SIN MIRAR ATRÁS

Foto para sin mirar atrás

—Me voy de esta mierda.

Dos meses después rodaba sus maletas por el Cruz Diez del Aeropuerto Simón Bolívar. Se despedía de una madre desconsolada y de un padre que aparentaba no estarlo.

En el momento, no sintió ni una pizca de sentimentalismo por el país que dejaba. Vivía con una intranquilidad constante. La paranoia no la dejaba en paz. Desconfiaba de todos en la calle. Nada más bastaba una mirada un tanto sospechosa para activar el pánico que detenía el tiempo y aceleraba su corazón al punto de escuchar los latidos sin poder percibir otro sonido alrededor. Corría mientras chequeaba maquinalmente que el celular, las llaves de su casa, la billetera y los cuadernos estuvieran dentro de su morral. Lo peor era cuando el miedo se acompañaba de una rabia defensiva: en este caso, la mirada de ella era lo que alejaba a las personas, dejándola sola en un vagón de metro o acera.

Ya no era la muchacha simpática, relajada y aventurera. Además, ya Graciela no pintaba.

Se montó en el avión y se fue lejos.

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Consiguió trabajo en una cafetería donde servían postres de quínoa hechos con leche de almendras y ponían música tradicional de alguna aldea recóndita en Uganda. Tanto los que compraban como los que atendían, estaban adornados de piercings y tatuajes. Algunos tenían la cabeza rapada y otros el cabello pintado de rosado o morado.

Graciela no se veía como ellos; era extranjera, exótica, y por tanto interesante. Era la única que no tenía los ojos azules o verdes, sino negros. Su cabello oscuro, largo y rebelde era inusual. Su piel morena entre un mar de personas blanquísimas era el sello que la hacía resaltar.

Se sentía diferente, mas no intranquila. Aceptaba con naturalidad no pertenecer a ese sitio congelado, gris, sin dejar de ser hermoso. Las calles amplias y limpias la dejaban respirar. Caminaba y caminaba. Un paso tras otro, sin prisa, sin sorpresas, con una expresión plácida.

Con tan solo pasar algunas cuadras de la cafetería, aparecía ante ella una sabana cuyo horizonte era interrumpido por una pared de montañas adornadas con cascadas y árboles blancos. Una vez que se acostumbrara al frío, llegaría hasta allá.

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—¿Y por qué estabas tan enojada?

—No lo sé. Sigo tratando de averiguarlo.

Graciela tomó un sorbo del té de lavanda con miel y colocó, con las dos manos, la taza caliente sobre la mesa de madera elegantemente desgastada. Ian la observaba como si fuera una célula bajo un microscopio.

—Pero bueno, ya estoy tranquila aquí.

—Mi madre decía lo mismo cuando vino. Allá siempre había tanto ruido que te hacía hablar a gritos, inclusive dentro de tu propia cabeza. Llegó acá y el ruido se transformó en un silencio: aburrido, pero… ¿cómo se dice?… balanced.

—Equilibrado.

—Equilibrado. Tú y ella me pintan el Caribe bastante mal.

Graciela sonrió y miró sus ojos grisáceos. Le divertía su gramática perfecta y acento sincrético.

****

 

—El arte nos conecta al pasado, es un producto del pasado. Sin embargo, no es un reporte fidedigno de la realidad, sino una representación y reinterpretación de un momento a través de la subjetividad del artista afectada por las fuerzas del contexto en el que vive. Una obra de arte es una captura del pasado al cual no podemos regresar, pero que nos cuenta cómo era el mundo antes. Es un sobreviviente del pasado que nos reconstruye un punto original.

El profesor hablaba en la primera clase de Graciela en la universidad. Pasaba diapositiva tras diapositiva: El nacimiento de Venus de Botticelli, La resurrección de El Greco, La encajera de Vermeer, La libertad guiando al pueblo de Delacroix, Recuerdo de Mortefontaine de Corot, La catedral de Rouen de Monet, El grito de Munch, La persistencia de la memoria de Dalí…Era historia del arte.

Todos los padres le dan a sus hijos cuando están pequeños, colores y hojas de papel para que dibujen cualquier garabato mientras ellos cumplen con sus rutinas ocupadas e inaplazables. Pintar es para cualquier niño una distracción finita. Graciela, en cambio, desde que tenía unos tres años, pasaba horas inmersa, sentada, pintando. Molestaba a sus padres sólo para pedirles más papel.

Quince años después escuchaba, atenta e inmóvil, las palabras del profesor que retumbaban en las paredes de ese salón amplio y templado. Sus manos aguantaban su cara, respiraba lento y profundo, mientras las pupilas de sus ojos se dilataban con cada diapositiva que pasaba. Como cuando calza la última pieza de un rompecabezas que tomó semanas completar, Graciela sintió con una sensación cálida en su pecho, que un momento importante estaba sucediendo.

Comprendió que el arte se convertiría en su vida.

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Caminaba por el puerto de la ciudad. Era un día típicamente blanco con una brisa fría que le congelaba las mejillas y le aguaba la nariz. A pesar de haber comenzado la primavera, todavía seguía haciendo frío. Graciela tenía puesto un gorro grueso y una bufanda larga que le tapaba las orejas.

Andaba a paso rápido. No se acostumbraba aún al clima. Quería llegar al refugio de la cafetería cuanto antes: un lugar cálido, donde podía tomar alguna bebida caliente y sentarse unos minutos al lado de la chimenea. Lo imaginaba y esperaba con ansias cruzar la puerta de madera azul y escuchar la campanita que sonaba cuando alguien la abría.

Empezó a nevar muy suavemente y subió la mirada al cielo. Eran copitos pequeños y sutiles, cuyo color se confundía con el cielo blanco y resplandeciente. Los sintió caer en su rostro: algodones mínimos de fría delicadeza.

En ese preciso instante, notó algo extraño. En el tubo de un semáforo guindaba un cassette como esos que escuchaba en su infancia. Su cinta estaba fuera del engranaje y la veía enrollada en el tubo. La contempló y el tiempo pareció haberse detenido. El viento movía el cassette de lado a lado como un péndulo y lo hacía girar sobre el eje que la cinta había construido.

Un sonido molesto empezó a sonar a lo lejos. El tiempo poco a poco volvió a correr de nuevo. El sonido, como si tuviera patas que corrían, se acercaba cada vez más a los oídos de Graciela y aumentaba su volumen. Ante su ruidosa impertinencia, cerró los ojos y cuando los abrió, estaba acostada. Su despertador marcaba las 7:30 am.

****

—Cuéntame sobre Venezuela.

—¿De verdad quieres saber?

—Sí. Mi madre siempre me relata sobre la República Dominicana. Además, no hay clientes. Aparentemente nadie necesita su café cortado de hoy.

—Y tu mamá, ¿te cuenta lo bueno o lo malo?

—Pues… nada es perfecto.

Graciela apretó los labios e inspeccionó los ojos grisáceos de Ian, como examinando si realmente tendría la paciencia de escuchar su versión de una realidad tan lejana.

—Okay…Bueno, el clima de Caracas —de donde soy yo— es inigualable, eso sí. Tenemos una montaña, el Ávila, que bordea la ciudad y que la hace única. Tanto así que Caracas sin el Ávila, no sería Caracas: es su esencia. El cerro se ve diferente todas las mañanas: es impresionante, porque claro, es la misma montaña, pero nunca luce igual. Tendrías que verlo para entender qué quiero decir. Cada cierto tiempo, si miras al cielo, puedes ver guacamayas amarillas y azules o loros verdes volando siempre en pares. Como a las seis de la tarde gritan enloquecidos, como anunciando que se acabó el día y que es hora de recogerse.

Graciela se detuvo un segundo y miró a la nada cuando en realidad observaba sus recuerdos.

—Algo que siempre tomé por sentado son las palmeras. Con toda su majestuosidad y altura, adornan las calles de la ciudad. Ahora descubro que me encantan. Allá las llamamos chaguaramos. Hay otros árboles que cuando florean inyectan un cóctel visual de colores: amarillo, morado, anaranjado, rosado.

—Todo suena muy bonito.

—Sí, sí, pero eso es lo bueno. Pudiera pasar días contándote lo malo. Así que para resumir te puedo decir que Venezuela, más bien lo que han hecho los venezolanos con el país, ha hundido los planes de vida de millones de personas honestas que sólo querían hacer algo con su talento. Te puedo hablar desde mi experiencia personal. Cada mes, vi como mi trabajo valía menos y menos. Lograba cosas nuevas, pero la crisis económica era como un muro que no podías traspasar, porque cada día alguien había colocado ladrillos nuevos que lo hacían más alto. Año tras año, vi como cada uno de mis amigos se iba. Me fui perdiendo los momentos importantes de la vida de las personas con las que crecí: graduaciones, ascensos, compromisos, bodas, hijos. Sí, Whatsapp te permite mantener un contacto relativo, pero no es lo mismo.

A Graciela nunca le habían gustado los monólogos catárticos, pero Ian se mantenía atento. Sus ojos grisáceos no le quitaban la mirada. Tomó un sorbo de agua, tragó y respiró hondo.

—Con una pistola apuntada a mi cabeza, me robaron el carro que mis padres con mucho esfuerzo me regalaron, el teléfono que me compré con mis ahorros, la computadora que me permitía trabajar. Es así, la vida, para una minoría delincuente y poderosa, vale nada: matan por cualquier cosa y tienen las armas para hacerlo. Ante tal amenaza, es mejor darles todo sin pensarlo dos veces. Aunque no deja de ser injusto: son TUS cosas, ¿sabes?

Graciela sentía que con sus palabras invocaba aquello de lo que huía… y temía. Sentía el miedo de revivir esos fantasmas; tal como cuando en tercer grado jugaba a la Ouija con sus amigos temerarios en los baños desolados de su colegio.

—¿Quieres que siga? ¿No te estoy deprimiendo?

—No, continúa.

—Sí, podrán haber cosas muy bellas, pero cuando tu ciudad es uno de los lugares más inseguros del mundo, te encierras y te las pierdes. El gobierno no gobierna, mas bien incentiva a burlar el sistema. Claro, ¿qué ejemplo pueden dar cuando han sido ellos los primeros en saquear al país y burlar las leyes? Todos sabemos quiénes son los culpables de tal anarquía, pero nadie los castiga. Nadie asume la responsabilidad y mucho menos, aceptan consejos y corrigen los errores. Ni siquiera piensan en tomar las medidas para que las personas que votaron por ellos y que decían amar, puedan vivir o más bien, sobrevivir. Todo el mundo sabe quién pone el ladrillo para construir el muro que encierra a la gente, pero nada parece servir para detenerlos.

Graciela notó que Ian escuchaba atento y sin escandalizarse. Lo tomó como una luz verde para continuar relatando su tragedia tercermundista.

—Terminé la universidad y me sentía viva para hacer lo que quisiera. Hacer arte era mi pasión: no tenía dudas, sabía exactamente adónde quería llegar. Monté una galería con unos amigos. Nos iba muy bien al principio, pero luego la situación económica afectó el negocio. Con una inflación de 100 y pico por ciento, ¿quién va a estar comprando una pintura que suma el mercado del mes y más? Pensamos en expandirnos y exportar las obras. Ya habíamos hecho buenos contactos en Miami, Nueva York y Bogotá. Todo estaba listo. Y sacaron la ley, Protección al Patrimonio Cultural, que básicamente te impide exportar cualquier obra artística que no sea del gobierno. Un ladrillo más.

La tristeza había invadido los ojos negros de Graciela. Ian seguía sin decir nada.

—Se fueron mis amigos. Se fueron mis ganas de explorar. Me robaron mis cosas. Pero más allá de eso, me arrebataron las ganas de hacer arte.

****

Sábado en la mañana. Graciela abrió los ojos y vio el techo blanco de su apartamento tipo estudio. Se estiró para volverse a encoger con las sábanas y el edredón enrollados en el cuerpo. Abrazó a su perro de peluche que conservaba desde la infancia.

Ya no iba a dormir más, pero se quedó en la cama mirando a la nada, absorta en sus pensamientos sin rumbo. Un hábito usual de las mañanas en las que no tenía que correr hacia la rutina del día.

Puso la mano sobre la mesa de noche y agarró el celular. Vio en la pantalla una notificación de un mensaje de su mamá: “Hola, mi amor. Te extrañamos mucho. ¿Cuándo puedes hablar?”.

Agarró fuerzas y logró levantarse. Dio tres pasos y ya se encontraba en el baño. Salió y tres pasos después, ya había “entrado” en la cocina. Puso agua para calentar en la tetera y hacerse un té. Nunca antes le había gustado una infusión de hierbas y flores como ahora. No extrañaba el café.

Tenía una camisa larga más un suéter, un mono holgado y unas medias gruesas que le llegaban a las pantorrillas. Siempre tenía frío. A eso aún no se había acostumbrado.

Encendió la computadora y abrió Skype. “Mami, ya estoy despierta. ¿Te llamo?”. Repicó la llamada tres veces. Que cómo está todo, cuéntame del trabajo, y tus nuevos amigos y la ciudad, qué vas a hacer hoy.

—Ay, mi vida, ¿tu cuarto no está como muy oscuro?

Graciela se levantó y abrió la cortina de la única ventana del apartamento. Todo estaba blanco. El reflejo iluminó su cara sorprendida y sus ojos negros. Estaba feliz.

—¿Qué pasa?

—Mira. —Graciela tomó la computadora y colocó la pantalla frente a la ventana.

****

 

Ian compró las entradas.

—No habías venido antes, ¿cierto? Sé que te va a gustar.

Graciela leyó la entrada y le ofreció una sonrisa tímida sin mostrar los dientes. Subió la mirada y vio las paredes de mármol blanco y los techos altos. El taconeo, los murmullos y la risa de las personas se combinaban y generaban un eco agradable. El edificio era hermoso: le hacía justicia a los objetos que guardaba en su interior.

Pasaron por la exhibición de arte renacentista para luego seguir con los impresionistas, los cubistas, dadaístas, expresionistas, arte pop y demás. Recordó las clases de arte en la universidad y se sintió honrada al ver las obras que había estudiado con tanto interés en carne propia.

—Hay una exposición de fotografía. ¿Gustas verla?

—Sí vale, vamos.

Entraron. Un fotógrafo alemán había dedicado dos años de su vida a explorar las selvas de la Amazonia. Vio una foto en blanco y negro cuyos contrastes ilustraban con detalle la grandeza y belleza del Roraima. Su pecho se hinchó de orgullo, pero también de nostalgia. Se detuvo unos minutos a contemplarla.

Pasó a la siguiente foto. Era una palmera como las que tanto le gustaban, partida por la mitad. Su tronco y ramas estaban tiradas sobre el piso polvoriento, mientras unos leñadores observaban complacidos el trabajo recién hecho. La majestuosidad en vía de ser hecha trizas.

Pasó a la siguiente foto sin mirar atrás.

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Sacó el lienzo de la bolsa de papel y lo puso sobre la mesa. Alineó los pinceles y empezó a preparar los colores sobre la paleta.

Puso una foto del paisaje típico de Caracas en la computadora: la vista sobre el valle, las colinas enmarcando la silueta de los edificios, la Cota Mil y al fondo, el Ávila inmenso vigilando la obra humana que es el caos citadino.

Se sentó en una silla de madera. Tenía el cabello recogido en un moño y un mechón rebelde se le metía cada cierto tanto en la cara. Vestía su camisa larga, el suéter, el mono y las medias gruesas. Luego de cada trazo, regresaba la mirada a la pantalla para tomar una captura mental que la ayudaría a traducir la imagen de su cabeza al lienzo.

Se hizo de noche sin percatarse y encendió la luz del apartamento. Observó el cuadro a lo lejos: estaban las colinas, la silueta difuminada de los edificios, las luces anaranjadas y rosadas del típico atardecer caraqueño y dos guacamayas volando en el aire. Había decidido dibujar el Ávila de último. Llevaba sólo el borde de la montaña, pintado con trazos interrumpidos de color marrón oscuro.

Posó el pincel encima del lienzo para colorear la montaña, pero justo cuando iba a comenzar, se detuvo. Alejó el pincel y colocó la mano encima de la mesa. Observó la pintura una vez más y vio que ya estaba lista. No había más nada que hacer.

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Decidió que era el día. Salió del edificio con su chaqueta deportiva y sus botas para caminar.

En la calle, sabía que su piel morena y cabello ondulado la hacían diferente, mas no se sentía intranquila. Las miradas que cruzaba eran mansas, siempre seguidas de un saludo cortés. Aceptaba con naturalidad no pertenecer a ese sitio congelado, gris, sin dejar de ser hermoso. Las calles amplias y limpias la dejaban respirar. Caminaba y caminaba. Un paso tras otro, sin prisa, sin sorpresas, con una expresión plácida.

Vio ante sí la sabana, cuyo horizonte era interrumpido por una pared de montañas adornadas con cascadas y árboles blancos. Ya se había acostumbrado al frío. Ese día llegaría hasta allá.

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