LEONES, NO CORDEROS

–¡Siguiente!

–¡Voy!

El soldado llevó el nuevo proyectil y lo metió en el cañón, luego de que otro hubiese limpiado el cilindro. Un tercer soldado cerró la compuerta y tiró de la cuerda. Todos corrieron unos cuantos metros atrás. Luego de diez segundos, el sonido ensordecedor que anuncia la muerte.

–¡Siguiente!

–¡Voy!

El equipo de soldados se pone a andar una vez más. Uno abre la compuerta y sale el humo. El olor a pólvora invade sus rostros e impregna sus cabellos. Otro limpia el cilindro, mientras uno más va cargando el nuevo proyectil. El que abre la compuerta, la cierra y tira de la cuerda. Todos se apartan unos cuantos metros atrás y diez segundos después, los invade el sonido que retumba en el aire, en los árboles, en la tierra, en sus pies, en sus pechos, en sus oídos, en sus cabezas.

Y así pasan horas. Pierden la cuenta de cuantas veces la máquina ha disparado. Ellos mismos se han convertido en piezas de esa máquina de guerra. Esa máquina de muerte.

******

–La Gran Bretaña fue la última en unirse a esta guerra tan calamitosa. La Gran Bretaña hizo todo para evitar esta tragedia. Rogó y suplicó para ahogar este conflicto. Yo era miembro del Gabinete y recuerdo que hicimos todos los esfuerzos más sinceros para persuadir a Alemania y a Austria de no precipitarse a este derramamiento de sangre. Propusimos una conferencia para abordar estos asuntos; Alemania no la aceptó. Por el contrario, declaró la guerra e invadió a Bélgica.

El Primer Ministro hizo una pausa y respiró profundo con visible consternación. Regresó la mirada al papel donde tenía escrito su discurso.

–Pero esta no es la típica historia del lobo y el cordero. Y les diré por qué –porque Alemania esperaba encontrarse con un cordero, pero en su lugar encontró a un león.

Los asistentes en la sesión del Parlamento aplaudían y gritaban. David Lloyd George esperó impasible a que el ruido se apaciguara.

–Hemos arribado a la hora más crítica de este terrible conflicto. No podemos fingir que podemos continuar con nuestras vidas como si todo estuviera normal. El futuro de nuestra patria está en peligro y cada uno de nosotros tiene un rol para terminar y sofocar esta guerra. Llamo a cada hombre, mujer y niño a reflexionar sobre cómo pueden participar para defender a su nación de la aniquilación.

******

El zapatero de Dover se alistó: empacó unos cuantos libros, un peine, cepillo de dientes, tres cuadernos, unos cuantos lápices y su fotografía favorita de su esposa. Hermosa, pensó. Sus ojos claros dirigidos hacia el horizonte, su rostro apoyado encima de una mano y el cabello recogido en un moño.

Se alejaba del negocio que su tatarabuelo había empezado un siglo atrás. Le encantaba crear zapatos de cuero y de gamuza, azules, marrones, negros, con tacón, planos, lo que el cliente quisiera.

Pero le tocaba, era su deber.

Se asomó en la sala. Su esposa estaba sentada en un sillón viendo hacia la ventana. Observaba su jardín y los pájaros volando entre las flores que hombre y mujer habían plantado. Tenía el rostro apoyado en una de sus manos.

Caminó hasta el sillón y acarició la mejilla de su esposa. Ella volvió la mirada. Sus ojos claros se ahogaban.

******

–Aquí les presento lo solicitado.

El ingeniero John Brodie sacó el casco de acero de la caja. Los ministros de guerra y militares de alto mando se acercaron, se pusieron los anteojos y observaron de cerca el nuevo artefacto. Era el primer casco de ese material que habían visto.

–Es lo que necesitamos. Las cifras abismales de muertos en los periódicos es un costo que nuestro gobierno no puede tener justo ahora.

Brodie tragó seco.

–El diseño ha sido realizado de acuerdo a los riesgos del terreno. El casco está construido para proteger a nuestros soldados del fuego indirecto proveniente de las esquirlas que despiden los proyectiles a 80 kilómetros de velocidad.

–Muy bien, no nos interesan los detalles, sólo comprobar si funciona.

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“Esto es una mierda. Estar encerrado por paredes de lodo todo el día es una mierda. El lodo que se mete hasta adentro de mis botas también es una mierda. Botas de mierda. Yo pudiera hacer unas mejores.

Huelo a mierda. John huele a mierda. También George. Todo huele a mierda. Demasiados cadáveres. Ver los rostros de aquellos con los que días antes me había fumado un cigarrillo y tomado un ron fatal.

No aguanto más este ruido. Esta guerra imbécil parece nunca terminar. Me da igual si muero hoy.”

Otro sonido más que retumba en el aire, en los árboles, en la tierra, en los pies, en el pecho, en los oídos y en la cabeza. A los segundos, el zapatero de Dover se desplomó en el piso y el tiempo dejó de transcurrir. Todo se volvió negro.

******

–Señor Brodie, le llegó una carta del ministro.

Brodie abrió el sobre. Nada más había una foto de un soldado con una vendaje en la cabeza. En una mano sostenía el casco de acero, el cual tenía un agujero. Lo mostraba orgulloso. El soldado, a pesar de estar herido, tenía una expresión triunfante en el rostro. Sonreía.

Broadie también sonrió.

******

–Tuviste suerte, ¿no?

–Pues sí. –contestó el zapatero de Dover.

–Burlaste a la muerte.

–O no me quiso llevar todavía.

–Sí…Párate por aquí para tomarte una foto.

El zapatero de Dover se colocó frente a las trincheras. Estaba haciendo un día claro y fresco. Pensó en lo desubicado que se sintió al despertar, pero también en el alivio que lo invadió al darse cuenta que no había muerto. Que tal vez regresaría a casa algún día y la volvería a ver sentada en el sillón en dirección hacia el jardín que juntos habían plantado.

Estaba adolorido, pero se recuperó rápido. A los días ya estaba listo para regresar a los pasadizos de lodo. Volvió a vestirse con su uniforme, su abrigo y sus botas llenas de tierra. Empacó su equipaje de guerra: una lonchera, kit de limpieza, ropa de repuesto, una sábana a prueba de agua, y las municiones.

Antes de adentrarse nuevamente en el inframundo de tierra, posó para la foto que le pidieron. Mostró orgulloso el casco que lo salvó. Sonrió por primera vez en mucho tiempo. “Pensaron que se encontrarían con un cordero, pero resulté ser un león”.

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