A TODOS NOS TOCA

226H

La mejor alumna de la universidad caminaba a su clase de cine el viernes a las siete de la mañana. Siempre a tiempo, nunca tarde. Su falda perfectamente combinada con su blusa sin arrugas. Maquillaje perfecto y ni un pelo en su cabeza fuera de su sitio.

Entró al salón y tomó asiento en la primera fila para no dejar escapar ningún detalle. El profesor empezó a dilucidar sobre la fotografía móvil, los hermanos Lumière, París en 1895, el cinematógrafo y toda la maravilla que el aparato encerraba.

Sí, fascinante y mucho, pero no lograba concentrarse. Había en el aire un olor penetrante que mareaba, que asqueaba, que agotaba los sentidos. Se levantó y salió del salón a recuperar su estabilidad, pero el hedor la perseguía, la acechaba, no la dejaba en paz. Sintió que la asquerosidad venía del piso. Alzó el pie derecho y vio en la suela el típico sucio, lo normal. Levantó el pie izquierdo y no fue igual: una plasta aplanada le revolvió el estómago y la sumió en la más indeseada vergüenza.

Años más tarde, si bien no recuerda mucho qué aprendió en la clase de cine, nunca olvidará que tarde o temprano a todos nos toca pisar mierda.

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CLAROSCURO

Claroscuro

Me desperté y ya era de noche. Todo estaba oscuro. Apoyé un pie primero en la baldosa fría, luego el otro. Fui a prender la luz en el primero de los tres interruptores pegados a la pared. No encendió. Intenté con el segundo y seguía sumida en la oscuridad. Probé con el tercero y la misma historia. El último intento fue la lámpara de la mesa de noche y nada. Me asomé por la ventana; no se había ido la luz en la calle. Abrí la puerta y salí al pasillo. Todos los interruptores funcionaban. Volteé y mi cuarto continuaba sumido en la oscuridad.

De golpe, desperté y era de noche. Me levanté y busqué el primer interruptor.