DEUDA CANCELADA

rope about to break

A propósito del Pasajero de Truman

“Bueno, y se volvió loco”. Más o menos fue así. En mi clase de Historia de Venezuela la explicación del profesor fue palabras más, palabras menos, algo similar. Nunca se supo bien qué sucedió, cuál enfermedad padeció; el diagnóstico se guardó con hermetismo. Loco: calificación simple y simplista.

Escalante sería la figura de la transición hacia la democracia emanada del consenso entre factores políticos divergentes. Representaba la esperanza hacia tiempos de progreso. Me lo imagino como aquellos señores cuya elegancia le otorga el epíteto automático de hombre respetable. Un personaje tan estimado y correcto que luego sería envuelto por la tragedia y recordado por enloquecer antes de llegar a la presidencia.

Tengo mis reservas con las novelas históricas, pues los límites entre ficción y realidad, poesía y hechos, imaginación y documentación, se difuminan. La objetividad es una cosa inalcanzable y la novela histórica se arriesga a profundizar aún más la confusión entre lo que sucedió y lo que la mente humana absorbe, interpreta y transmite.

Me molesta el uso excesivo de la primera persona. Es como cuando alguien habla mucho de sí mismo sin mostrar reciprocidad. Los monólogos no me encantan. Después de un rato, la unicidad fastidia y comienzo a extrañar los destellos de misterio que suelen invocar los narradores en tercera persona.

Pero seguí leyendo y comprendí… Entendí que todos somos humanos: todos dudamos de nosotros mismos, olvidamos apreciar nuestros logros, nos concentramos más de lo que deberíamos en los fracasos, nos obsesionamos con lo que nos falta y otros tienen, fallamos en aceptarnos tal cómo somos con nuestras virtudes y cualidades ausentes.

Entendí que nadie está exento de una desgracia, que hasta los más insignes flaquean y que las enfermedades no discrepan.

La historia fue injusta con Diógenes Escalante. Lo trágico se volvió un chisme y opacó lo admirable. “Loco, se volvió loco” y ahí fue. Ni sus cercanos trataban de rescatar tiempos anteriores.

Y resulta que no era el único enfermo. Cuando la estabilidad institucional de todo un país depende de una sola persona, el sistema político es débil y no logra su cometido. Venezuela también sufre de complejos no resueltos que generan conductas erráticas.

Hay cuentas por saldar. El Pasajero de Truman cancela la deuda con empatía e inclusive con poesía.

A TODOS NOS TOCA

226H

La mejor alumna de la universidad caminaba a su clase de cine el viernes a las siete de la mañana. Siempre a tiempo, nunca tarde. Su falda perfectamente combinada con su blusa sin arrugas. Maquillaje perfecto y ni un pelo en su cabeza fuera de su sitio.

Entró al salón y tomó asiento en la primera fila para no dejar escapar ningún detalle. El profesor empezó a dilucidar sobre la fotografía móvil, los hermanos Lumière, París en 1895, el cinematógrafo y toda la maravilla que el aparato encerraba.

Sí, fascinante y mucho, pero no lograba concentrarse. Había en el aire un olor penetrante que mareaba, que asqueaba, que agotaba los sentidos. Se levantó y salió del salón a recuperar su estabilidad, pero el hedor la perseguía, la acechaba, no la dejaba en paz. Sintió que la asquerosidad venía del piso. Alzó el pie derecho y vio en la suela el típico sucio, lo normal. Levantó el pie izquierdo y no fue igual: una plasta aplanada le revolvió el estómago y la sumió en la más indeseada vergüenza.

Años más tarde, si bien no recuerda mucho qué aprendió en la clase de cine, nunca olvidará que tarde o temprano a todos nos toca pisar mierda.

CLAROSCURO

Claroscuro

Me desperté y ya era de noche. Todo estaba oscuro. Apoyé un pie primero en la baldosa fría, luego el otro. Fui a prender la luz en el primero de los tres interruptores pegados a la pared. No encendió. Intenté con el segundo y seguía sumida en la oscuridad. Probé con el tercero y la misma historia. El último intento fue la lámpara de la mesa de noche y nada. Me asomé por la ventana; no se había ido la luz en la calle. Abrí la puerta y salí al pasillo. Todos los interruptores funcionaban. Volteé y mi cuarto continuaba sumido en la oscuridad.

De golpe, desperté y era de noche. Me levanté y busqué el primer interruptor.

VERDE

Hubo tiempos en los que eras más amable: ejemplo latinoamericano de desarrollo y progreso, hogar de construcciones de vanguardia arquitectónica y sitio de encuentro para tu población cada vez más dilatada. Yo todavía era muy joven y no te conocí con tu mejor cara.

Me gustaría verte limpia, que tus calles me invitaran a recorrerlas con tranquilidad, sentirme libre.

A pesar de todo, eres mi hogar. En ti nací, en ti crecí y espero seguir envejeciendo en ti también. Aquí estoy. Aquí sigo.

Siempre me ha encantado la neblina que baja de tu montaña y que acompaña la frescura de las mañanas. Tu sol nunca deja de ser amable, aún al mediodía cuando éste se encuentra más bravo. La brisa acogedora de las tardes produce una música placentera cuando mueve las ramas de los tantos árboles que te adornan.

Esos árboles majestuosos que han roto la modernidad. Chaguaramos inmensos, jabillos copiosos, mijaos fuertes, apamates coloridos, araguaneyes cuyas flores parecieran ser diamantes en el cielo, e inclusive especies de otros paisajes como sauces y pinos. Verde, la ciudad verde.

Me gustan tus temporadas de lluvia: limpian y depuran. Son fuertes, pero el resultado vale la pena: el cielo se aclara, las nubes se aplanan y el aire se vuelve más liviano. El olor a naturaleza, a tierra mojada, hace pensar en tiempos precolombinos cuando la intervención del hombre aún estaba ausente.

Caracas, ahora lo veo: no eres tú, somos nosotros.

la foto (1)

LA SORPRESA

“Ay, voy tarde y ya me están llamando. ¿Será que atiendo?”.

–Aló. Sí, sí, yo sé, mil disculpas. Estoy atrapada en una cola, bajando de la Castellana hacia la autopista. Espérame ahí.

Cuando trancó la llamada, vio que la pantalla de su teléfono seguía alumbrándose con nuevas notificaciones de mensajes. A pesar de sus instintos, no aguantó y decidió revisarlos. Todos eran preguntas de personas alarmadas ante su ausencia. Iban a hacerle una fiesta sorpresa a una amiga por su cumpleaños y la hora de encuentro eran las 6:30 p.m. en Santa Fe. Eran las 6:15 p.m. y todavía le faltaba mucho por recorrer.

Tenía adelante montañas y montañas de carros, camionetas, autobuses y gandolas. Seguía respondiendo los mensajes, explicando su situación, disculpándose y diciendo que pues, ni modo, si se hace muy tarde, llega después del momento de la sorpresa.

Ya se había olvidado del instinto inicial que le ordenaba que guardara el celular para evitar un encuentro no deseado. Siguió revisando Twitter, Instagram y los correos de trabajo incansables. El vicio, el vicio.

En eso escuchó un pi, pi, pi y vio un hombre haciendo acrobacias en su moto para esquivar los carros que entorpecían su camino. La alarma se activó en su cabeza y tiró el celular hacia sus pies. El hombre se dio cuenta de su susto. “Aquí fue, chao iPhone”. Los latidos de su corazón retumbaban en todo su cuerpo, mientras veía que en cada segundo lento que pasaba, el motorizado se acercaba aún más a su ventana. Ya, llegó:

–No, mi amor, tranquila que no te voy a robar–dijo el motorizado con una gran sonrisa en su cara morena y ojos negros muy alegres. Le lanzó un beso con sus dedos cerrados y siguió su camino.

¡Sorpresa!

Por Natalia Gan

Confidence, safety, accountability

#100DaysBlogVenezuela

Article 55 of the Constitution of the Bolivarian Republic of Venezuela states:

“Every person has the right to protection by the State, through the citizen safety organs regulated by law, from situations that affect or constitute a threat, vulnerability or risk to the physical integrity of individuals, their properties, the enjoyment of rights or the Fulfillment of duties…”

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May 25, 2015, 1:00 pm. A woman was walking with her two little boys, her older daughter and a friend in Coro, Venezuela. Just a normal day, just a normal walk. Most likely they were talking about the usual stuff: “How was school?”; “what did you learn today?”; “do you have a lot of homework?”. Maybe jokes were told.

One of the kids disappeared. In a fraction of a second, the seven year old boy was swallowed by the earth. A wide sewer was uncovered…the top was missing. The mother screamed…

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SABER CUANDO CANTAR RETIRADA

—Damos por comenzada la reunión.

Todos los representantes de las distintas poblaciones se sentaron alrededor del círculo. El moderador, quien había convocado la conferencia, se encontraba justo en el centro.

—De más está recordarles que si bien hemos sostenido conflictos en el pasado, debemos aprovechar esta ocasión para definir ciertas reglas que controlen nuestro comportamiento en busca de un bien superior: la paz entre los miembros de nuestras comunidades mientras compartamos esta tierra —dijo el árbitro, quien representaba a Laplandia.

—¡CLARO! Claro que la paz. ¿Por qué alguien no querría la paz? No tiene sentido. Ninguno. Absolutamente ninguno. No, señor. Sí, la paz.  —respondió a toda voz uno de los guachos.

—Sólo esperamos que los de la Rathaus se mantengan quietos y cumplan con sus promesas —murmuró Zam volteando los ojos.

—¿Qué te pasa? Si tienes algo que decir, dilo a toda voz. ¿Nos vamos?

—No, por favor. Todos somos necesarios. Zam, calma. Muy bien, todo en orden. Prosigamos. Primer punto: no atacarnos. A ver, Rabi, solicitaste permiso de palabra.

—Sí, consulté con los jefes de nuestras tribus, y este asunto de no atacarnos complica nuestra supervivencia. Deben ustedes entender, que a pesar de que los acuerdos suenan muy bien, en la realidad lo que nos interesa es vivir y vivir bien, lo que lamentablemente implica atacarlos.

—Ssssssí, nossssotrosss essstamossss de acuerdo con essa obssservaccción —intervino sigilosa Sarp.

—Su acento sí es molesto. ¿Dónde aprendieron a hablar? —chismeó Uana a Laggie.

—Al parecer el problema entonces es el costo de no atacarnos. Permítanme recordarles que todos, absolutamente todos, hemos sufrido pérdidas importantes; pérdidas que nos duelen y que nos hacen la vida imposible. Es terrible vivir en permanente tensión en tu propia casa. ¿No quieren que esto acabe? —argumentó el equilibrado moderador.

—Bueno, yo sé que estoy llegando tarde y que no pinto mucho aquí, pues no estoy en problema con ninguno y soy uno solito, nada más estoy esperando a morirme de viejo…Sí, mi señora nunca quiso tener hijos, y ya ella partió a la otra vida, así que ni modo…pero, ¿qué era lo que quería decir? —agregó Morr mientras daba pasos lentos y accidentados —Pues, sí. Me parece muy feo ver esas escenas de violencia en mis predios. Yo creo que nos podemos controlar un poco. ¿Saben? Nuestra tierra colinda con el monte enorme ese de allá. ¿No creen que pueden conseguir lo que necesitan por esos lares y mantenemos esto como tierra neutral?

—Ajá, ajá, ajá. Yo creo que sí. Sí, señor. —gritó el guacho.

—No, vale. Pero ya nosotros estábamos demasiado cómodos aquí. ¿Por qué? —se quejó Uana.

Lo que comenzó como un murmullo, se convirtió en un estruendo inusual para la oscuridad de la hora. Unos gritaron. Otros observaron.Otros se fueron enojados y regresaron luego de mucha persuasión. Morr tomó una siesta.

Lapan recuperó el control y su cargo como moderador de la reunión.

—Muy bien, ¿quiénes están a favor?

Se aprobó la moción. Los asistentes acordaron bajo ninguna circunstancia, mientras compartieran el territorio, atacarse unos a otros. Los recursos que necesitaran los obtendrían de las tierras aledañas, sin inmiscuirse en los asuntos internos de cada población, ni traspasar las fronteras propias. Después de un acto simbólico, prometieron cumplir las nuevas reglas y controlar las apetencias e impulsos naturales.

—Falta un assssunto aún: ellassss —dijo Sarp. Lapan la miró asustado y respiró hondo. —Si ellasss, másss grandesss y fuertesss que todosss nossssotrossss, vienen, ¿qué haccccemosss?

—No lo había contemplado. Sin embargo, puedo decir con propiedad que la experiencia nos indica que cada vez que las hemos agredido, la respuesta ha sido más contundente y tajante. Siempre salimos perdiendo. Yo digo que ésa no es nuestra batalla. Cada vez que vengan, hay que esconderse lo más rápido posible. En definitiva, tienen un horario estipulado y sólo pasan poco tiempo aquí. Hay que estar alertas y cantar la retirada.

—¡¡¡Retiraaaaaadaaaaa!!! —gritó uno de los guachos.

—Bravo, así es.

—¡No, chico, espabílate! ¡Estoy cantando la retirada! ¡Ahí vienen!

Eran las seis de la mañana y ya el sol marcaba el inicio del día. En cuestión de segundos, una lapa, una guacharaca, un rabipelado, una rata, una culebra, una iguana y un lagarto desaparecieron del sitio de reunión. Ya no quedaban rastros de los animales que hacían vida nocturna.

—Buenos días, señoritas. ¿Cómo amanecen hoy?

—Muy bien, muchas gracias, Morr. ¿Y usted?

—Todo en orden. Todo en orden. —dijo el morrocoy, mientras daba pasos lentos y accidentados.

Paseaban tres perras enormes al jardín, siguiendo las órdenes del dueño de la casa. Olfateaban las flores, mientras supervisaban que ningún animalito pretencioso cuestionara su autoridad y poder.

PASO TRAS PASO

Al primer rayo de luz, se frotaba la cara, se peinaba con los dedos el pelo sucio y enredado y se ponía los zapatos blancos que ya estaban negros por la mugre diaria. No daba comienzo a su mañana sin antes guindarse el pequeño morral también negro que había tomado de alguna parte hace tanto tiempo. Se levantaba y empezaba a dar un paso tras otro.

Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro…

Sentía la ráfaga del viento que dejaban los carros al pasar corriendo a su lado. Se mantenía cerca de la isla central. No tenía miedo. Sabía que no sería atropellado…o le daba igual. Más temor le causaba detenerse, salirse de la rutina, dejar de contar.

Uno, dos, tres, cuatro…

Cada paso que daba lo acercaba aún más al centro de la ciudad. El tráfico se tornaba más pesado y los carros, resignados, se amontonaban en la autopista, haciendo la cola inútil para llegar al mismo destino de todos los días. Lo envolvía el monóxido y la contaminación de la ciudad. En algún momento le enseñaron que era tóxico, pero ya no le importaba. Debía seguir andando.

Uno, dos, tres, cuatro…

Insultos volcánicos, conductores impulsivos, cornetazos enojados, motorizados anómicos, tensión, polvo y basura; sucio por todas partes. Todo pasaba a su lado, sin afectarlo, sin cambiar su andar.

Uno, dos, tres, cuatro…

Percibía unas cuantas miradas lejanas, pero ahí se quedaban; eran simples miradas a la distancia alimentadas por la curiosidad y separadas por vidrios ahumados. Las personas encerradas en sus cajas acondicionadas continuaban imperturbables con sus caminos hacia el resto del día, el cual, probablemente, sería idéntico al anterior.

Uno, dos, tres, cuatro…

El sol seguía su curso natural y se hacía más fuerte, haciendo poderosa oposición a todo aquel que andaba en la intemperie. El calor húmedo y el vapor que emanaba del concreto agotaban su cuerpo débil. Bajaban gruesas gotas de sudor por su frente. Tenía la espalda húmeda y la franela negra y raída se le pegaba al cuerpo, haciendo notar su delgadez. Pero continuaba.

Uno, dos, tres, cuatro…

Sus dos ojos negros y dilatados miraban absortos sus pasos en el piso. Pensaba sin parar, pero cada instante de pensamiento se diluía como una onda expansiva: eran imposibles de captar, imposibles de resolver, imposibles de olvidar. No quedaba otra opción que seguir andando.

Uno, dos, tres, cuatro…

Buscaba algo sin saber bien qué era. El remolino interno le impedía descifrarlo. No podía hacer más nada sin antes encontrar la respuesta. Sólo lograba caminar, paso tras paso.

Uno, dos, tres, cuatro…

64000 pasos después, su cuerpo sintió el cansancio. Vio un puente a la cercanía. Se detuvo debajo de éste, buscó un lugar en el suelo polvoroso y sacó del morral un álbum de fotografías con personas de rostros contentos. Lo miraba absorto con sus ojos oscuros de mirada nostálgica y vacía. Empezó a pasar las páginas: uno, dos, tres, cuatro…

Se hizo de noche, respiró profundo y cerró los ojos.

Uno, dos…

Y en ese preciso instante…

hair blown

A lo lejos escuché un sonido penetrante y fastidioso. Estaba cómoda y no quería moverme, pero el sonido no cesaba. Vi que era el teléfono. Lo agarré y leí los número: 7:45. Tenía la entrevista las 8:15. Salté de la cama y en un segundo ya me estaba cepillando los dientes y escogiendo qué ponerme. Nunca pude entender por qué me había quedado dormida justo ese día. Me arreglé lo más rápido que pude y salí corriendo por la puerta.

Empecé a manejar como una loca. Pude ver que no había tráfico para la hora y di gracias a todos los santos. Encontré a un parquero piropero, imploré por un puesto “ahí mismito” y le di 200 bolívares sin pensar. Entré al edificio, vi que la cola del ascensor alcanzaba la puerta y corrí hacia las escaleras. Un señor alto con lentes de sol me indicó que necesitaba identificarme para acceder a cualquier oficina. Lo acompañé al escritorio de registro y le expliqué que tenía una entrevista muy importante, que me había quedado dormida y que estaba a punto de tener un ataque de pánico, o de corazón, o ambos. Anotó mi nombre y número de cédula para luego mostrarme el ascensor de carga, el cual estaba vacío.

Le di un abrazo, busqué la dirección de la oficina y marqué el piso 10. 1,2,3,4,5,6,7,8… el ascensor se detuvo. Se abrieron las puertas y una señora con su equipo de limpieza y toda la calma del mundo ingresó. 9 y 10.

Daban las 8:10 cuando abrí la puerta de la oficina. Me estaban esperando. Entré a la habitación con el director y el vicepresidente. Justo cuando me estaban haciendo la primera pregunta, en ese preciso instante, dudé: ¿cerré la puerta de la casa con llave?

Arándanos y chocolate

–Tali, mira.

Mi padre me señaló el aviso que indicaba el camino hacia Brest, la ciudad donde mis abuelos habían nacido durante el período de entreguerras.

–No nos da tiempo para ir, ¿verdad?– pregunté.

–No creo.

Seguimos andando por una autopista ancha, bordeada de llanuras infinitas, vacas gordas, incontables bieroskas, iglesias ortodoxas y dachas campestres. Al fin presenciaba el paisaje que había visto durante toda mi infancia en libros melancólicos.

Horas más tarde llegamos a Pinsk. Era una ciudad industrial que derrochaba su linaje soviético: estátuas de personajes marxistas, edificios de arquitectura cuadriculada y uniforme, algunas calles de tierra, carros Lada, gente atrapada en el tiempo. Lloviznaba.

Entramos a una de las dos posadas que había en la ciudad. Nuestros pasos crujían en el piso de madera y hacían temblar el edificio. En la recepción sonaba una música electrónica hiperquinética en ruso. El dueño de la posada nos dirigió a la habitación.

A pesar de abrir las cortinas, la luz no lograba entrar. Las lámparas, las alfombras y el televisor parecían salidos de 1968. El tamaño de la cama sin duda no era para adultos; el colchón no era para humanos. Ni hablar del baño.

–Nos están esperando– las palabras de mi padre interrumpieron mis pensamientos fatalistas.

Divisamos el edificio. Era un jruschovka, me explica mi padre: aquellos complejos residenciales, grises, siempre grises, de tan solo cinco pisos, que habían sido construidos en épocas de Nikita Jruschov. Tocamos el timbre.

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Mi padre había recibido un email de la prima de su madre, Natalia. Cuenta que meses atrás había leído un reportaje que un periódico ruso había realizado sobre la diáspora en América Latina, en el cual figuraba Jorge Gan. No podía ser otro que el hijo de Anatoli y Nonna Gan quienes habían escapado en 1944 de lo que entonces era Polonia ocupada por Alemania.

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Al otro lado de la puerta estaban Natalia, la prima de mi abuela, y Lena, su hija. Nos recibieron con los brazos abiertos y mucha emoción. Vi un par de lágrimas en sus ojos. El parecido del rostro de Natalia con el de mi fallecida abuela era innegable. Bromeamos con que compartíamos el nombre. “Dimaaaa”. A los segundos salió por otra puerta un muchacho de mi edad, hijo de Lena.

Me preguntaron si hablaba ruso. Respondí con un poco de pena que muy poco, lo cual no redujo sus muestras de cariño. Cada vez que conocía a una persona rusa, era automático ver su expresión de reproche cuando aclaraba que no entendía lo que me decía. Aquí fue muy diferente: Natalia me explicó que hablaba francés y Dima aprovechó para practicar su inglés conmigo.

A la media hora llegó Yuri, el otro hijo de Natalia. Era todo un acontecimiento familiar, en cual se respiraba calidez y alegría.

Observé el apartamento. Las sillas, el comedor, los floreros, el papel tapiz de las paredes e inclusive el teléfono, eran artículos dignos de cualquier tienda de antigüedades. La computadora era el único objeto actual; las cosas restantes nos transportaban a tiempos pasados.

Nos sirvieron té, dulces típicos y jugo de arándanos. Picaron en un plato el chocolate Del Rey que habíamos traído. Dima me preguntó sobre mi vida en Venezuela y yo le pregunté sobre la suya en Bielorrusia. Ambos estudiábamos en la universidad, estábamos frustrados con la política de nuestros países y teníamos planes de emigrar.

Se hizo tarde y empezó la despedida. Intercambiamos correos y prometimos mantenernos en contacto. Una decena de abrazos más tarde, mi padre y yo salimos por la puerta.

–Menos mal que vinimos– dije.

–Gracias por acompañarme– respondió mi padre agarrándome la mano.