La lluvia es relativa

Algunas cosas no producen los mismos efectos en todo el mundo.

Eran las 4.45 p.m. de un viernes; tan sólo quince minutos para la estampida hacia el fin de semana.

–¡Ay qué ladilla! Comenzó a llover.

Dios había abierto el grifo y olvidó cerrarlo. Y como cosa rara en este país, nadie cargaba un paraguas. Se podía observar las gotas gruesas golpeando los vidrios de las ventanas. A la distancia se divisaba el muro de agua que se acercaba a toda velocidad desde el valle.

En la oficina una muchacha caminaba con los hombros caídos y los brazos pesados. Miraba la nada mientras hacía una mueca de fastidio con los labios. Un compañero se paró al lado de ella.

–¿Qué se hace, no? –tomó un sorbo de su taza de café con una foto de los Beatles. Era difícil escucharlo con claridad. El agua golpeaba con una rabia resentida.

Se encogió de hombros y rumió algo incomprensible. No tenía muchas ganas de hablar. Ya el día se le había trastocado y estaba de mal humor. Estaba considerando salir de todos modos. Imaginó sus zapatos rosados, sus favoritos, mojados del agua inmunda que formaban pequeños lagos en los cráteres de las calles de Plaza Venezuela que nadie se dignaba a reparar.

–¡Mira!

Ella despertó de su debate interno y miró hacia donde el dedo de su compañero señalaba.

*****

–Va a llover.

Sus ojos negrísimos veían divertidos el cielo. Asomó una sonrisa compuesta todavía por dientes de leche. Los otros dos hermanos hicieron lo mismo. Las primeras gotas mojaron los cabellos de uno, la nariz del otro y la frente del tercero. El mayor les dio unas palmaditas en la espalda. Luego de señalar con la boca hacia un punto adelante y tras un intercambio de miradas cómplices, los tres rieron y salieron corriendo.

Las clases aún no habían comenzado. Por decreto oficial, se había atrasado el inicio del año escolar un par de semanas más. Eran días de marchas y contramarchas y los dueños de Venezuela estimaron que la acentuada convulsión política ponía en peligro la calle y la seguridad de los niños. Cosa boba, pues para nadie es secreto que las calles caraqueñas no necesitan marchas para ser peligrosas.

El campamento de los niños además había terminado y quedarse encerrados en casa no era opción. La televisión era aburrida y su madre, terca y suspicaz de los nuevos inventos, decidió nunca invertir plata en videojuegos. No quería hijos con el cerebro frito. Debían gastar energías de otra manera, y sin colegio ni campamento, no quedaba otro sitio que la calle. Conocían su ciudad y juntos podían contra todo.

Todo el mundo había desaparecido; nada más se veía una señora corriendo con una bolsa de supermercado en la cabeza a la distancia. La lluvia había ahuyentado el caos que normalmente adornaba Plaza Venezuela: transeúntes con el paso apurado, loquitos sucios con bolsas negras de basura, ventas de donas, café y cachapas atendidas por señoras enlicradas y barrigas al aire, el kiosco con el aviso que sin tapujos especifica “se alquila yesquero por Bs. 10”, mototaxistas ofreciendo sus servicios como mercaderes marroquíes mientras intercalan conversaciones acaloradas de política, policías con sus chalecos fosforescentes y las pistolas asomadas en el cinto por si acaso.

Los tres niños hicieron una competencia hacia el centro de la plaza donde estaba la fuente. No hubo dudas: se quitaron los zapatos y las camisas de algodón. Como canguros saltaron el muro para caer en el agua. Lo único que importaba era mojar a los demás con las manos, dejarse sumergir por unos segundos y luego imaginarse tan fuerte como Superman para correr con todas las fuerzas y vencer la resistencia del agua. Sus corazones retumbaban en sus pechos, se reían sin saber bien por qué y entre los juegos y las risas, sentían que se ahogaban de la felicidad. Estaban embriagados de un cansancio que no agotaba. La ciudad era de ellos. Los tres hermanos más fuertes que la tormenta.

*****

En la oficina ya varias personas se habían acumulado frente la ventana para ver tal espectáculo. Unos tomaban fotos, otros reían y un tercero los veía sin poder esconder la nostalgia en la mirada.

–Zoraida, ven a ver esto.

Zoraida observó y achicó los ojos para ver con mayor detenimiento. Luego alzó las cejas, abrió la boca como si le hubiesen dado una noticia inesperada y salió corriendo. Agarró su cartera de cuero falso y se despidió sin el ritual beso en el cachete del que nadie se salvaba. Tampoco pasó por el baño para echarse un perfumito y retocarse el peinado, el polvo y la pintura de labios. Llamó al ascensor y con un temblor en la pierna, esperó que el timbre anunciara su llegada.

*****

–¡Muchachos locos! Les dije que me esperaran, no que hicieran estos desastres. ¿Ahora cómo nos vamos a montar en el metro con ustedes mojados?

Uno a uno, los tres niños fueron saliendo de la fuente. Ya no se reían a carcajadas. Se vistieron y se pusieron sus zapaticos de goma. Su madre los llevó del brazo dirección hacia Sabana Grande a ver si conseguían una tienda donde vendieran toallas.

Mientras caminaban, los hermanos se veían de reojo y sonreían como grandes héroes que habían logrado una proeza prohibida.

Zoraida, emparramada y cuidando que sus hijos no la vieran, también asomó una sonrisita sin llegar a mostrar los dientes. En sus ojos también se escondía cierta nostalgia por algo que no precisaba.

Afuera está lloviendo

afuera está lloviendo

Busca la llave y la introduce en una cerradura terca entregada al desamparo. Entra a la oscuridad y desliza su mano por la pared izquierda hasta alcanzar el interruptor. Gira la ruedita y aparece ante ella el apartamento de techos altos y piso de granito negro con blanco. Arrastra los pies y su figura encorvada pasa a través de muebles descoloridos, gabinetes de madera y cristales, un reloj de pared que canta cada media hora, una biblioteca sin principio ni fin, y adornos, cientos de adornos que incontables amigos y familiares han dejado atrás.

Arrastrando un pie tras otro, llega a su habitación. Se quita el sostén y caen los grandes senos marchitos y pesados. Siente el alivio en los juanetes cuando saca un pie y luego el otro de sus zapaticos casi ortopédicos. Desliza las medias de nylon, permitiéndole a las piernas respirar. Retira los ganchos del moño que ha peinado con el escaso cabello blanco que le queda. Se viste con su bata de rosas amarillas y azules.

Con toda su fuerza, abre el ventanal que da hacia el balcón para que entre el aire de la ciudad. Afuera la vida transcurre a la par del tiempo: cornetas, silbidos, gritos, música de esa que ella no entiende y que se niega a escuchar. Antes, a esa hora, lo único que se oía era el cuchicheo y las risas de los vecinos tomando el fresco enfrente de los edificios.

Basta de este bullicio. Bate las manos y con una mueca de decepción, cierra el ventanal para someterse a un ostracismo voluntario del mundo exterior. Enciende el ventilador fiel que funciona a pesar de ya haber anunciado su retiro.

Toma el periódico y salta directo a la sección de los crucigramas. ¿Para qué embasurarse con noticias? Éstas aceleran la vejez; los crucigramas, la contienen. Horizontal 1: “vocablo incorporado al español del portugués y gallego, que expresa melancolía, añoranza o soledad. Estimulado por la distancia temporal o espacial de algo amado”. Más sencillo, imposible: ¡saudade!

Termina el crucigrama en pocos minutos. Es hora de su infusión de manzanilla. Va a la cocina y llena la tetera con agua para calentarla sobre la hornilla. Se rehúsa a comprar una de esas teteras eléctricas. ¿Qué si son más rápidas? Sí… pero, ¿quién está apurado?

Arrastra un pie tras otro para ir a la sala. Alcanza el clóset y abre la puerta transparente. Observa la treintena de álbumes de fotos y tras pasar los ojos por todas las etiquetas organizadas en orden cronológico, escoge el de 1942.

Puede pasar horas con cualquiera de estos mamotretos de cuero desgastado, llenos de polvo y adentro veteados con manchas de color mostaza. El pasar de las páginas despide un olor rancio e invasivo. Algunas se han pegado entre sí por la costumbre y el peso de los años. Los álbumes son la receta perfecta para una alergia implacable, pero aun así, ella sigue: le gusta ver fotos.

Arroja todo su peso sobre el sillón desgastado y respira hondo. Abre la primera página. Niñitos sonrientes y desdentados con sus pantaloncitos y camisitas. Niñitas con sus pollinotas, lazos tan grandes como sus cabezas y vestidos con faldas de armadón, lunares y faralaos. Estaban comiendo helado de mantecado con chocolate. Cierra los ojos y piensa que no recuerda otro dulce que no le haya gustado tanto. Desliza los dedos hacia la esquina del libro. Siente la punta aún observando la imagen mientras dibuja una sonrisa… la misma sonrisa de la foto que se esconde tras los años.

Aparece la patinata de Navidad. Se reconoce en el medio con sus patines rojos y su vestidito de rosas amarillas y azules. La costumbre la obligaba a usar falda, pero el recato a ella le importaba muy poco: su prioridad era patinar sin descanso. Cuántas veces se caía y se volvía a levantar. No había rasguño en sus rodillas o palma de las manos que la detuviera. Quería andar más rápido que todos los varones, sin importar si eran más grandes en edad y tamaño. Era la primera en inventar juegos que atraían a todos como un imán.

Un chillido interrumpe y desvanece en pocos segundos las risas, la corredera, la música… la energía. El aviso insistente del agua lista para el té la devuelve. Alza la mirada y ve su apartamento atiborrado de recuerdos desgastados… y afuera, está lloviendo.