Un ejercicio de sinceridad

Ya no escribo y no es por falta de ideas. De hecho, tengo un inventario amplio de ellas y la mayoría permanece sin realizarse. El problema entonces está en estas ideas. Había escuchado la máxima: “no podemos escribir sobre lo que no conocemos”; descubrí luego que la había entendido, pero no comprendido.

Presencié una escena hermosa, y, siguiendo una lógica errada, pensé que automáticamente se convertiría a su vez en una historia hermosa.

Estaba manejando por Plaza Altamira y había bastante cola. Era una de esas tardes grises y lentas; ese tipo de tardes en las que la vida corre sin darnos cuenta. Mi carro por dentro era una cámara de eco: oía la radio sin escuchar lo que los analistas decían en algún programa de opinión donde no se debate. Veía la nada a través del vidrio, aburrida, sin observar… hasta que capté algo que contrastaba con la regularidad autómata de la ciudad: dos niñas como de tres y cinco años, lindísimas, media docena de colitas en sus cabezas, vestidas de vibrantes colores y felices, muy felices. Dos señoras (a lo mejor sus madres, o la madre y su hermana, o la madre y una amiga) estaban sentadas a poca distancia en un banco. Conversaban concentradas, pero sin dejar de voltear para vigilarlas. La niña de tres años le llegaba a la de cinco por el pecho. La más grande cargaba a la más pequeña y daban vueltas. Veía cómo sonreían y a pesar de la distancia, podía escuchar las carcajadas.

La cola avanzó y así terminó la película. Me dije que usaría esta escena para escribir un cuento. Hablaría quizás sobre la madre que debe sortear las penurias caraqueñas para sacar a sus muchachas adelante… y hasta ahí llegué. Reconocí enseguida el cliché vergonzoso en el que había caído, pero más allá de eso, me di cuenta que no tenía con qué construir una buena historia -y no porque la escena no haya sido hermosa, sino porque cualquier cosa que escribiera sonaría irreal, falsa. ¿Para qué molestarse en crear algo que no va a convencer?

No sabía y no sé nada sobre la realidad de esa(s) madre(s) y esas niñas; realidad que debe ser muy distinta a la mía.

Lo que sí es cierto es que en la Venezuela de los últimos años a todos nos ha empeorado la vida sin importar de dónde vengamos y dónde estemos. En nuestras escalas respectivas, tenemos cada vez menos y sufrimos cada vez más. En todos los hogares, experimentamos el dolor de la muerte, la enfermedad, la carestía, la desesperanza, la incertidumbre y la decepción. Vaciedad, oscuridad.

Lo que sí es cierto es que esas niñas, embadurnaron de color esa tarde gris lenta. Sin saberlo, me regalaron un breve y poderoso momento en el que no me importó nada más. Y por eso, les agradezco. Quizás ésa sea la historia.

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Es responsabilidad del Estado

Es responsabilidad del Estado cuando al caminar por la calle con tus hijos, el más pequeño cae en una alcantarilla, ocasionando su muerte… y la tuya.

Es responsabilidad del Estado cuando una avenida sin luz te hace presa fácil de ladrones y violadores.

Es responsabilidad del Estado cuando salir a tomarte algo un sábado en la noche se convierte en un riesgo sin retorno.

Es responsabilidad del Estado cuando llevas años durmiendo en el piso, evitando que una bala te atrape.

Es responsabilidad del Estado cuando tus hijos han muerto por balas perdidas mientras se bajaban de un autobús o caminaban hacia la casa de un vecino.

Es responsabilidad del Estado cuando sin importar lo mucho que estudies y trabajes, tu salario igual se desvanezca sin freno.

Es responsabilidad del Estado cuando tu hermano, tu mejor amiga, tu primo, tus vecinos y compañeros huyen del país buscando una vida digna.

Es responsabilidad del Estado cuando tus hijos son asesinados en sus camas por policías enmascarados.

Es responsabilidad del Estado cuando militares desaparecen a 20 de tus vecinos y los encuentran en una fosa común meses después.

Es responsabilidad del Estado cuando los policías que matan siguen matando.

Es responsabilidad del Estado cuando sólo te queda confiar en la justica divina.

Es responsabilidad del Estado cuando expresar tu opinión te confina a una cárcel oscura lejos de tu familia.

Es responsabilidad del Estado cuando lo único que tienes de comer son los restos que otra persona no quiso.

Es responsabilidad del Estado cuando el cuerpo de tu niña se rinde ante el hambre.

Es responsabilidad del Estado cuando quieres vivir, pero no tienes las medicinas para curarte.

Es responsabilidad del Estado cuando ves a tu hijo desvanecerse por una enfermedad que en otro lugar pudiera vencerse.

Es responsabilidad del Estado cuando la pantalla de tu televisor no te dice lo que está pasando.

Es responsabilidad del Estado cuando una bomba lacrimógena te destroza el rostro mientras sólo pasabas por donde una protesta ocurría.

Es responsabilidad del Estado cuando un guardia te mata por alzar tu voz contra lo que consideras injusto.

Es responsabilidad del Estado cuando dejas de ser ciudadano y pasas a ser enemigo.

El Estado no es una hacienda. Sus ciudadanos no son peones. ¿Cuándo llegará el día en que los funcionarios comprendan su responsabilidad?

(Esta lista no se agota; te invito a continuarla).

¿Quién repara el dolor?

Todas las muertes duelen, pero las muertes de los niños y las mascotas producen un dolor diferente.

Cuando una niña muere por una bala perdida que fue disparada en un conflicto ajeno e ilógico, duele e indigna.

Cuando un niño muere porque tiene cáncer y no hay tratamientos, duele e indigna.
Cuando cada vez más niños mueren de hambre, duele e indigna.

Estas muertes tocan una fibra distinta, porque son seres que aún no deciden, que aún no pueden valerse por sí mismos; porque aún necesitan protección y alguien falló en dársela.

Estas muertes indignan, porque son producto de la acción u omisión de quienes menosprecian la humanidad. Indignan porque pudieron haberse evitado.

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“Era sólo un animal, por favor”. Pues, para su dueña no era sólo un animal. Sólo quien ama de verdad a su perro sabe qué es perder su compañía incondicional y despedirse por siempre.

Decidir tener una mascota viene con un precio: saber que estará con nosotros menos de lo que quisiéramos. Lo sabemos y aceptamos.

Pero no es lo mismo cuando un perro es asesinado. Un ser vivo que no es parte de ningún conflicto humano, que no tiene culpa de nada. Un ser noble que sólo estaba saludando. Me lo imagino con su boca abierta y sonriente, ojos amigables y cola intranquila. Me imagino también el dolor de su dueña cuando veo la boca abierta y sonriente, ojos amigables y colas inquietas de mis mejores amigas.

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Me tranquiliza pensar que aunque la justicia se tarda en llegar, llega. Hoy, la lista de crímenes es larga. Los delitos tienen nombre, medida y su castigo correspondiente. Las víctimas también pueden contarse: 67, 100, 1000, 10000…

¿Pero quién repara el dolor de los sobrevivientes? ¿El dolor que no puede medirse, sino sufrirse?

Vivimos en tiempos de duelo e indignación colectiva. Por los asesinados. Por los niños que no fueron protegidos. Por los animales nobles víctimas de la crueldad humana. Por los indefensos. Por los inocentes.

Lecciones por aprender y heridas por curar. A propósito del 1S.

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“¿Y qué crees tú que irá a pasar?”. Los días previos a la marcha del 1S sentía tensión e incertidumbre. Cordones policiales en plazas importantes de la ciudad. Personas del interior que encontraron obstáculos de funcionarios de seguridad para entrar a Caracas, incluyendo a un sacerdote y un grupo de indígenas. La detención arbitraria de Daniel Ceballos, seguida por la de Yon Goicochea –justo en el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas–, y luego la de Carlos Melo. Ni hablar de las declaraciones de varios altos representantes gubernamentales, notablemente las de Diosdado llamando al pueblo revolucionario a defender la Revolución en la calle, advirtiendo contraataque si la derecha intenta algo contra el gobierno, ilustrando escenarios escalofriantes de violencia por opositores disfrazados de chavistas y militares, así como acusando a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) de estar sembrando armas. Por lo menos para mí era inevitable sentir una reminiscencia del 11A con una mezcla de febrero de 2014. “Hasta el viernes”, me despedí en la oficina. “Esperemos”, pensé.

El día

Desayunamos y salimos. Primero caminábamos entre unas decenas de personas. Mientras íbamos avanzando se sumaban más y más. Empecé a ver los personajes típicos de las marchas opositoras: los cincuentones en sendas motos con sus esposas amarradas a sus cinturas, la señora de sesenta años con su rosario y camisa de la Virgen del Carmen, los chamos veinteañeros con sus lentes de sol echando pinta, el vendedor de gorras tricolores con su cantadito y punto de venta inalámbrico. Seguí observando. Miraba a un lado y cuando volteé, aparté mi cabeza hacia atrás con un movimiento abrupto: tenía un celular pegado a la frente. “Perdón, mi amor. Juajuajua”. Una matrona negra y emperifollada, de sonrisa amplia, estaba grabando a su grupo de amigas, igualmente coquetas, que estaban justo detrás de mí. Tenía una voz fuerte que le salía desde los pulmones.

Mientras andábamos el grupo creció hasta convertirse en una masa inmensa de puntos blancos. La masa se iba diversificando aún más: morenos, blancos, negros, tatuados, gallos, ciclistas, sifrinos, gordos, gays, chicas trans con el cabello más cuidado que el mío, hippies bronceados por la playa, la que ha pasado por el bisturí un par de veces, el rasta con sus dreadlocks, los artísticos cazando la foto perfecta con sus cámaras profesionales, la chama bullosa y pilas que no se calla, barrenderos de la alcaldía que se escaparon del trabajo, profesores universitarios, tamboreros de Curiepe. Familias y comunidades enteras. “Convoqué como –cooonchale- como a 50 personas”. Me dijo la señora que trabaja en mi casa. Banderas de varios partidos políticos.

Todo el mundo contento. La alegría aumentaba cuando los marchantes veían que la cantidad de gente escapaba la mirada. Los desconocidos echaban chistes y se miraban a los ojos: una pausa de la rutina caraqueña donde nadie confía en los movimientos ajenos.

“Nada de 11A”, pensé.

Las heridas

“Vénganse, véngase”. Algunos saludaban a un grupito que desde el barrio al lado de la autopista ondeaban unas banderas de Venezuela. “¿Por qué no bajan? ¿Por qué les quitan la comida?”. Una doña tuvo que arruinar el momento. Alrededor me fijé como muchos la miraban con desaprobación. Un señor murmuró que era válido si era el caso: “la gente tiene hambre”. Ni lo uno, ni lo otro. Se veía que el grupito estaba en camino hacia la marcha –simplemente estaban calentando los ánimos. Esta señora no ha entendido las lecciones de estos 17 años, y lo triste es que ni lo irá a hacer.

“Ahí están los guardias, esos mamahuevos”, dijo alguien. Alarma en el aire. Me fijo: no, no eran guardias nacionales. Los uniformes azules son los de los policías estadales y los verdes claros, los municipales. Estábamos viendo policías del estado de Miranda y del municipio de Baruta, respectivamente.

“Lanzaron una bomba”. Sí, estos sí eran guardias nacionales. Había humo más adelante y se empezaba a sentir el gas lacrimógeno en los ojos. La gente empezó a sacar su kit: el pañito con vinagre y la pasta de dientes. Algunos dudaron y pensaron en regresarse. Un hombre gritó que no, que mantuviéramos la calma. Presencia afortunada la de este señor. Falsa alarma; el humo se dispersó y la gente siguió caminando. En eso, todo el mundo fue al costado de la autopista. Desde arriba, le gritaban a unos cuatros guardias que se estaban ocultando en uno de los edificios de Las Mercedes. “Malditos, hijos de puta, (inserte insulto)”. Les tiraban botellas de agua. En un arrebato automático, grité como seis veces que no los provocaran. Vi que otro señor gritaba algo similar. Al parecer, nos hicieron caso.

¿Por qué grité? Porque no vale la pena. Tensión ya la hay. Un gobierno normal, sabemos que no lo tenemos. Guardias que protegen al pueblo, tampoco. En estas circunstancias, considero que hay que detener lo visceral y encender el interruptor racional. ¿Arriesgar la calma y posiblemente la integridad física de miles de personas porque cuatro pelagatos quieren descargar su arrechera contra unos individuos, que si bien representan las tergiversación de los valores, no se sabe a ciencia cierta si éstos específicamente son culpables de delito alguno? ¿Todo por una arrechera? No, no vale la pena. Pero bueno, ¿quién sabe? Quizás los pelagatos tengan a un hijo, hermano, sobrino, nieto, amigo o conocido preso por algún guardia.

Vamos de regreso. Son las dos y pico. Al parecer no va a haber nada más. Los mayores del grupo están visiblemente cansados, lo que es señal de regreso. Los marchantes caminan en fila. Tres chamos vestidos de negro vienen caminando en dirección contraria hacia los puntos de la concentración. Bordean sus bocas con las manos y gritan algo así: “¿para qué coño vinieron? ¿Para tomarse selfies e irse a manguarear a sus casas?” Algunos se molestan. Otros nerviosos siguen como si nada.

Bueno, sí, quizás no son tiempos de alegría. ¿Pero quién puede reporchar la alegría de alguien que se ve reflejado y reconocido en una masa de miles de personas? ¿Especialmente en tiempos donde no hay espacios para construir sociedad? ¿Especialmente cuando tenemos heridas culturales y sociales difíciles de internalizar y complicadas de curar?

Más adelante un carro se para justo al lado de los que regresamos caminando. El conductor empieza a vociferar que no se logró nada y que mañana todo va a ser como siempre. Esto no sirvió para nada, no se logró nada. Su cara roja, su voz buscando culpables.

Una hora después, llegaron los reportes de que un grupo estaba lanzando bombas molotov y piedras contra los guardias nacionales en la autopista. Recuerdos del 12F. La MUD realizó un pronunciamiento, a mi parecer, acertado: “Permanecer en la autopista es responder al llamado de los infiltrados y empañaría el éxito de la Toma de Caracas”.

Estemos claros: ¿quién dijo que el objetivo de la marcha era tumbar al gobierno? ¿No han entendido que la política sucede cuando el ojo público no ve? ¿Piensan que es posible sacar a Maduro de Miraflores dándole duro a unos 20 guardias nacionales?

Recurro a la racionalidad basada en la contraposición entre costos y resultados. ¿Cuál es el objetivo de estas protestas radicales? ¿Llamar la atención de medios y organizaciones internacionales para denunciar detenciones arbitrarias y otros abusos de derechos humanos? ¿Actuar como carne de cañón para demostrar un punto?¿O simplemente descargar arrechera? Por si acaso, ya hay 90 presos políticos en Venezuela que instancias internacionales están monitorizando (sin contar los muertos). Creo que no hacen falta más: está más que demostrado el talante dictatorial del gobierno.

El balance

Yo por mi parte, difiero de aquellos que dicen que la marcha no fue exitosa. Nunca esperé que el gobierno cambiara de un día para otro. Eso pasó el 11 de abril y a ver cómo estamos. Para mí, el revocatorio es el camino legítimo, capaz de darnos la estabilidad y el respaldo que necesitamos. Nada más veamos la crisis política en Turquía: los golpistas metieron tanto la pata.

Creo que hay varias lecciones por aprender. Necesitamos debate. Sí, siempre se ha hablado de debatir con el chavismo, pero resulta que también es necesario internamente en la oposición. Tenemos que debatir para aprender y aprender de verdad. No me refiero a la connotación peyorativa hipposa del debate. Estoy hablando del debate en donde los bandos vienen con hechos, con argumentos bien construidos y con ideas sustentadas para contraponer puntos de vista. Debates donde nadie alce la voz para callar al otro. Este intercambio es indispensable para construir proyectos y avanzar. No puede ser que todo foro (al menos que yo haya escuchado) esté conformado por personas, que por muy brillantes que sean, no contrapongan ideas, independientemente que pertenezcan al mismo bando político. Yo necesito foros que me hagan cuestionar lo que pensaba que sabía, que me incentiven a leer y a investigar más; en fin, que me dejen pensando y que me motiven a elaborar una respuesta.

Y hace falta, porque somos distintos, y es normal. La unidad es increíblemente diversa y no solamente en apariencia, sino en orígenes, en motivaciones y en propuestas. Eso lo vimos hoy.

 

 

Mi biblioteca

Mi biblioteca

Literatura latinoamericana

Horacio Quiroga – Cuentos

Horacio Quiroga – Cuentos de la selva

Mario Vargas Llosa – La Fiesta del Chivo

Mario Vargas Llosa – Obra reunida. Narrativa breve.

Mario Vargas Llosa – La ciudad y los perros

Mario Vargas Llosa – La Tía Julia y el Escribidor

Gabriel García Márquez – 100 años de soledad

Gabriel García Márquez – Del amor y otros demonios

Gabriel García Márquez – El general en su laberinto

Gabriel García Márquez – Relato de un náufrago

Julio Cortázar – Rayuela

Andrés Kilstein – Moloko Vellocet

Carlos Fuentes – El naranjo

Carlos Fuentes – Aura

Roberto Bolaño – Los detectives salvajes

Alejo Carpentier – El siglo de las luces

Antología de cuentos latinoamericanos (Alfaguara)

Pablo Neruda – El río invisible

Isabel Allende – La casa de los espíritus

Isabel Allende – Paula

Isabel Allende – Inés del alma mía

Isabel Allende – Mi país inventado

Juan Villoro – Espejo retrovisor

Juan Rulfo – Pedro Páramo

Juan Rulfo – El llano en llamas

Jorge Luis Borges – Ficciones

Laura Esquivel – Como agua para chocolate

Ernesto Sabato – El túnel

Rubén Darío – Poemas selectos

Rubén Darío – Cantos de vida y esperanza

Octavio Paz – Posdata

Literatura venezolana 

Rufino Blanco Fombona – El hombre de hierro

José Ignacio Cabrujas – El día que me quieras

Elisa Lerner – En el entretanto

Guillermo Meneses – Antología del cuento venezolano

Teresa de la Parra – Memorias de Mamá Blanca

José Tomás Angola Heredia – Todas las ciudades son Isabel

José Tomás Angola Heredia – Los legajos del Marqués

Héctor Torres – El amor en tres platos

Héctor Torres – Caracas muerde

Arturo Uslar Pietri – Las lanzas coloradas

Antología de cuentos venezolanos – Cuentos sin palabrotas (Alfaguara)

Manuel V. Romero García – Peonía

Rómulo Gallegos – Doña Bárbara

Rómulo Gallegos – Cantaclaro

Rómulo Gallegos – Canaima

Francisco Suniaga – El pasajero de Truman

Francisco Suniaga – La otra isla

Rodrigo Blanco Calderón – Los invencibles

Miguel Otero Silva – Oficina no. 1

Francisco Herrera Luque – Los amos del valle

Francisco Herrera Luque – La luna de Fausto

Fedosy Santaella – Instrucciones para leer este libro

Fedosy Santaella – Terceras personas

Fedosy Santaella – Las peripecias inéditas de Teofilus Jones

70 años de crónicas en Venezuela (Cyngular)

Roberto Echeto – La máquina clásica

Ricardo Ramírez Requena – Maneras de irse

Mirtha Rivero – Historia menuda de un país que ya no existe

Ana Teresa Torres – Doña Inés contra el olvido

Federico Vegas – Ciudad vagabunda

Alberto Barrera Tyszka – Rating

Andrés Eloy Blanco – Giraluna

Joven Narrativa Venezolana

Literatura española 

Ildefonso Falcones – La Catedral del Mar

Miguel de Cervantes – Don Quijote de La Mancha

Quim Monzó – Ochenta y seis cuentos

Ricardo Menéndez Salmón – Niños en el tiempo

Federico García Lorca – Bodas de sangre

José Zorrilla – Don Juan Tenorio

Lope de Vega – Fuenteovejuna

Literatura internacional 

Qais Akbar Omar – A fort of nine towers

Ernest Hemingway – Fiesta: The Sun Also Rises

William Shakespeare – Romeo and Juliet

Mary Shelley – Frankenstein

Moshe Kasher – Kasher in the rye

James Joyce – Ulysses

Simone de Beauvoir – The woman destroyed

Aldous Huxley – Brave New World

J.D. Salinger – Catcher in the Rye

Edgar Allan Poe – El gato negro y otros cuentos

F. Scott Fitzgerald – The Great Gatsby

Nick Hornby – About a boy

George Orwell – 1984

George Orwell – Animal Farm

George Orwell – Burmese Days

Jonathan Swift – Gulliver’s Travels

Gustave Flaubert – Madame Bovary

Alejandro Dumas – La Dama de las Camelias

Emile Zola – Nana

Eugene Ionesco – La cantante calva

Voltaire – Cuentos

William Golding – Lord of the Flies

Mark Twain – Las aventuras de Tom Sawyer

Mark Twain – Las aventuras de Huck Finn

L.M Montgomery – Anne of Ingleside

L.M Montgomery – Anne of Green Gables

L.M Montgomery – Anne of Avonlea

Franz Kafka – La metamorfosis

Alexandr S. Pushkin- Narraciones completas

Alexandr S. Pushkin – La hija del capitán

Máximo Gorki – La madre

Alexander Solschenitzin – El primer círculo

Sófocles – Edipo Rey

Sófocles – Antígona

Eurípedes – Medea

Homero – La odisea

Michael Ende – Momo

 

P.S: no los he leído todos.

P.S2: algunos libros han sido hurtados de personas de confianza que ni se dieron cuenta que ya no los tienen.

DEUDA CANCELADA

rope about to break

A propósito del Pasajero de Truman

“Bueno, y se volvió loco”. Más o menos fue así. En mi clase de Historia de Venezuela la explicación del profesor fue palabras más, palabras menos, algo similar. Nunca se supo bien qué sucedió, cuál enfermedad padeció; el diagnóstico se guardó con hermetismo. Loco: calificación simple y simplista.

Escalante sería la figura de la transición hacia la democracia emanada del consenso entre factores políticos divergentes. Representaba la esperanza hacia tiempos de progreso. Me lo imagino como aquellos señores cuya elegancia le otorga el epíteto automático de hombre respetable. Un personaje tan estimado y correcto que luego sería envuelto por la tragedia y recordado por enloquecer antes de llegar a la presidencia.

Tengo mis reservas con las novelas históricas, pues los límites entre ficción y realidad, poesía y hechos, imaginación y documentación, se difuminan. La objetividad es una cosa inalcanzable y la novela histórica se arriesga a profundizar aún más la confusión entre lo que sucedió y lo que la mente humana absorbe, interpreta y transmite.

Me molesta el uso excesivo de la primera persona. Es como cuando alguien habla mucho de sí mismo sin mostrar reciprocidad. Los monólogos no me encantan. Después de un rato, la unicidad fastidia y comienzo a extrañar los destellos de misterio que suelen invocar los narradores en tercera persona.

Pero seguí leyendo y comprendí… Entendí que todos somos humanos: todos dudamos de nosotros mismos, olvidamos apreciar nuestros logros, nos concentramos más de lo que deberíamos en los fracasos, nos obsesionamos con lo que nos falta y otros tienen, fallamos en aceptarnos tal cómo somos con nuestras virtudes y cualidades ausentes.

Entendí que nadie está exento de una desgracia, que hasta los más insignes flaquean y que las enfermedades no discrepan.

La historia fue injusta con Diógenes Escalante. Lo trágico se volvió un chisme y opacó lo admirable. “Loco, se volvió loco” y ahí fue. Ni sus cercanos trataban de rescatar tiempos anteriores.

Y resulta que no era el único enfermo. Cuando la estabilidad institucional de todo un país depende de una sola persona, el sistema político es débil y no logra su cometido. Venezuela también sufre de complejos no resueltos que generan conductas erráticas.

Hay cuentas por saldar. El Pasajero de Truman cancela la deuda con empatía e inclusive con poesía.

LA SORPRESA

“Ay, voy tarde y ya me están llamando. ¿Será que atiendo?”.

–Aló. Sí, sí, yo sé, mil disculpas. Estoy atrapada en una cola, bajando de la Castellana hacia la autopista. Espérame ahí.

Cuando trancó la llamada, vio que la pantalla de su teléfono seguía alumbrándose con nuevas notificaciones de mensajes. A pesar de sus instintos, no aguantó y decidió revisarlos. Todos eran preguntas de personas alarmadas ante su ausencia. Iban a hacerle una fiesta sorpresa a una amiga por su cumpleaños y la hora de encuentro eran las 6:30 p.m. en Santa Fe. Eran las 6:15 p.m. y todavía le faltaba mucho por recorrer.

Tenía adelante montañas y montañas de carros, camionetas, autobuses y gandolas. Seguía respondiendo los mensajes, explicando su situación, disculpándose y diciendo que pues, ni modo, si se hace muy tarde, llega después del momento de la sorpresa.

Ya se había olvidado del instinto inicial que le ordenaba que guardara el celular para evitar un encuentro no deseado. Siguió revisando Twitter, Instagram y los correos de trabajo incansables. El vicio, el vicio.

En eso escuchó un pi, pi, pi y vio un hombre haciendo acrobacias en su moto para esquivar los carros que entorpecían su camino. La alarma se activó en su cabeza y tiró el celular hacia sus pies. El hombre se dio cuenta de su susto. “Aquí fue, chao iPhone”. Los latidos de su corazón retumbaban en todo su cuerpo, mientras veía que en cada segundo lento que pasaba, el motorizado se acercaba aún más a su ventana. Ya, llegó:

–No, mi amor, tranquila que no te voy a robar–dijo el motorizado con una gran sonrisa en su cara morena y ojos negros muy alegres. Le lanzó un beso con sus dedos cerrados y siguió su camino.

¡Sorpresa!

Por Natalia Gan

Confidence, safety, accountability

#100DaysBlogVenezuela

Article 55 of the Constitution of the Bolivarian Republic of Venezuela states:

“Every person has the right to protection by the State, through the citizen safety organs regulated by law, from situations that affect or constitute a threat, vulnerability or risk to the physical integrity of individuals, their properties, the enjoyment of rights or the Fulfillment of duties…”

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May 25, 2015, 1:00 pm. A woman was walking with her two little boys, her older daughter and a friend in Coro, Venezuela. Just a normal day, just a normal walk. Most likely they were talking about the usual stuff: “How was school?”; “what did you learn today?”; “do you have a lot of homework?”. Maybe jokes were told.

One of the kids disappeared. In a fraction of a second, the seven year old boy was swallowed by the earth. A wide sewer was uncovered…the top was missing. The mother screamed…

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SABER CUANDO CANTAR RETIRADA

—Damos por comenzada la reunión.

Todos los representantes de las distintas poblaciones se sentaron alrededor del círculo. El moderador, quien había convocado la conferencia, se encontraba justo en el centro.

—De más está recordarles que si bien hemos sostenido conflictos en el pasado, debemos aprovechar esta ocasión para definir ciertas reglas que controlen nuestro comportamiento en busca de un bien superior: la paz entre los miembros de nuestras comunidades mientras compartamos esta tierra —dijo el árbitro, quien representaba a Laplandia.

—¡CLARO! Claro que la paz. ¿Por qué alguien no querría la paz? No tiene sentido. Ninguno. Absolutamente ninguno. No, señor. Sí, la paz.  —respondió a toda voz uno de los guachos.

—Sólo esperamos que los de la Rathaus se mantengan quietos y cumplan con sus promesas —murmuró Zam volteando los ojos.

—¿Qué te pasa? Si tienes algo que decir, dilo a toda voz. ¿Nos vamos?

—No, por favor. Todos somos necesarios. Zam, calma. Muy bien, todo en orden. Prosigamos. Primer punto: no atacarnos. A ver, Rabi, solicitaste permiso de palabra.

—Sí, consulté con los jefes de nuestras tribus, y este asunto de no atacarnos complica nuestra supervivencia. Deben ustedes entender, que a pesar de que los acuerdos suenan muy bien, en la realidad lo que nos interesa es vivir y vivir bien, lo que lamentablemente implica atacarlos.

—Ssssssí, nossssotrosss essstamossss de acuerdo con essa obssservaccción —intervino sigilosa Sarp.

—Su acento sí es molesto. ¿Dónde aprendieron a hablar? —chismeó Uana a Laggie.

—Al parecer el problema entonces es el costo de no atacarnos. Permítanme recordarles que todos, absolutamente todos, hemos sufrido pérdidas importantes; pérdidas que nos duelen y que nos hacen la vida imposible. Es terrible vivir en permanente tensión en tu propia casa. ¿No quieren que esto acabe? —argumentó el equilibrado moderador.

—Bueno, yo sé que estoy llegando tarde y que no pinto mucho aquí, pues no estoy en problema con ninguno y soy uno solito, nada más estoy esperando a morirme de viejo…Sí, mi señora nunca quiso tener hijos, y ya ella partió a la otra vida, así que ni modo…pero, ¿qué era lo que quería decir? —agregó Morr mientras daba pasos lentos y accidentados —Pues, sí. Me parece muy feo ver esas escenas de violencia en mis predios. Yo creo que nos podemos controlar un poco. ¿Saben? Nuestra tierra colinda con el monte enorme ese de allá. ¿No creen que pueden conseguir lo que necesitan por esos lares y mantenemos esto como tierra neutral?

—Ajá, ajá, ajá. Yo creo que sí. Sí, señor. —gritó el guacho.

—No, vale. Pero ya nosotros estábamos demasiado cómodos aquí. ¿Por qué? —se quejó Uana.

Lo que comenzó como un murmullo, se convirtió en un estruendo inusual para la oscuridad de la hora. Unos gritaron. Otros observaron.Otros se fueron enojados y regresaron luego de mucha persuasión. Morr tomó una siesta.

Lapan recuperó el control y su cargo como moderador de la reunión.

—Muy bien, ¿quiénes están a favor?

Se aprobó la moción. Los asistentes acordaron bajo ninguna circunstancia, mientras compartieran el territorio, atacarse unos a otros. Los recursos que necesitaran los obtendrían de las tierras aledañas, sin inmiscuirse en los asuntos internos de cada población, ni traspasar las fronteras propias. Después de un acto simbólico, prometieron cumplir las nuevas reglas y controlar las apetencias e impulsos naturales.

—Falta un assssunto aún: ellassss —dijo Sarp. Lapan la miró asustado y respiró hondo. —Si ellasss, másss grandesss y fuertesss que todosss nossssotrossss, vienen, ¿qué haccccemosss?

—No lo había contemplado. Sin embargo, puedo decir con propiedad que la experiencia nos indica que cada vez que las hemos agredido, la respuesta ha sido más contundente y tajante. Siempre salimos perdiendo. Yo digo que ésa no es nuestra batalla. Cada vez que vengan, hay que esconderse lo más rápido posible. En definitiva, tienen un horario estipulado y sólo pasan poco tiempo aquí. Hay que estar alertas y cantar la retirada.

—¡¡¡Retiraaaaaadaaaaa!!! —gritó uno de los guachos.

—Bravo, así es.

—¡No, chico, espabílate! ¡Estoy cantando la retirada! ¡Ahí vienen!

Eran las seis de la mañana y ya el sol marcaba el inicio del día. En cuestión de segundos, una lapa, una guacharaca, un rabipelado, una rata, una culebra, una iguana y un lagarto desaparecieron del sitio de reunión. Ya no quedaban rastros de los animales que hacían vida nocturna.

—Buenos días, señoritas. ¿Cómo amanecen hoy?

—Muy bien, muchas gracias, Morr. ¿Y usted?

—Todo en orden. Todo en orden. —dijo el morrocoy, mientras daba pasos lentos y accidentados.

Paseaban tres perras enormes al jardín, siguiendo las órdenes del dueño de la casa. Olfateaban las flores, mientras supervisaban que ningún animalito pretencioso cuestionara su autoridad y poder.

The Ministry of Plenty, The Miniplenty

(Written in September 2013, but the text remains current in 2015).

“The milk is running out and I have not found anymore, anywhere”. “That sucks”, I replied. “I’ll check on another supermarket”.

Walking rushed steps through the hallways among carts and people. “Excuse me, excuse me”.

Suddenly, there’s a hand written paper: “5 Pastoreñas per person”. It is missing a PS that reads: “We are well aware that this is a shitty situation, but there is nothing we can do about it. Please, have the kindness to understand us, and don’t make a scene, ok? Thank you”.

But there are no Pastoreñas, delicious milk made in Venezuela. The shelf is packed with products brought from Ecuador, Peru, or Uruguay.

The sign says Pastoreñas, not Surlat. I take a look around. There aren’t any supermarket workers. A lady looks at me, her eyebrows giving me authorization. In three seconds, I grab two large boxes filled with milk cartons and put them in my cart.

I encounter a long line. If I had a sheet, I’d cover the two boxes. I imagine the thoughts of those around me that clearly do not approve of my actions: “hoarder, selfish”.

Finally it’s my turn. I take out the large heavy boxes. The cashier says no word. I pay.

I am already inside my car; pure bliss. I smile and make a call filled with good news.

Wait a minute…what?