Afuera está lloviendo

afuera está lloviendo

Busca la llave y la introduce en una cerradura terca entregada al desamparo. Entra a la oscuridad y desliza su mano por la pared izquierda hasta alcanzar el interruptor. Gira la ruedita y aparece ante ella el apartamento de techos altos y piso de granito negro con blanco. Arrastra los pies y su figura encorvada pasa a través de muebles descoloridos, gabinetes de madera y cristales, un reloj de pared que canta cada media hora, una biblioteca sin principio ni fin, y adornos, cientos de adornos que incontables amigos y familiares han dejado atrás.

Arrastrando un pie tras otro, llega a su habitación. Se quita el sostén y caen los grandes senos marchitos y pesados. Siente el alivio en los juanetes cuando saca un pie y luego el otro de sus zapaticos casi ortopédicos. Desliza las medias de nylon, permitiéndole a las piernas respirar. Retira los ganchos del moño que ha peinado con el escaso cabello blanco que le queda. Se viste con su bata de rosas amarillas y azules.

Con toda su fuerza, abre el ventanal que da hacia el balcón para que entre el aire de la ciudad. Afuera la vida transcurre a la par del tiempo: cornetas, silbidos, gritos, música de esa que ella no entiende y que se niega a escuchar. Antes, a esa hora, lo único que se oía era el cuchicheo y las risas de los vecinos tomando el fresco enfrente de los edificios.

Basta de este bullicio. Bate las manos y con una mueca de decepción, cierra el ventanal para someterse a un ostracismo voluntario del mundo exterior. Enciende el ventilador fiel que funciona a pesar de ya haber anunciado su retiro.

Toma el periódico y salta directo a la sección de los crucigramas. ¿Para qué embasurarse con noticias? Éstas aceleran la vejez; los crucigramas, la contienen. Horizontal 1: “vocablo incorporado al español del portugués y gallego, que expresa melancolía, añoranza o soledad. Estimulado por la distancia temporal o espacial de algo amado”. Más sencillo, imposible: ¡saudade!

Termina el crucigrama en pocos minutos. Es hora de su infusión de manzanilla. Va a la cocina y llena la tetera con agua para calentarla sobre la hornilla. Se rehúsa a comprar una de esas teteras eléctricas. ¿Qué si son más rápidas? Sí… pero, ¿quién está apurado?

Arrastra un pie tras otro para ir a la sala. Alcanza el clóset y abre la puerta transparente. Observa la treintena de álbumes de fotos y tras pasar los ojos por todas las etiquetas organizadas en orden cronológico, escoge el de 1942.

Puede pasar horas con cualquiera de estos mamotretos de cuero desgastado, llenos de polvo y adentro veteados con manchas de color mostaza. El pasar de las páginas despide un olor rancio e invasivo. Algunas se han pegado entre sí por la costumbre y el peso de los años. Los álbumes son la receta perfecta para una alergia implacable, pero aun así, ella sigue: le gusta ver fotos.

Arroja todo su peso sobre el sillón desgastado y respira hondo. Abre la primera página. Niñitos sonrientes y desdentados con sus pantaloncitos y camisitas. Niñitas con sus pollinotas, lazos tan grandes como sus cabezas y vestidos con faldas de armadón, lunares y faralaos. Estaban comiendo helado de mantecado con chocolate. Cierra los ojos y piensa que no recuerda otro dulce que no le haya gustado tanto. Desliza los dedos hacia la esquina del libro. Siente la punta aún observando la imagen mientras dibuja una sonrisa… la misma sonrisa de la foto que se esconde tras los años.

Aparece la patinata de Navidad. Se reconoce en el medio con sus patines rojos y su vestidito de rosas amarillas y azules. La costumbre la obligaba a usar falda, pero el recato a ella le importaba muy poco: su prioridad era patinar sin descanso. Cuántas veces se caía y se volvía a levantar. No había rasguño en sus rodillas o palma de las manos que la detuviera. Quería andar más rápido que todos los varones, sin importar si eran más grandes en edad y tamaño. Era la primera en inventar juegos que atraían a todos como un imán.

Un chillido interrumpe y desvanece en pocos segundos las risas, la corredera, la música… la energía. El aviso insistente del agua lista para el té la devuelve. Alza la mirada y ve su apartamento atiborrado de recuerdos desgastados… y afuera está lloviendo.

SABER CUANDO CANTAR RETIRADA

—Damos por comenzada la reunión.

Todos los representantes de las distintas poblaciones se sentaron alrededor del círculo. El moderador, quien había convocado la conferencia, se encontraba justo en el centro.

—De más está recordarles que si bien hemos sostenido conflictos en el pasado, debemos aprovechar esta ocasión para definir ciertas reglas que controlen nuestro comportamiento en busca de un bien superior: la paz entre los miembros de nuestras comunidades mientras compartamos esta tierra —dijo el árbitro, quien representaba a Laplandia.

—¡CLARO! Claro que la paz. ¿Por qué alguien no querría la paz? No tiene sentido. Ninguno. Absolutamente ninguno. No, señor. Sí, la paz.  —respondió a toda voz uno de los guachos.

—Sólo esperamos que los de la Rathaus se mantengan quietos y cumplan con sus promesas —murmuró Zam volteando los ojos.

—¿Qué te pasa? Si tienes algo que decir, dilo a toda voz. ¿Nos vamos?

—No, por favor. Todos somos necesarios. Zam, calma. Muy bien, todo en orden. Prosigamos. Primer punto: no atacarnos. A ver, Rabi, solicitaste permiso de palabra.

—Sí, consulté con los jefes de nuestras tribus, y este asunto de no atacarnos complica nuestra supervivencia. Deben ustedes entender, que a pesar de que los acuerdos suenan muy bien, en la realidad lo que nos interesa es vivir y vivir bien, lo que lamentablemente implica atacarlos.

—Ssssssí, nossssotrosss essstamossss de acuerdo con essa obssservaccción —intervino sigilosa Sarp.

—Su acento sí es molesto. ¿Dónde aprendieron a hablar? —chismeó Uana a Laggie.

—Al parecer el problema entonces es el costo de no atacarnos. Permítanme recordarles que todos, absolutamente todos, hemos sufrido pérdidas importantes; pérdidas que nos duelen y que nos hacen la vida imposible. Es terrible vivir en permanente tensión en tu propia casa. ¿No quieren que esto acabe? —argumentó el equilibrado moderador.

—Bueno, yo sé que estoy llegando tarde y que no pinto mucho aquí, pues no estoy en problema con ninguno y soy uno solito, nada más estoy esperando a morirme de viejo…Sí, mi señora nunca quiso tener hijos, y ya ella partió a la otra vida, así que ni modo…pero, ¿qué era lo que quería decir? —agregó Morr mientras daba pasos lentos y accidentados —Pues, sí. Me parece muy feo ver esas escenas de violencia en mis predios. Yo creo que nos podemos controlar un poco. ¿Saben? Nuestra tierra colinda con el monte enorme ese de allá. ¿No creen que pueden conseguir lo que necesitan por esos lares y mantenemos esto como tierra neutral?

—Ajá, ajá, ajá. Yo creo que sí. Sí, señor. —gritó el guacho.

—No, vale. Pero ya nosotros estábamos demasiado cómodos aquí. ¿Por qué? —se quejó Uana.

Lo que comenzó como un murmullo, se convirtió en un estruendo inusual para la oscuridad de la hora. Unos gritaron. Otros observaron.Otros se fueron enojados y regresaron luego de mucha persuasión. Morr tomó una siesta.

Lapan recuperó el control y su cargo como moderador de la reunión.

—Muy bien, ¿quiénes están a favor?

Se aprobó la moción. Los asistentes acordaron bajo ninguna circunstancia, mientras compartieran el territorio, atacarse unos a otros. Los recursos que necesitaran los obtendrían de las tierras aledañas, sin inmiscuirse en los asuntos internos de cada población, ni traspasar las fronteras propias. Después de un acto simbólico, prometieron cumplir las nuevas reglas y controlar las apetencias e impulsos naturales.

—Falta un assssunto aún: ellassss —dijo Sarp. Lapan la miró asustado y respiró hondo. —Si ellasss, másss grandesss y fuertesss que todosss nossssotrossss, vienen, ¿qué haccccemosss?

—No lo había contemplado. Sin embargo, puedo decir con propiedad que la experiencia nos indica que cada vez que las hemos agredido, la respuesta ha sido más contundente y tajante. Siempre salimos perdiendo. Yo digo que ésa no es nuestra batalla. Cada vez que vengan, hay que esconderse lo más rápido posible. En definitiva, tienen un horario estipulado y sólo pasan poco tiempo aquí. Hay que estar alertas y cantar la retirada.

—¡¡¡Retiraaaaaadaaaaa!!! —gritó uno de los guachos.

—Bravo, así es.

—¡No, chico, espabílate! ¡Estoy cantando la retirada! ¡Ahí vienen!

Eran las seis de la mañana y ya el sol marcaba el inicio del día. En cuestión de segundos, una lapa, una guacharaca, un rabipelado, una rata, una culebra, una iguana y un lagarto desaparecieron del sitio de reunión. Ya no quedaban rastros de los animales que hacían vida nocturna.

—Buenos días, señoritas. ¿Cómo amanecen hoy?

—Muy bien, muchas gracias, Morr. ¿Y usted?

—Todo en orden. Todo en orden. —dijo el morrocoy, mientras daba pasos lentos y accidentados.

Paseaban tres perras enormes al jardín, siguiendo las órdenes del dueño de la casa. Olfateaban las flores, mientras supervisaban que ningún animalito pretencioso cuestionara su autoridad y poder.

Accidente necesario

ecuation

No podía creer lo que le habían regalado sus padres por su sexto cumpleaños. Larissa había pedido lo usual: la Barbie doctora, el kit de 30 lápices de Gamacolor, un Polly Pocket nuevo… pero nunca imaginó que recibiría lo que tenía ante sus ojos: un jeep que se movía. Era un carro de su tamaño que ella misma podía manejar como lo hacían los adultos.

Por fin había llegado el sábado y su prima y eterna compinche de juegos la vendría a visitar.

-Karina, tienes que verlo. Te va a encantar. Nos podemos turnar.

Luego de una persecución policíaca e incontables insistencias, su padre la ayudó a sacar el carro al frente de la casa. Sus pupilas desplazaron el marrón de sus ojos y corriendo se montó en el asiento del mini-conductor.

La casa de Larissa era parte de un conjunto de otras tres viviendas. Este conjunto había sido construido en una loma, por lo que habían dos niveles: en el inferior se encontraban las dos primeras casas, y en el superior, las dos restantes. Larissa vivía en la cuarta casa del nivel superior y para llegar a ella, había que recorrer una subida bastante empinada y estrecha que dificultaba el camino de tanto transeúntes como de vehículos.

-No vayas a bajar. Mejor quédate por aquí- dijo el padre.

Luego de que las niñas dieron una vuelta por el perímetro, pasó por la puerta y desapareció en el interior de la casa.

El carro tenía tres velocidades identificadas con los números uno, dos y tres en la palanca. No había mucha diferencia entre ellas, pues todas eran igual de lentas; tanto así que no presentaba ningún peligro bajarse del carro mientras éste se encontraba aún en movimiento. Si bien la poca potencia decepcionó a las niñas, la lentitud motora fue compensada por la sagaz imaginación infantil. Se inventaban situaciones extraordinarias que les permitían viajar lejos de las cuatro esquinas del nivel superior del conjunto.

-Cuidado con la pantera. Dale más rápido que nos va a alcanzar.

-Agarra el volante. Tengo que ver por el telescopio si hay enemigos a lo lejos.

-Nos estamos hundiendo. Está entrando el agua por la puerta.

Y así pasaron horas. Se turnaban el volante, se bajaban, corrían, se volvían a montar, se reían.

Empezó a caer el sol y el cielo comenzaba a ponerse anaranjado. En eso la madre de Larissa apareció por la puerta, preguntando cuánto les faltaba.

-Un ratico más, porfa.

Estaban recorriendo la última vuelta de la tarde. Justo se encontraban en el medio del cuadrado del perímetro, el cual era el punto de entrada de los carros que venían desde el nivel inferior del conjunto. Si volteaban la mirada a la izquierda, las niñas podían ver en línea recta el comienzo de la subida.

Un estruendo a lo lejos se acercaba cada vez más. Karina y Larissa se miraron fijamente, dándose cuenta que el sonido no era producto de sus imaginaciones fantásticas. Miraron a la izquierda. En cuestión de segundos apareció una camioneta altísima que venía en retroceso a una velocidad kilométricamente superior a la del minúsculo jeep. Karina al volante detuvo el carro; ni siquiera la tercera velocidad les daba el impulso para salir del camino. Por “seguridad”, se habían amarrado los pequeños cinturones. El susto las paralizó de tal manera, que sus mentes jóvenes no hicieron la conexión con sus piernitas para saltar y correr. No les quedó otra opción que gritar con la esperanza de que el conductor se diera cuenta de la presencia de las niñas, la cual pasaba inadvertida por la oscuridad del atardecer, los vidrios ahumados y la altura de la camioneta. El choque era inminente. Larissa y Karina se abrazaron esperando el golpe.

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Iba atrasada. Ya estaba por llegar. Se estaba terminando de peinar cuando escuchó un cornetazo y recibió un mensaje por Whatsapp.

-Karina, tienes que verlo. Te va a encantar. Estoy afuera.