Señor ángel

Vi a través de la ventana y me pareció que estaba ante esas mañanas que no quieren terminar de arrancar. En fin, arranqué yo y empecé con mi rutina. Me visto, tomo café, hago mi lonchera, salgo.

Entro al carro y sintonizo a César Miguel Rondón como todos los días. Cuando empieza la sección de salud, cambio la estación. (Las conversaciones sobre enfermedades me producen grima en las manos e hipocondría en el coco).

Me río a carcajadas yo sola con las locuras que se le ocurren a los locos locutores de Calma Pueblo. Y en eso…luz roja en el tablero. La temperatura sube y sube. Me orillo en plena autopista (después de maldecir unas cuantas veces) y comienzo a realizar las respectivas llamadas. A los 30 segundos, llega un ángel del cielo en forma de un abuelo gruero.

-¿Se accidentó? Déjeme auxiliarla.

Decido.

-Bueno, señor se me recalentó el carro. Si me puede llevar al taller mejor.

Monto el carro. Con mi cartera y lonchera me bajo del piso superior con la ayuda cabellerosa del señor ángel. Nos ponemos a andar. A cada comentario que le hago, responde con un “¿AH?”, voltea la cara hacia mí, mientras se coloca la mano sobre el oído izquierdo como si fuera una concha marina y quisiera escuchar el mar.

-Mire, aquí va a ver el hueco que tranca toda la autopista. Si ellos pasan y ven que eso está ahí, ¿por qué no lo arreglan? Ah, no. Lo único que saben hacer es pelear.

Empieza la conversación de política. No cree ni en el gobierno ni en la oposición. La cosa está dura, pero piensa que todos son igualitos. Nada mejoraría. Lo veo con tristeza y dejo que continúe.

-Fíjese, yo recuerdo desde Pérez Jiménez.

Me cuenta que siempre ha vivio en el Alto Hatillo y que en esa época luego del toque de queda a las 6pm, observaba las luces en La Carlota y escuchaba el intercambio de tiros.

-Cuando cayó, eso fue una fiesta.

Con mucha seguridad, afirma que Leoni fue el último presidente por quien se puede poner las manos al fuego.

-Ni Caldera, ni Carlos Andrés Pérez, Lusinchi le dió todo a Blanca Ibáñez y el copeyano éste gordo…

-¿Luis Herrera Campins?

-Exactamente, ni Herrera Campins. Todos robaron, regalaron, en vez de trabajar con el pueblo. Y ahora, pfff…

Habla mucho de la cuarta y casi nada de la quinta. Pero se nota. Creyó en el discurso, pero luego las acciones no estuvieron a la altura de las palabras y aquí estamos.

-Pero Venezuela es hermosa, ¿oyó? Yo conozco una señora alemana que aquí se quedó. Ella me cuenta que allá en Alemania uno da un paso y el otro se va tres pasos atrás. Igualito en Estados Unidos.

En eso, pasa una camión al lado y los señores que iban dentro gritan un “ejeeeeeee”.

-Ja, me asustaron. Esos son familia mía.

Llegamos al taller y hablamos del pago. No quiere saber de transferencias, quiere efectivo. La chequera no la cargo conmigo, está en mi casa.

-No importa, yo la llevo.

Me pregunta mi nombre.

-¿Natalia? Como la canción.

Tararea y se ríe. Observa que el clima está fresco, pero nunca como antes. Ve hacia la distancia.

-Antes en la mañanita desde El Hatillo todo eso parecía nieve. Blanquito por la neblina.

Me pinta la película con la mano.

Sigue echándome cuentos. Su abuelo era analfabeta; su familia es enorme (como 800); antes se casaban primos con primos; su mamá y sus tíos tenían una herencia de 600 millones de bolívares que -lo que pude entender- el gobierno se robó.

Llegamos. Subo a mi casa y busco la chequera. Le escribo un numerito superior en el cheque.

-Estamos a la orden. Cualquier cosa que necesite me llama. Acuérdese, Julio Centeno.

Está bien, señor ángel.

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