Curva de sueños

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Los sueños deben terminar. Los avisos están ahí para recordárnoslo.

Frederick Stroehmann llegó a Virginia de Alemania con dieciséis años. Cargado de ganas para echarle a la vida en el país donde cualquiera puede triunfar, empezó a trabajar en una panadería. Se metió al dueño en el bolsillo y se ganó el corazón de su hija. La boda fue sencilla, pero feliz: unos 25 invitados, goulash, dos tortas y bastante pan. Frederick tomó las riendas del negocio y nació Stroehmann Bakery. Luego llegaron los cinco hijos.

Los niños se convirtieron en hombres que heredaron el talento emprendedor del padre. Inventaron las lonjas de pan cuadrado. La Stroehmann Brothers Company se convirtió en la líder del mercado.

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Freddie pasó su infancia trabajando en el Food Market de su papá en un barrio negro de Harrisburg. “No puedes tomar de ese bebedero”, “si ves a un policía, con cuidado aléjate de él”, “recuerda sentarte al final del bus”. La comunidad negra se cuidaba y se apoyaba.

La tienda de su papá era un negocio de colores vibrantes con muchos clientes y bastantes productos. A Freddie le gustaba el aviso amarillo y rojo de Stroehmann Bread colgado arriba del arco de la puerta: un homenaje a la principal fuente de trabajo en la ciudad.

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Frederick Stroehmann murió. Sus cinco hijos fueron despidiéndose del mundo uno tras otro también. Stroehmann Brothers Company fue vendida a los nuevos líderes, una transnacional de México. Llegaron los nuevos soñadores.

La emblemática fábrica de Stroehmann en Harrisburg no aguantó el paso del tiempo. 90 personas tuvieron que buscar empleo en una ciudad ya de por sí complicada. Una ciudad víctima del descuido y el olvido. Cuesta arriba o cuesta abajo, pero nunca en la cima.

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Freddie es un hombre de 50 años que pasa la mayor parte de sus días sentado encima de un cajón de huevos a la entrada del Food Market en un barrio negro de Harrisburg. Habla sin ganas. Vive cansado sin saber por qué.

Dentro de la tienda, la pintura desgastada, polvo en los estantes y una cucaracha trepando la nevera. Freddie no quiere reparar nada. Cuando instaló el cajero automático, éste no duró siquiera tres días antes de ser desvalijado. Sólo cuida el aviso de Stroehmann Bread colgado en el arco de la puerta. Muchos recuerdos contenidos en esos colores.

La maleza sin podar, el polvo alérgeno, la basura regada, la soledad en los rostros, son avisos que nos recuerdan que los sueños duran lo que tienen que durar.

 

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