos después, su cuerpo sintió el cansancio. Vio un puente a la cercanía. Se detuvo debajo de éste, buscó un lugar en el suelo polvoroso y sacó del morral un álbum de fotografías con personas de rostros contentos. Lo miraba absorto con sus ojos oscuros de mirada nostálgica y vacía. Empezó a pasar las páginas: uno, dos, tres, cuatro…

Se hizo de noche, respiró profundo y cerró los ojos.

Uno, dos…