La lluvia es relativa

Algunas cosas no producen los mismos efectos en todo el mundo.

Eran las 4.45 p.m. de un viernes; tan sólo quince minutos para la estampida hacia el fin de semana.

–¡Ay qué ladilla! Comenzó a llover.

Dios había abierto el grifo y olvidó cerrarlo. Y como cosa rara en este país, nadie cargaba un paraguas. Se podía observar las gotas gruesas golpeando los vidrios de las ventanas. A la distancia se divisaba el muro de agua que se acercaba a toda velocidad desde el valle.

En la oficina una muchacha caminaba con los hombros caídos y los brazos pesados. Miraba la nada mientras hacía una mueca de fastidio con los labios. Un compañero se paró al lado de ella.

–¿Qué se hace, no? –tomó un sorbo de su taza de café con una foto de los Beatles. Era difícil escucharlo con claridad. El agua golpeaba con una rabia resentida.

Se encogió de hombros y rumió algo incomprensible. No tenía muchas ganas de hablar. Ya el día se le había trastocado y estaba de mal humor. Estaba considerando salir de todos modos. Imaginó sus zapatos rosados, sus favoritos, mojados del agua inmunda que formaban pequeños lagos en los cráteres de las calles de Plaza Venezuela que nadie se dignaba a reparar.

–¡Mira!

Ella despertó de su debate interno y miró hacia donde el dedo de su compañero señalaba.

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–Va a llover.

Sus ojos negrísimos veían divertidos el cielo. Asomó una sonrisa compuesta todavía por dientes de leche. Los otros dos hermanos hicieron lo mismo. Las primeras gotas mojaron los cabellos de uno, la nariz del otro y la frente del tercero. El mayor les dio unas palmaditas en la espalda. Luego de señalar con la boca hacia un punto adelante y tras un intercambio de miradas cómplices, los tres rieron y salieron corriendo.

Las clases aún no habían comenzado. Por decreto oficial, se había atrasado el inicio del año escolar un par de semanas más. Eran días de marchas y contramarchas y los dueños de Venezuela estimaron que la acentuada convulsión política ponía en peligro la calle y la seguridad de los niños. Cosa boba, pues para nadie es secreto que las calles caraqueñas no necesitan marchas para ser peligrosas.

El campamento de los niños además había terminado y quedarse encerrados en casa no era opción. La televisión era aburrida y su madre, terca y suspicaz de los nuevos inventos, decidió nunca invertir plata en videojuegos. No quería hijos con el cerebro frito. Debían gastar energías de otra manera, y sin colegio ni campamento, no quedaba otro sitio que la calle. Conocían su ciudad y juntos podían contra todo.

Todo el mundo había desaparecido; nada más se veía una señora corriendo con una bolsa de supermercado en la cabeza a la distancia. La lluvia había ahuyentado el caos que normalmente adornaba Plaza Venezuela: transeúntes con el paso apurado, loquitos sucios con bolsas negras de basura, ventas de donas, café y cachapas atendidas por señoras enlicradas y barrigas al aire, el kiosco con el aviso que sin tapujos especifica “se alquila yesquero por Bs. 10”, mototaxistas ofreciendo sus servicios como mercaderes marroquíes mientras intercalan conversaciones acaloradas de política, policías con sus chalecos fosforescentes y las pistolas asomadas en el cinto por si acaso.

Los tres niños hicieron una competencia hacia el centro de la plaza donde estaba la fuente. No hubo dudas: se quitaron los zapatos y las camisas de algodón. Como canguros saltaron el muro para caer en el agua. Lo único que importaba era mojar a los demás con las manos, dejarse sumergir por unos segundos y luego imaginarse tan fuerte como Superman para correr con todas las fuerzas y vencer la resistencia del agua. Sus corazones retumbaban en sus pechos, se reían sin saber bien por qué y entre los juegos y las risas, sentían que se ahogaban de la felicidad. Estaban embriagados de un cansancio que no agotaba. La ciudad era de ellos. Los tres hermanos más fuertes que la tormenta.

*****

En la oficina ya varias personas se habían acumulado frente la ventana para ver tal espectáculo. Unos tomaban fotos, otros reían y un tercero los veía sin poder esconder la nostalgia en la mirada.

–Zoraida, ven a ver esto.

Zoraida observó y achicó los ojos para ver con mayor detenimiento. Luego alzó las cejas, abrió la boca como si le hubiesen dado una noticia inesperada y salió corriendo. Agarró su cartera de cuero falso y se despidió sin el ritual beso en el cachete del que nadie se salvaba. Tampoco pasó por el baño para echarse un perfumito y retocarse el peinado, el polvo y la pintura de labios. Llamó al ascensor y con un temblor en la pierna, esperó que el timbre anunciara su llegada.

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–¡Muchachos locos! Les dije que me esperaran, no que hicieran estos desastres. ¿Ahora cómo nos vamos a montar en el metro con ustedes mojados?

Uno a uno, los tres niños fueron saliendo de la fuente. Ya no se reían a carcajadas. Se vistieron y se pusieron sus zapaticos de goma. Su madre los llevó del brazo dirección hacia Sabana Grande a ver si conseguían una tienda donde vendieran toallas.

Mientras caminaban, los hermanos se veían de reojo y sonreían como grandes héroes que habían logrado una proeza prohibida.

Zoraida, emparramada y cuidando que sus hijos no la vieran, también asomó una sonrisita sin llegar a mostrar los dientes. En sus ojos también se escondía cierta nostalgia por algo que no precisaba.

Curva de sueños

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Los sueños deben terminar. Los avisos están ahí para recordárnoslo.

Frederick Stroehmann llegó a Virginia de Alemania con dieciséis años. Cargado de ganas para echarle a la vida en el país donde cualquiera puede triunfar, empezó a trabajar en una panadería. Se metió al dueño en el bolsillo y se ganó el corazón de su hija. La boda fue sencilla, pero feliz: unos 25 invitados, goulash, dos tortas y bastante pan. Frederick tomó las riendas del negocio y nació Stroehmann Bakery. Luego llegaron los cinco hijos.

Los niños se convirtieron en hombres que heredaron el talento emprendedor del padre. Inventaron las lonjas de pan cuadrado. La Stroehmann Brothers Company se convirtió en la líder del mercado.

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Freddie pasó su infancia trabajando en el Food Market de su papá en un barrio negro de Harrisburg. “No puedes tomar de ese bebedero”, “si ves a un policía, con cuidado aléjate de él”, “recuerda sentarte al final del bus”. La comunidad negra se cuidaba y se apoyaba.

La tienda de su papá era un negocio de colores vibrantes con muchos clientes y bastantes productos. A Freddie le gustaba el aviso amarillo y rojo de Stroehmann Bread colgado arriba del arco de la puerta: un homenaje a la principal fuente de trabajo en la ciudad.

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Frederick Stroehmann murió. Sus cinco hijos fueron despidiéndose del mundo uno tras otro también. Stroehmann Brothers Company fue vendida a los nuevos líderes, una transnacional de México. Llegaron los nuevos soñadores.

La emblemática fábrica de Stroehmann en Harrisburg no aguantó el paso del tiempo. 90 personas tuvieron que buscar empleo en una ciudad ya de por sí complicada. Una ciudad víctima del descuido y el olvido. Cuesta arriba o cuesta abajo, pero nunca en la cima.

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Freddie es un hombre de 50 años que pasa la mayor parte de sus días sentado encima de un cajón de huevos a la entrada del Food Market en un barrio negro de Harrisburg. Habla sin ganas. Vive cansado sin saber por qué.

Dentro de la tienda la pintura desgastada, polvo en los estantes, una cucaracha trepando la nevera. Freddie no quiere reparar nada. Cuando instaló el cajero automático, éste no duró siquiera tres días antes de ser desvalijado. Sólo cuida el aviso de Stroehmann Bread colgado en el arco de la puerta. Muchos recuerdos contenidos en esos colores.

La maleza sin podar, el polvo alérgeno, la basura regada, la soledad en los rostros son avisos que nos recuerdan que los sueños duran lo que tienen que durar.

 

Arándanos y chocolate

–Tali, mira.

Mi padre me señaló el aviso que indicaba el camino hacia Brest, la ciudad donde mis abuelos habían nacido durante el período de entreguerras.

–No nos da tiempo para ir, ¿verdad?– pregunté.

–No creo.

Seguimos andando por una autopista ancha, bordeada de llanuras infinitas, vacas gordas, incontables bieroskas, iglesias ortodoxas y dachas campestres. Al fin presenciaba el paisaje que había visto durante toda mi infancia en libros melancólicos.

Horas más tarde llegamos a Pinsk. Era una ciudad industrial que derrochaba su linaje soviético: estátuas de personajes marxistas, edificios de arquitectura cuadriculada y uniforme, algunas calles de tierra, carros Lada, gente atrapada en el tiempo. Lloviznaba.

Entramos a una de las dos posadas que había en la ciudad. Nuestros pasos crujían en el piso de madera y hacían temblar el edificio. En la recepción sonaba una música electrónica hiperquinética en ruso. El dueño de la posada nos dirigió a la habitación.

A pesar de abrir las cortinas, la luz no lograba entrar. Las lámparas, las alfombras y el televisor parecían salidos de 1968. El tamaño de la cama sin duda no era para adultos; el colchón no era para humanos. Ni hablar del baño.

–Nos están esperando– las palabras de mi padre interrumpieron mis pensamientos fatalistas.

Divisamos el edificio. Era un jruschovka, me explica mi padre: aquellos complejos residenciales, grises, siempre grises, de tan solo cinco pisos, que habían sido construidos en épocas de Nikita Jruschov. Tocamos el timbre.

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Mi padre había recibido un email de la prima de su madre, Natalia. Cuenta que meses atrás había leído un reportaje que un periódico ruso había realizado sobre la diáspora en América Latina, en el cual figuraba Jorge Gan. No podía ser otro que el hijo de Anatoli y Nonna Gan quienes habían escapado en 1944 de lo que entonces era Polonia ocupada por Alemania.

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Al otro lado de la puerta estaban Natalia, la prima de mi abuela, y Lena, su hija. Nos recibieron con los brazos abiertos y mucha emoción. Vi un par de lágrimas en sus ojos. El parecido del rostro de Natalia con el de mi fallecida abuela era innegable. Bromeamos con que compartíamos el nombre. “Dimaaaa”. A los segundos salió por otra puerta un muchacho de mi edad, hijo de Lena.

Me preguntaron si hablaba ruso. Respondí con un poco de pena que muy poco, lo cual no redujo sus muestras de cariño. Cada vez que conocía a una persona rusa, era automático ver su expresión de reproche cuando aclaraba que no entendía lo que me decía. Aquí fue muy diferente: Natalia me explicó que hablaba francés y Dima aprovechó para practicar su inglés conmigo.

A la media hora llegó Yuri, el otro hijo de Natalia. Era todo un acontecimiento familiar, en cual se respiraba calidez y alegría.

Observé el apartamento. Las sillas, el comedor, los floreros, el papel tapiz de las paredes e inclusive el teléfono, eran artículos dignos de cualquier tienda de antigüedades. La computadora era el único objeto actual; las cosas restantes nos transportaban a tiempos pasados.

Nos sirvieron té, dulces típicos y jugo de arándanos. Picaron en un plato el chocolate Del Rey que habíamos traído. Dima me preguntó sobre mi vida en Venezuela y yo le pregunté sobre la suya en Bielorrusia. Ambos estudiábamos en la universidad, estábamos frustrados con la política de nuestros países y teníamos planes de emigrar.

Se hizo tarde y empezó la despedida. Intercambiamos correos y prometimos mantenernos en contacto. Una decena de abrazos más tarde, mi padre y yo salimos por la puerta.

–Menos mal que vinimos– dije.

–Gracias por acompañarme– respondió mi padre agarrándome la mano.