VERDE

Hubo tiempos en los que eras más amable: ejemplo latinoamericano de desarrollo y progreso, hogar de construcciones de vanguardia arquitectónica y sitio de encuentro para tu población cada vez más dilatada. Yo todavía era muy joven y no te conocí con tu mejor cara.

Me gustaría verte limpia, que tus calles me invitaran a recorrerlas con tranquilidad, sentirme libre.

A pesar de todo, eres mi hogar. En ti nací, en ti crecí y espero seguir envejeciendo en ti también. Aquí estoy. Aquí sigo.

Siempre me ha encantado la neblina que baja de tu montaña y que acompaña la frescura de las mañanas. Tu sol nunca deja de ser amable, aún al mediodía cuando éste se encuentra más bravo. La brisa acogedora de las tardes produce una música placentera cuando mueve las ramas de los tantos árboles que te adornan.

Esos árboles majestuosos que han roto la modernidad. Chaguaramos inmensos, jabillos copiosos, mijaos fuertes, apamates coloridos, araguaneyes cuyas flores parecieran ser diamantes en el cielo, e inclusive especies de otros paisajes como sauces y pinos. Verde, la ciudad verde.

Me gustan tus temporadas de lluvia: limpian y depuran. Son fuertes, pero el resultado vale la pena: el cielo se aclara, las nubes se aplanan y el aire se vuelve más liviano. El olor a naturaleza, a tierra mojada, hace pensar en tiempos precolombinos cuando la intervención del hombre aún estaba ausente.

Caracas, ahora lo veo: no eres tú, somos nosotros.

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LA SORPRESA

“Ay, voy tarde y ya me están llamando. ¿Será que atiendo?”.

–Aló. Sí, sí, yo sé, mil disculpas. Estoy atrapada en una cola, bajando de la Castellana hacia la autopista. Espérame ahí.

Cuando trancó la llamada, vio que la pantalla de su teléfono seguía alumbrándose con nuevas notificaciones de mensajes. A pesar de sus instintos, no aguantó y decidió revisarlos. Todos eran preguntas de personas alarmadas ante su ausencia. Iban a hacerle una fiesta sorpresa a una amiga por su cumpleaños y la hora de encuentro eran las 6:30 p.m. en Santa Fe. Eran las 6:15 p.m. y todavía le faltaba mucho por recorrer.

Tenía adelante montañas y montañas de carros, camionetas, autobuses y gandolas. Seguía respondiendo los mensajes, explicando su situación, disculpándose y diciendo que pues, ni modo, si se hace muy tarde, llega después del momento de la sorpresa.

Ya se había olvidado del instinto inicial que le ordenaba que guardara el celular para evitar un encuentro no deseado. Siguió revisando Twitter, Instagram y los correos de trabajo incansables. El vicio, el vicio.

En eso escuchó un pi, pi, pi y vio un hombre haciendo acrobacias en su moto para esquivar los carros que entorpecían su camino. La alarma se activó en su cabeza y tiró el celular hacia sus pies. El hombre se dio cuenta de su susto. “Aquí fue, chao iPhone”. Los latidos de su corazón retumbaban en todo su cuerpo, mientras veía que en cada segundo lento que pasaba, el motorizado se acercaba aún más a su ventana. Ya, llegó:

–No, mi amor, tranquila que no te voy a robar–dijo el motorizado con una gran sonrisa en su cara morena y ojos negros muy alegres. Le lanzó un beso con sus dedos cerrados y siguió su camino.

¡Sorpresa!

Por Natalia Gan