PASO TRAS PASO

Al primer rayo de luz, se frotaba la cara, se peinaba con los dedos el pelo sucio y enredado y se ponía los zapatos blancos que ya estaban negros por la mugre diaria. No daba comienzo a su mañana sin antes guindarse el pequeño morral también negro que había tomado de alguna parte hace tanto tiempo. Se levantaba y empezaba a dar un paso tras otro.

Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro…

Sentía la ráfaga del viento que dejaban los carros al pasar corriendo a su lado. Se mantenía cerca de la isla central. No tenía miedo. Sabía que no sería atropellado…o le daba igual. Más temor le causaba detenerse, salirse de la rutina, dejar de contar.

Uno, dos, tres, cuatro…

Cada paso que daba lo acercaba aún más al centro de la ciudad. El tráfico se tornaba más pesado y los carros, resignados, se amontonaban en la autopista, haciendo la cola inútil para llegar al mismo destino de todos los días. Lo envolvía el monóxido y la contaminación de la ciudad. En algún momento le enseñaron que era tóxico, pero ya no le importaba. Debía seguir andando.

Uno, dos, tres, cuatro…

Insultos volcánicos, conductores impulsivos, cornetazos enojados, motorizados anómicos, tensión, polvo y basura; sucio por todas partes. Todo pasaba a su lado, sin afectarlo, sin cambiar su andar.

Uno, dos, tres, cuatro…

Percibía unas cuantas miradas lejanas, pero ahí se quedaban; eran simples miradas a la distancia alimentadas por la curiosidad y separadas por vidrios ahumados. Las personas encerradas en sus cajas acondicionadas continuaban imperturbables con sus caminos hacia el resto del día, el cual, probablemente, sería idéntico al anterior.

Uno, dos, tres, cuatro…

El sol seguía su curso natural y se hacía más fuerte, haciendo poderosa oposición a todo aquel que andaba en la intemperie. El calor húmedo y el vapor que emanaba del concreto agotaban su cuerpo débil. Bajaban gruesas gotas de sudor por su frente. Tenía la espalda húmeda y la franela negra y raída se le pegaba al cuerpo, haciendo notar su delgadez. Pero continuaba.

Uno, dos, tres, cuatro…

Sus dos ojos negros y dilatados miraban absortos sus pasos en el piso. Pensaba sin parar, pero cada instante de pensamiento se diluía como una onda expansiva: eran imposibles de captar, imposibles de resolver, imposibles de olvidar. No quedaba otra opción que seguir andando.

Uno, dos, tres, cuatro…

Buscaba algo sin saber bien qué era. El remolino interno le impedía descifrarlo. No podía hacer más nada sin antes encontrar la respuesta. Sólo lograba caminar, paso tras paso.

Uno, dos, tres, cuatro…

64000 pasos después, su cuerpo sintió el cansancio. Vio un puente a la cercanía. Se detuvo debajo de éste, buscó un lugar en el suelo polvoroso y sacó del morral un álbum de fotografías con personas de rostros contentos. Lo miraba absorto con sus ojos oscuros de mirada nostálgica y vacía. Empezó a pasar las páginas: uno, dos, tres, cuatro…

Se hizo de noche, respiró profundo y cerró los ojos.

Uno, dos…

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