Un ejercicio de sinceridad

Ya no escribo y no es por falta de ideas. De hecho, tengo un inventario amplio de ellas y la mayoría permanece sin realizarse. El problema entonces está en estas ideas. Había escuchado la máxima: “no podemos escribir sobre lo que no conocemos”; descubrí luego que la había entendido, pero no comprendido.

Presencié una escena hermosa, y, siguiendo una lógica errada, pensé que automáticamente se convertiría a su vez en una historia hermosa.

Estaba manejando por Plaza Altamira y había bastante cola. Era una de esas tardes grises y lentas; ese tipo de tardes en las que la vida corre sin darnos cuenta. Mi carro por dentro era una cámara de eco: oía la radio sin escuchar lo que los analistas decían en algún programa de opinión donde no se debate. Veía la nada a través del vidrio, aburrida, sin observar… hasta que capté algo que contrastaba con la regularidad autómata de la ciudad: dos niñas como de tres y cinco años, lindísimas, media docena de colitas en sus cabezas, vestidas de vibrantes colores y felices, muy felices. Dos señoras (a lo mejor sus madres, o la madre y su hermana, o la madre y una amiga) estaban sentadas a poca distancia en un banco. Conversaban concentradas, pero sin dejar de voltear para vigilarlas. La niña de tres años le llegaba a la de cinco por el pecho. La más grande cargaba a la más pequeña y daban vueltas. Veía cómo sonreían y a pesar de la distancia, podía escuchar las carcajadas.

La cola avanzó y así terminó la película. Me dije que usaría esta escena para escribir un cuento. Hablaría quizás sobre la madre que debe sortear las penurias caraqueñas para sacar a sus muchachas adelante… y hasta ahí llegué. Reconocí enseguida el cliché vergonzoso en el que había caído, pero más allá de eso, me di cuenta que no tenía con qué construir una buena historia -y no porque la escena no haya sido hermosa, sino porque cualquier cosa que escribiera sonaría irreal, falsa. ¿Para qué molestarse en crear algo que no va a convencer?

No sabía y no sé nada sobre la realidad de esa(s) madre(s) y esas niñas; realidad que debe ser muy distinta a la mía.

Lo que sí es cierto es que en la Venezuela de los últimos años a todos nos ha empeorado la vida sin importar de dónde vengamos y dónde estemos. En nuestras escalas respectivas, tenemos cada vez menos y sufrimos cada vez más. En todos los hogares, experimentamos el dolor de la muerte, la enfermedad, la carestía, la desesperanza, la incertidumbre y la decepción. Vaciedad, oscuridad.

Lo que sí es cierto es que esas niñas, embadurnaron de color esa tarde gris lenta. Sin saberlo, me regalaron un breve y poderoso momento en el que no me importó nada más. Y por eso, les agradezco. Quizás ésa sea la historia.

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